11/2/17

Courtney Marie Andrews: el camino de vuelta


Aunque su melena rubia recuerde al perfil dorado de Joni Mitchell, la música de Courtney Marie Andrews tiene mucho de la Emmylou Harris que nos enamora. También del pop dulce y cristalino de Carole King. Lo cual no quita para que, agarrada a su guitarra o sentada al piano, esta cantante de Arizona sea capaz de firmar canciones corajudas, de piel curtida, sencillas en los ropajes, pero honestas como anuncia el título de su último trabajo. De hecho, más allá de las melodías, limpias, siempre al servicio de la canción, lo que más sorprende de esta artista de 26 años es su capacidad para dar en la diana con cada uno de sus versos. Sin grandes florituras, yendo al hueso del asunto, Andrews traza en las diez canciones que componen Honest Life ese sentimiento de ida y vuelta que supone el paso a la madurez. Los errores, las esperanzas y sobre todo las dudas de ese instante en el que los treinta se atisban más cercanos que los inocentes veinte.

I am an unwritten story / I am a 'when I see you again?'”. A pesar de que Andrews abre su último disco con una canción titulada Rookie Dreaming, la norteamericana dista mucho de ser una novata en esto de la música. Con una década sobre los escenarios, la cuenta personal de la artista incluye colaboraciones con bandas con Jimmy Eat World y giras con Damien Jurado como guitarrista de acompañamiento. Entre medias la de Phoenix ha tenido tiempo para editar tres volúmenes de canciones bajo su nombre, representantes de la mejor escuela emocional del folk, testamento vital de una compositora en proceso de crecimiento. En sus primeras creaciones uno puede encontrar el rastro de Judee Sill o Judy Collins. También del Mark Kozelek más austero. Una desnudez, cubierta con el manto del gótico sureño, que parece disiparse en su tercera referencia. Lo que antes eran noches en vela y recuerdos teñidos de azul, ahora son composiciones escritas en primera persona. Historias personales que para la artista de Arizona se conjugan en presente.

Table for one, una canción que podría haber firmado una joven Lucinda Williams, sirve de testimonio para esos años de giras en solitario, vaivenes en la carretera resumidos en unos cuantos versos: “Cause i'm a little bit lonely / A little bit stoned / And I'm ready to go home / You don't want to be like me / This life it ain't free / Always chained to when I leave”. Le sigue Put The Fire Out, reverso de aquella moneda, camino de vuelta a una patria perdida. “I've made up this road worn on and I'm sticking around for a while this time”, reza una de las estrofas. El regreso -a la inocencia, a la infancia, a casa- por desgracia es imposible. Andrews lo sabe y, sin remordimientos, asume su destino en 15 Highway Lines, tonada de aroma clásico disfrazada de canción de amor. También lo es How Quickly Your Heart Mends, honky tonk de barra de bar, canción para bailar con las botas puestas y un pañuelo en la mano. “The jukebox es playing a sad country song / For all the ugly Americnas / Now I fell like one of them / Dancing alone and broken by the freedom”.

Más sentidas y desnudas suenan composiciones como Let The Good One Go o Only In My Mind, baladas de piano de cola, coloreada con la sencillez de la pedal steel la primera, dulce con sus arreglos de cuerda la segunda. Ambas cierran las dos caras del vinilo con sus adioses y sus esperanzas, sus certezas (“They say good things never die / Well if that's true our love's still alive”) y sus sueños. Ambas podrían haber encajado en el cancionero de John Fullbright, otro de esos jóvenes compositores capaces de dibujar un sentimiento con la más sencilla de las melodías. Honest Life, canción que da título al lote, por contra, tiene demasiado trazo personal como para soportar cualquier comparación. En ella Andrews vuelca todas las enseñanzas aprendidas por el camino. Una trayectoria que a sus 26 años se arroja ya extensa. Puede que en sus canciones todavía asome esa inocencia de juventud, fuego y rabia, ganas de querer comerse el mundo; sin embargo, el poso que dejan es el de una compositora de espalda curtida, en busca de un camino que seguir. Como dice uno de los versos de Put The Fire Out: “I'm here for a while, don't ask me if I'm going”.  

4/2/17

Michael Chapman, el fuego redentor del folk


En el reverso de la carpeta asoma un escueto mensaje escrito en letras minúsculas. “Dedicado a todos aquellos que no llegaron tan lejos”. Conociendo a su autor uno no puede más que tomar el gesto por sincero. En una época en la que la derrota, el cinismo y la sección de esquelas amenaza con inundarlo todo, se agradece el guiño. Michael Chapman, veterano músico que nunca estuvo en las quinielas del éxito, sonríe desde este lado del río. Él, que siempre se esforzó por echar por tierra cualquier oportunidad de victoria, al menos puede disfrutar del triunfo de la longevidad. También de haber llegado hasta nuestros días con el espíritu inquieto de la juventud. Espoleado por el apoyo de músicos como Thurston Moore, Hiss Golden Messenger o Steve Gunn, Chapman completa con la edición de 50 medio siglo en el alambre.

Demasiado eléctrico para la comunidad folk, incapaz de abandonar su amor por el jazz, con las manos agrietadas del hombre de tierra y campo, Michael Chapman se convertiría en héroe de culto del árbol genealógico del folk británico en algún momento de los años setenta. Sin embargo, sin la tragedia atravesando su trayectoria, sufrió para hacerse un hueco en la historia del género como sí lograrían sus compañeros de escenario. Hablamos de totems como John Fahey, John Martyn o Nick Drake. Habituales en el circuito universitario de la época junto a Chapman, a día de hoy sólo él permanece en pie para contar su historia. Una biografía propia en la que no faltan los excesos y las visitas al purgatorio. Él, no obstante, “viejo obrero de la música”, nunca elevó queja alguna, prefirió   permanecer en un discreto segundo plano. Así, sin llamar mucha la atención, ha terminado grabando discos de apariencia futurista y colaboraciones con la nueva savia americana, discos instrumentales y colecciones que despistarían al oyente más cultivado en el tronco folk.

Por suerte todavía le quedan renglones que tachar en la libreta de tareas. Sin ir más lejos, 50 podría pasar por su primera colección de canciones netamente americanas. Extraño considerando que nunca faltaron referencias al universo yankee en el songbook del británico. Sin embargo, su manera de tocar la guitarra siempre escondió un extraño acento inglés. Como si su forma de atacar las cuerdas no pudiera separarse demasiado de los montes verdes de la campiña o del olor a salazón y madera ajada del Mar del Norte. Puede que Chapman nunca alcanzara el pulso cristalino de John Martyn o Nick Drake. Tampoco el ocultismo sureño de John Fahey. Ni siquiera el ascetismo hipnótico de Roy Harper. Sin embargo nadie le gana en espíritu oxidado, sin renunciar por ello a la majestuosidad de aquel que creció musicalmente escuchando a los maestros del jazz. A ratos sus melodías calan como la lluvia fina, a ratos nos lanzan a la tempestad como si sólo pudiéramos agarrarnos a un pequeño tablón de madera. Y es en esa soledad en mitad del mar en la que uno disfruta con mayor gozo de sus discos. Un océano que suena a carretera y a piedra mojada, a sol de justicia y hierba del norte. Como si Chapman, a pesar de haber permanecido anclado en las Midlands inglesas. no pudiera evitar imaginarse viajando en barco al otro lado del Atlántico. Un sueño que, cincuenta años después, por fin se cumple.

50 es Texas y Arizona, es una colección de Dust Bowl Ballads que podría haber sido escrita en 2017 o en 1931. Es el disco que Chapman hubiera firmado si hubiera nacido en Mississippi en mitad de los años sesenta o en la Oklahoma agrietada de Steinbeck y Woody Guthrie. Con sus parábolas y sus personajes bíblicos, sus banjos disparados como revólveres, 50 desprende el aroma del viejo oeste. Y como las historias de vaqueros que vimos de pequeños, vuelve una y otra vez para recordarnos que algunas cosas nunca cambian. “It's either a feast or a famine, my friend, either a flood or a drought” canta el trovador en Money Trouble. En los paisajes de Chapman, como en los de la América actual, no hay termino medio. Sólo el rico o el pobre, el empresario o el obrero que “lucha por sacar algo de dinero cada día y mantener al lobo alejado de la puerta”. Una sociedad partida en dos en la que la única redención llega de la mano del esfuerzo y el trabajo. O de la falta de él.

I can't afford to take it easy, I got nothing left to lose” arroja una de las líneas más clarividentes de la carpeta de textos, renglón extraído del libro musical de Guthrie, Dylan y compañía. De ese mismo  tomo sale también la inicial A Spanish Incident, historia de carretera y desierto a lo Easy Ryder. Ambientada en la misma Durango en la que Dylan situó su romance más tórrido, su espíritu aventurero y fronterizo sirve de trampolín para lanzar el resto del disco. También para presentar a los jóvenes compañeros de viaje de Chapman en 50. El banjo saltarín de Nathan Bowles (no dejen pasar por alto su disco de la pasada temporada, pura cosmic american music), las guitarras de James Elkington y Steve Gunn. Especialmente la de este último, responsable también de la producción del álbum, culpable de haber convencido a Chapman para que viajara a Nueva York y plasmara una colección de colecciones tan maravillosa. Su toque a las seis cuerdas, atrevido pero respetuoso con la tradición, heredero de los mejores maestros de la guitarra americana, pero sabiendo darle ese barniz moderno que lo conecta con gente como Kevin Morby, William Tyler o Kurt Vile, permanece en un segundo plano en la mayor parte del disco. Por suerte.

Evita así ese defecto tan en boga entre los jóvenes productores de nuestros días (los Jack White, Dan Auerbach y compañía) de terminar ensombreciendo al protagonista del plástico. No, este es un disco que lleva plenamente la firma de Chapman. Aunque el británico, siempre generoso, deje al resto de la banda explayarse para mayor gloria del oyente cuando la canción lo requiere. The Prospector contiene varios de los momentos más eléctricos y descabalgados del vinilo, ecos de un sonido que no habrían desentonado en el último trabajo del propio Gunn. Chapman, quizás para mantener el equilibrio, contraataca con uno de los mejores textos de la colección. Su desfile de personajes, digna de una película de John Ford, traza un perfil de una América no tan lejana. Cinco arquetipos -el buscador de petróleo, la maestra, el conductor, el granjero y el predicador- para los que no hay salvación ninguna en este mundo o en el que está por llegar.

The say that Jesus saves, but I see none of that down here. I just see people with the hunger. I just see people with the fear” dispara Chapman en la turbulenta Memphis In Winter, canción que no habría desentonado en los discos del forajido Malcolm Holcombe. Tampoco lo habría hecho Sometimes You Just Drive, nueva vuelta de tuerca a la cuestión de la redención divina. Como en el resto de la colección, tampoco aquí los personajes encuentran el perdón buscado. Tienen que ser las melodías dulces de The Mallard (cuánto le debe el joven Ryley Walker a Chapman y a la tradición folk de las islas) y de That Time of The Night las que terminen sirviendo de medicina para el oyente. También para el propio Chapman que abre una rendija para la esperanza, resguardado en la oscuridad de la noche o en esa cabaña desde la que parece cantar sus canciones.

No es el británico un músico que haya tenido miedo a enfrentarse a sus demonios. Tampoco a los que le echan en cara su trayectoria quebrada, llena de desvíos, a veces confusa hasta para sus más fieles seguidores. Ese ha sido su mayor triunfo, precisamente. Tozudo, sincero, superviviente, Chapman ha logrado engarzar desde su relativo anonimato una discografía que, vista desde la distancia, resulta excitante, llena de aristas, atrevida. Recuerda en esto a los Neil Young y compañía, representantes de la rama más inquieta del universo rock. 50, con su espíritu oxidado, incluso árido, funciona como bálsamo dentro de la producción del inglés. A diferencia de sus personajes, el artista parece encontrar redención en esta colección de tonadas. Una celebración, un triunfo tardío que servirá al menos para reivindicar a la figura de un tipo incansable y curioso. No se despisten, eso sí. Michael Chapman todavía no ha dicho su última palabra.

17/12/16

2016

Bob Weir - Blue Mountain
En el año en el que el panteón de los mejores se abrió de par en par, Bob Weir demostró que se puede hacer música arrugada y valiosa, valiente en su relectura de la tradición. Puede que Blue Mountain mire al pasado con sus historias de cowboys, sin embargo se mantiene erguido gracias a la ayuda prestada por los músicos de The National. El río fluye en canciones como Only a River, Whatever Happened to Rose o Storm Country. La guinda la pone una One More River to Cross que embriaga y purifica el alma.
      

William Tyler - Modern Country
Con sus guitarras en zig-zag y sus ritmos cadenciosos William Tyler ha conseguido trazar el mapa de un continente silencioso, como si quisiera dar voz a aquellos que nunca la tienen. Así, Kingdom of Jones se transforma en un himno de resistencia, Sunken Garden asoma como un oasis en mitad del sur norteamericano y The Great Unwind suministra la dosis necesaria de esperanza. El resultado es un viaje fascinante por la América de carreteras secundarias y pueblos abandonados.      


Okkervil River - Away
Bautizar la primera canción de tu nuevo disco con el nombre de tu banda seguida de las letras "R.I.P." tiene algo de provocador. No, este no es el final de Okkervil River, por si alguno se lo estaba preguntando. Más bien se trata de la extraña manera que tiene Will Sheff de decir que, aunque algunos se habían olvidado de ellos, siguen ahí, sacando discos tan efervescentes, inabarcables y bien hilados como Away. Pornografía sentimental de envoltorio pop para tiempos difíciles. 


Peter James Millson - The Red Café
Responsable de las portadas de Danny & The Champions of The World, cuando Millson decidió cambiar la cámara por la composición musical terminó echando mano del propio Danny para encargarse de la producción. Sin embargo aquellos arreglos soul marca de la casa no terminaban de encajar en la música de Millson. Ahora el británico contraataca con un disco que bebe de la escuela de los grandes orfebres del pop anglosajón. Ben Watt, Robert Forster, Lloyd Cole. Exquisito y redondo.


Freakwater - Scheherazade
Salvajes, inquebrantables, Catherine Irwin y Janet Bean siempre prefirieron la versión más cruda del country. No es de extrañar, pues, que cuando la música de raíces se convirtió en tendencia a comienzos de la década pasada ellas decidieran bajarse del tren. Ahora regresan con su primer disco en una década. El planteamiento, por suerte, sigue intacto. Historias trágicas y armonías rotas, cabalgadas a lomos de una tradición que permanece imprevisible en las voces de Irwin y Bean. Un disco para navegar a contracorriente.  


Robbie Fulks - Upland Stories
No se dejen engañar por el aspecto sobrio de las canciones de Fulks. Tampoco por esa fachada bonachona, eterna, que muestra en la portada de Upland Stories. Su corazón sigue siendo forajido. Sin ir más lejos su interpretación de America is a Hard Religion podría servir para poner banda sonora a estos tiempos turbulentos en el país de las barras y las estrellas. Latigazos bluegrass (Katy Kay), hechuras soul (Sweet as Sweet Comes) y dulzura folk (Needed) completan esta obra maestra del género vaquero del siglo XXI.


Kevin Morby - Singing Saw
Si Moonshiner, sencillo editado en los amenes de 2015, era una buena muestra de lo que Kevin Morby era capaz de hacer, Singing Saw confirma que estamos ante de uno los mejores nuevos talentos de nuestro tiempo. En él encontramos arreglos de cuerda de ensueño (Drunk and On A Star) y canciones sensuales (I Have Been to the Mountain), nanas para noches en vela (Water) y ritmos que podría haber firmado el mismísimo Caetano Veloso (Black Flowers). Y por encima de todo, Dorothy.


Hiss Golden Messenger - Heart Like A Levee
Que vaya por adelantado que en esta casa veneramos la música de Mc Taylor y los suyos hasta el punto de considerarlos la mejor banda en lo que llevamos de década. Algo que hemos podido comprobar en sus dos últimas visitas a Londres y que el propio músico norteamericano se encarga de rubricar en este Heart Like a Levee, continuación del inconmensurable Lateness of Dancers. Una colección que mantiene sus mejores virtudes añadiendo nuevos matices eléctricos. Pluscuamperfecto.    


Richmond Fontaine - You Can't Go Back If There's Nothing To Go Back To
La banda de la frontera cierra sus veinte años de andadura con una nueva historia de parajes abandonados y tipos que se refugian en bares de segunda. Nada que no hubiéramos escuchado ya en el exquisito cancionero de Vlautin y los suyos, vale. Sin embargo -quizás sea el aroma a despedida- el cuarteto firma en este You Can't Go Back... su novela más honda y contenida, árida a ratos, emocionante la mayor parte de las veces. Buen viaje, Richmond Fontaine.


Leonard Cohen - You Want It Darker
Ay, ese cigarrillo. Ahora que Cohen nos mira desde el otro lado de la ventana uno nota su música un poco más mundana, incluso más prosaica. De hecho You Want It Darker, con ese humor negro desde el mismísimo título, se ha terminado convirtiendo en nuestro favorito de la trilogía de la arruga. Será que la pluma de Cohen brilla más cuando se sabe libre, ni muy cercana al blues ni al calor del gospel, ni heredera del folk, el soul o el rock. Y es que eso es You Want It Darker, canciones sin adjetivos, sencillez musicada.


Quique González & Los Detectives - Me mata si me necesitas
A Quique le ha salido una colección de aroma norteño, con un pie en el folk pero sin perder la garra que había mostrado en el sobresaliente Delantera Mítica. Composiciones que tan pronto se desnudan (Cerdeña) como se convierten en un derechazo de alegría rockera (Relámpago), pequeñas escenas vitales de un autor que, superados los cuarenta, ha logrado manejar con destreza el arte de la composición. Con Quique siempre nos sentimos como en casa.


Drive-By Truckers - American Band
La relación de los Truckers con Estados Unidos nunca ha estado exenta de ambigüedad. Hijos de la mejor tradición musical sureña, muchos vieron en ellos la continuación de la estirpe confederada a lo Lynyrd Skynyrd y compañía. Nada más lejos de la realidad. Cooley y Patterson pueden hundir sus raíces en Alabama, pero son capaces dar un sopapo a los tópicos con canciones como What It Means o Ever South. American Band son riffs y canciones para un país a media asta, himnos para cantar con el puño en alto, lucha y esperanza.    


Hayes Carll - Lovers and Leavers
En una ruta norteamericana llena de songwriters de tres al cuarto y escritores de canciones aupados a la categoría de "nuevos Dylans", Hayes Carll sigue la única sacrosanta regla del escritor de canciones: ser honesto, hablar de lo que uno sabe. Para ello el norteamericano se apoya en su reciente divorcio y posterior paternidad para contar sus historias cotidianas, relatos de amistades y sufrimientos diarios. Disco a colocar en el mismo estante que el Southeastern de Jason Isbell o los recientes álbumes del desaparecido Guy Clark.   


Van Morrison - It's Too Late To Stop Now Volumes II, III & IV
Posiblemente no haya pedazo de música editado en este 2016 que se acerque a esta caja de tres discos estratosféricos. A la altura de grandes directos de la época como el Rock of Ages de The Band o el Live at Hammersmith Odeon de Springsteen, esta reedición muestra toda la baraja del de Belfast: desde el rugido hasta el susurro, pasando por el blues clásico o la mística de las mejores noches. Imposible quedarse con una sola interpretación. Into The Mystic.


Soul Gestapo - Point of No Return
Aunque editado en los últimos compases de 2015, Point of No Return ha terminado convirtiéndose en refugio sonoro de la temporada con su rock oxidado y directo. Tras intentarlo con la producción de Hendrik Rover en su anterior LP, los cántabros Soul Gestapo se quitan el barro de las botas y pisan el acelerador. Desde el salpicadero salen ecos de los Flamin' Groovies, Neil Young y Graham Parker. Producto nacional sin nada que envidiar al material importado desde el otro lado del Atlántico. 


The I Don't Cares - Wild Stab
Lo que parecía un simple pasatiempo, una manera de curar las heridas del reciente reencuentro con sus compañeros de The Replacements, se ha terminado convirtiendo en un álbum con todas las de la ley. Puede que Wild Stab peque de puntadas desenfadadas, incluso de un cierto amateurismo. Pero ahí está precisamente su gracia. Un disco de rock&roll a la vieja usanza, para aparcar los problemas por un rato. Paul Westerberg y Juliana Hatfield mano a mano firmando un puñado de melodías adictivas.


Lucinda Williams - The Ghosts of Highway 20
Seamos francos: Lucinda nunca ha cantando tan bien como en estos dos últimos discos. Quizás sea el ambiento relajado que se desprende de las grabaciones, quizás sean esas canciones sin principio ni final. Si Down Where The Spirit... mostraba su vena más rockera y oxidada, The Ghosts es su reverso oscuro, una especie de Nebraska para escuchar a la luz de medianoche. En él hay mucho folk y algún que otro fado, cante hondo, desnudez sentimental y una canción en la que quedarse a vivir titulada Louisiana Story.


Pájaro - He Matado Al Ángel   
En la coctelera de Andrés Herrera caben el surf-rock y la canción italiana, el tango más canalla y la melodía más infernal. Él es nuestro Lead Belly, la sonrisa luchadora del blues, el Roy Orbison del bar de cubata de tubo. Su cancionero parece hecho para esos minutos previos a una ejecución en la plaza del pueblo, aunque a ratos nos traslade a la cantina más alegre del desierto. Esa es la grandeza de Pájaro. Media sonrisa y la tradición gitana por bandera. A Andrés Herrera no se le resiste ni nada ni nadie.  


Ruper Ordorika - Guria Ostatuan
No se dejen asustar por el verbo de Ruper Ordorika, detrás de sus versos escritos en lengua vernácula se esconde un compositor mayúsculo, que a ratos recuerda a Ron Sexsmith (aunque Ruper supere en canas al canadiense), también a nuestro desaparecido Antonio Vega. Un autor con más de un cuarto de siglo a las espaldas que demuestra que la belleza no entiende de idiomas. Escuchen canciones como Mare Nostrum o Zatoz y recuperen discos como So' Ik So' o Hautsi Da Anphora. Uno de los grandes.


Ryley Walker - Golden Sings That Have Been Sung 
Sin necesidad de apartarse de sus referentes habituales, Ryley Walker ha logrado encontrar una voz propia en este tercer elepé. Vale, John Fahey, Tim Buckley y demás luminarias del jazz-folk permanecen en el retrovisor, sin embargo Walker parece haber cogido la estela mágica de nuestro adorado Bill Callahan. Ya no se trata simplemente de hacer melodías bonitas, si no de ser capaz de escribir canciones tan redondas como The Roundabout Funny Thing She Said. Hipnótico.


Iggy Pop - Post Pop Depression
Vale que Josh Homme ha tomado todos los ingredientes de la época clásica de Iggy Pop y, tras pasarlos por la batidora moderna, les ha dado una capa de barniz sin apenas despeinarse. Vale que incluso los guiños a la época berlinesa son demasiado evidentes. Pero claro, a ver quién es el rockero que se resiste a canciones como Sunday o Gardenia. Hacía años que La Iguana no sonaba de manera tan rotunda y suelta. Él, en su salsa; y la banda, brillante. ¿Qué más se le puede pedir a un disco de Iggy?   


Tracy McNeil & The GoodLife - Thieves
Llegada desde Australia, el material que factura Tracy McNeil puede recordar a los viejos cánones del country-rock de los setenta. Incluso a cualquier banda a que pueble el mapa de carreteras norteamericano. Sin embargo canciones tan bien ensambladas como Paradise o Little Relief bien merecen una escucha atenta. Puede que sean esos ecos a las viejas canciones de Linda Rondstat, puede que sea esa manera de acercarse a nombres actuales como Tift Merritt o Shelby Lyne, pero Thieves nos gusta. Y mucho.


Big Thief - Masterpiece
Sonido sucio, neoyorquino y guitarrero. Deslabazado a ratos, majestuoso como en el tema que da título al disco, el debut de este cuarteto de Brooklyn tiene mucho de la PJ Harvey de los noventa, de esa época dorada de la música independiente en el que sólo hacía falta juntarse con un par de guitarras en un garaje para montar una banda. No faltan tampoco desvíos a lo Sonic Youth o contrapuntos melódicos como los que salen de la voz de Adrianne Lenker. Bendita juventud.


Chris Forsyth & The Solar Motel Band - The Rarity of Experience
Como si los Crazy Horse se hubieran pasado de rosca o directamente se hubieran ido de viaje lisérgico por el rancho de Neil. Así suena este magnus opus de Chris Forsyth y su Solar Motel Band. Un disco que a pesar de superar con holgura la hora de duración nunca se hace cuesta arriba. Déjense llevar por las guitarras majestuosas de Forsyth. A cambio recibirán emociones fuertes y viajes siderales, cabalgadas sin tregua y un catálogo de piezas inagotables.


Bantastic Fand - Welcome to Desert Town 
Desde que los viéramos en acción en el patio de armas del castillo de Frías la formación almeriense se ha convertido en banda sonora imprescindible de la temporada. Canciones con aromas al viejo oeste pero que miran de reojo a la costa mediterránea, arreglos tratados con mimo y ese fraseo tan característico de Nacho Para. Prueben a quedarse colgados entre las últimas notas de Welcome to Desert Town y las primeras de Find The Door. O canten casi susurrando esa nana titulada Muses. ¡Bantástico!

    

4/7/16

El sueño de una noche de verano


Había una vez unos músicos sin más patria que las canciones. Venidos de aquí y de allá, desembocaron en una cabaña de madera, un castillo inexpugnable convertido en refugio contra el mundanal ruido. Allí, durante varios días que se convertirían en meses por arte de la imaginación, tocarían la música más grande jamás tocada. Un sonido puro y fino, que bebía de las fuentes de la tierra y el campo, de los caminos que atraviesan las colinas altas de color dorado y marrón. Aquellos tonalidades ocre, aquellos olores intensos, terminarían impregnándose en sus instrumentos de madera, en unas melodías que recordaban a tiempos pasados pero que, sin una pizca de nostalgia, permanecían erguidas y firmes como el primer día. De este manera, aquella reunión en torno a unas canciones y una botella de vino terminaría convirtiéndose en una celebración de la vida. Una congregación de cientos de personas que, casi como una especie de peregrinación, se unirían a la fiesta aquel fin de semana en el pueblo burgalés de Frías.

Los que allí estuvieron cuentan que hubo risas y abrazos, reencuentros con viejos amigos y alguna que otra amistad de nuevo cuño. Los niños correteaban y los mayores bailaban. O al revés. Los chavales lucían sus mejores galas con aquella camiseta bordada con hilo dorado. La gente del pueblo miraba y aplaudía. Todos eran felices al ritmo de ese vals sencillo y popular. También el castillo, convertido en refugio y verbena, mirando de reojo desde lo alto de la torre, consciente de que en sus varios siglos de historia no había presenciado una noche más emocionante que aquella. Tampoco nosotros, que lo vivimos desde abajo. Agarrados al hombro del compañero, ebrios, nos zarandeábamos como si el calor y las guerras no existieran. Por dentro, sin embargo, sentíamos el ardor de la música, las guitarras brincando y el sonido de la mandolina. Las canciones de Robbie Robertson y Rick Danko, las voces de Levon Helm y Richard Manuel acompasadas, el órgano con fuelle de Garth Hudson.

Porque sí, esto era un homenaje a la gran banda. Tan grande que, a pesar de que celebraba sus tres cuartos de siglo, Dylan, el genio de Minnesota, tuvo que ceder el protagonismo, al menos durante aquellos días, a las canciones más puras y terrenales jamás escritas. Still River, la banda de la ría y el Mississippi, resucitaron el álbum marrón con reinterpretaciones de Look Out Cleveland y Across The Great Divide. Danny & The Champions of The World hicieron por fin justicia a Bobby Charles, heroe olvidado de Nueva Orleans, miembro de pleno derecho de The Band. Copernicus Dreams clavaron el It Makes No Difference más sublime que he escuchado en mi vida. Bantastic Fand elevaron Hazel a las altares mientras se dejaban arrastrar por la arruga dylaniana en Love Sick. Walnut & Co. demostraron que el espíritu de Levon Helm, el aroma de las montañas y los graneros, sigue vivo en canciones como The W.S. Walcott Medicine Show o Twilight. El propio Bosco, batería de la joven banda bilbaína, terminaría regresando al escenario para entonar un himno como The Night They Drove Old Dixie Down junto a The Fakeband, tan osados y de Bilbao como para atraverse a recrear buena parte la noche de Acción de Gracias de 1976.

Y es que; al igual que aquellos cinco músicos norteamericanos que, como una broma entre amigos o como la apuesta más arriesgada jamás hecha, se habían bautizado simplemente como La Banda; los getxotarras The Fakeband se juntaron en Frías representando como nadie aquel espíritu de camaradería, las melodías imperecederas y el sustrato de la tierra. Poco importaba que cantaran canciones de cosecha propia como Don't Save My Life o Kate, o afilaran con brío aquel Don't Do It que abría y cerraba al mismo tiempo The Last Waltz. Con Frank, la delicada banda donostiarra, entonaron el Evangeline de Emmylou Harris. Rockearon con una versión macarra del Who Do You Love. Sonaron majestuosos en The Shape I'm In y Helpless. Redondearon la noche, como no podía ser de otra manera, con Caravan, ese himno que cambió la vida de tantos la primera vez que la vimos en carne y espíritu en la película de Scorsese.

Y así, con el eco de esas patadas flotando todavía en el aire, nos abrazamos por última vez. Celebrando un poco de ese bullicio alegre, esa música tallada sobre la roca de un castillo que, desde aquellos días, permanecerá en la memoria de esos cientos de personas que se juntaron en Frías con la única intención de vivir intensamente la vida. Puede que si preguntas a alguno de los estuvieron allí te digan que aquel fin de semana perecimos un poco por dentro. Quizás tenga razón. Aunque sólo sea porque algunos dejamos un pedazo de nuestra alma adosada a aquella torre que nos miraba de reojo, oculta entre aquellos ladrillos convertidos en muro inexpugnable contra el frío y la tormenta, contra el pesimismo y la desilusión. Gracias a los que lo vivisteis. Gracias Joserra por dejar que nos refugiemos en tus canciones y en tus palabras.

15/6/16

William Tyler, un país llamado América


“¿A dónde os dirigís?” le pregunta George Hanson al Capitán América. Con su traje de abogado de la costa sur de Estados Unidos, el personaje interpretado por Jack Nicholson parece un extraterrestre en Easy Rider, aquella película convertida en emblema de hippies, forajidos y buscavidas. El autoestopista galáctico que huye de una país que parece caerse a pedazos. El tipo que lo tira todo por la borda para buscar el nirvana. De su lucidez mojada en etanol parece asomar una gota de esperanza, el meollo de la película. Pero no es más que un espejismo. Al final, como tantas otras historias de la época, el guión termina en tragedia y el sueño se desvanece. “La hemos jodido”, sentencia el Capitán América.

De las ruinas de esas mismas derrotas parece surgir la música de William Tyler, músico de Nashville y antiguo colaborador de Lambchop. Sus canciones se estiran como carreteras interestatales, monótonas y silenciosas, piezas de una América que hace tiempo que se apagó. Permanecen, eso sí, los luminosos de colores chillones y los anuncios de 'Lucky Strike', las naves llenas de chatarra y los depósitos de agua. Pero no son más que hologramas de un paisaje que ya nadie quiere desenrrollar. Recorrer sus autopistas es descubrir los desvíos que tomaron las letras de Kerouac y Ginsberg, las bandas sonoras de Wim Wenders y Sam Peckinpah. Aguantar la crecida del Mississippi tras los acordes de una guitarra que huele a tierra y luce color ocre. Sólo a William Tyler se le podría haber ocurrido titular una canción con el nombre del condado de Jones, famoso por haber permanecido libre de banderas confederadas en pleno corazón del sur norteamericano.

Esa es la gran baza del de Nashville. Aguantar. Frente a otros compañeros en el arte de las seis cuerdas como Steve Gunn o Kevin Morby, Tyler ha preferido mantener su música completamente instrumental hasta la fecha. Como si su guitarra fuera suficiente para levantar esos paisajes majestuosos y solitarios. Como si sus personajes no necesitaran abrir la boca para tirar del hilo de unas palabras que, de mil veces usadas, parecen desgastadas a estas alturas. Sin ir más lejos, The Great Unwind, la canción que cierra el reciente Modern Country, toma su nombre de un artículo firmado por George Packer para el New Yorker en el que describe esa América desigual y pobre, mil veces puesta en boca de los mandamases, pero casi nunca presente en los reales decretos y las políticas de verdad. Las palabras, ya saben, se las lleva siempre el viento.

Sin embargo, bajo esa desolación, se esconde el pulso firme de la guitarra de Tyler. No sólo en la mencionada Kingdom of Jones, blues arpegiado, recuerdo a John Fahey, confirmación de que es posible decir muchas, tantas cosas, con una simple guitarra acústica. Sunken Garden (“el jardín hundido”) trae a la memoria a Ry Cooder en esas notas iniciales. También lo hace en ese fraseo intenso cargado de polvo e historia, en esa lectura de tradición que cabalga sin miedo a romper algunos tabúes. De hecho Albion Moonlight podría casar sin problemas con las escenas más dulces de Paris, Texas, historia a la que el propio Cooder puso banda sonora en su momento.

En el lado contrario se sitúa la nube tóxica de Gone Clear, con un William Tyler amenazante e incisivo capaz de mezclar por igual los ambientes oníricos de su anterior trabajo, Impossible Truth, y la valentía de los Wilco más afilados. No obstante es el propio Glen Kotche, batería de los de Chicago, el que pone la base rítmica al conjunto. Completan la lista de invitados Darin Gray, otro colaborador habitual de Tweedy y compañía, y Phil Cook, convertido en hombre orquesta de la escena actual con un currículum que incluye nombres como Bon Iver o Hiss Golden Messenger. Todos ellos se encargan de redondear un disco corajudo y sublime, que permanece erguido a pesar de carecer de palabras que lo sustenten. Su perfil es el de las Montañas Rocosas y el del Cañon de Colorado, el de las llanuras de Mississippi y los lagos de Illinois. Un viaje por esa parte del continente vasta y virgen, que se resiste a convertise en polvo y estampa de postal.

Modern Country es una carta de amor a todo lo que estamos perdiendo en América”, sentencia Tyler en la presentación del disco. Una afirmación que puede sonar a derrota, pero que encierra una ventana para la esperanza. Como en el conocido monólogo de Jack Nicholson en Easy Rider, la música de William Tyler celebra la libertad bajo las estrellas. En este caso no como simple anhelo hippy, sino como pilar sobre el que se sustentan los cimientos de un continente que, a pesar de vagar a la deriva, todavía tiene un lugar en la historia. Esto es, aquella carretera de ida y vuelta en la que tradición y modernidad son compañeros de viaje. En el centro, un sueño que se esfuma. Al costado, los acordes de una guitarra, sirviendo de guía para despistados y motoristas. Y en mitad del cruce, la misma pregunta, escrita en letras grandes y rojas: "¿A dónde os dirigís?". Es difícil de decir.
LL

2/6/16

Pájaro, canciones desde el cadalso


Con su traje de saldos del Corte Inglés y su corbata aflojada, Andrés Herrera podría pasar por padrino de boda coplera. O por novio del sarao. Alguno incluso podría confundirle con el cura de la ceremonia cuando canta aquello de “quemaré el cielo a sangre y fuego / seré la llama de tu sacramento”. Aspirante a profeta de barra y vermú, en las canciones del andaluz no se hacen prisioneros, aunque sí que algún que otro converso. A la religión del rock, eso sí. Sus textos, a caballo entre el hades y el edén, recurren a condenados y casanovas, hablan de misas paganas en las que la música surf y la santería sevillana se juntan en una especie de baile diabólico. No hay en ellos perdón ni bendición urbi et orbi. Tan sólo una última voluntad: brindar por “los cabrones que están jodiendo este mundo” -según invitaba a hacer en su última visita a Madrid- antes de dejar esta vida.

Y sí, puede que a estas alturas alguno ya hubiera dado por enterrado a Andrés Herrera. Pero no, aquí sigue vivito y coleando. Rockero sevillano en el otoño de la vida, su alma forajida se extravió hace años, engullida por un trayecto en el que todavían permanecen muescas de bandas como Brigada Ligera o Pata Negra o de nombres como Kiko Veneno o Silvio. Olvidado por muchos, respetado por unos pocos, Herrera resucitaría de entre los muertos hace cuatro años con Santa Leone, disco firmado bajo el rótulo de Pájaro. Allí, sobre un fondo en blanco y negro, la Semana Santa y el trapicheo, el dandismo y el amor fatuo, se agitaban en un álbum en el que el protagonista asomaba la cabeza desde las escaleras del purgatorio. Lo suyo tenía miga, que diría aquel. Podía sonar a malditismo redentor o a búsqueda de un final feliz para una historia tortuosa, merecedora de una plaza póstuma en el callejero sevillano. Nada semejante. A día de hoy Pájaro sigue volando libre, sin causar mucho revuelo más allá de los estrictos límites de las catacumbas del rock.

Eso sí, en aquellos lugares del subsuelo su nombre comienza a convertirse en santo y seña de la parroquia subterránea. Su mezcla de blues inflamado y chulería impostada provoca carcajadas, patillas apenas camufladas y danzas sudorosas. Sus conciertos se cuentan por vueltas al ruedo, faenas en las que el público hace de respetable y Pájaro, de juez, parte y reo. Como Kris Kristofferson en Patt Garrett y Billy The Kid, Andrés Herrera canta para matar el tiempo antes de pisar las tablas del tormento, silba una melodía que bautiza bajo el nombre de Apocalipsis. Recuerda sus conquistas de galán trasnochado en canciones como Guarda Che Luna o Viene Con Mei, vende su alma por un beso en Bajo el Sol de Media Noche. Hasta se acuerda de su amigo Silvio en una reinterpretación de El Pudridero, original del rodeño.

Por suerte, el duelo casi siempre termina en tablas. El público, todavía en pie, secándose el sudor con la punta del pañuelo; y Andrés y su banda, guitarra en mano, pidiendo una tregua temporal. Orgullosos de la hazaña, haciendo gala de su camaradería. Y de su origen obrero. Como aseguraba el sevillano hace tiempo en una entrevista: “siempre he sido un mercenario de la guitarra”. Para más tarde añadir, no sin cierta sorna, que “en las casas obreras no hay pianos”. Ni zapatos de claqué. Él, coherente con el dicho, siempre prefirió la guitarra de madera y los tablaos sin lijar, la eléctrica de palo y distorsión, las trompetas de banda municipal y el flamenco de calle y terraza. La sencillez proletaria que canta en las cárceles y los antros prohibidos.

Definitivamente Andrés Herrera es nuestro Lead Belly, la sonrisa luchadora del blues, el Roy Orbison de bar de cubata en vaso de tubo. Sólo él podría haberse atrevido a bautizar un disco con el nombre de He matado al ángel y declararse místico apostólico en la misma pirueta. Hasta la fecha la Conferencia Episcopal no se ha pronunciado al respecto. Aunque, visto lo visto, quizás se inclinen por dejarle vagar por ese limbo a mitad de camino entre el infierno y el cielo, a la espera de que el altísimo pronuncie su última palabra. Pájaro, mientras tanto, a lo suyo, riéndose de su propia situación de asesino confeso, mezclando sin rubor rock y tradición, sacrimonios y cabalgadas de spaguetti western, apoyado sobre las tablas de un cadalso que huele a misterio y a tabaco de mascar. Como él dice: “antes de que vengan a meterme en la cárcel ¡Me cago en el Rey!...”. Lo dicho, ¡qué grande es el jodío!
LL

18/5/16

Guy Clark, aquel viejo sentimiento


Hay dos cosas que distinguían a Guy Clark del resto de songwriters de su generación. La primera, su sencillez. Más Sancho Panza que Quijote, siempre que le preguntaban insistía en comparar su labor con la del artesano, la del trabajador sin grandes epopeyas, el oficio que sólo emplea un par de manos y una guitarra como materia prima. Aunque a comienzos de los setenta se mudaría como tantos otros a Nashville, tierra prometida de la industria del country, pronto se daría cuenta de que la fábrica de hits de la capital de Tennessee no estaba hecha para él. Sin abandonar la ciudad, consagraría su tiempo a las dos actividades que más le llenaban en este mundo: componer canciones y arreglar guitarras. Dos oficios que se fundían en uno. Cualquiera que oyera sus composiciones descubría en ellas el tacto de una buena capa de barniz, la lija asomando, el olor de la madera recién cortada desprendiéndose. Canciones reconfortantes que, tan pronto reproducían el traqueteo de la autopista, como se dejaban mecer por los pequeños placeres de la vida. Un café, un paquere de tabaco, una conversación con un amigo.

Y es que, frente al malditismo de algunos de sus compañeros, Clark siempre practicó una camaradería alejada de los estereotipos del llanero solitario. Su casa terminaría convirtiéndose en centro de reunión de los mejores compositores de canciones polvorientas de mediados de los setenta. Lo podemos ver en esa escena final de Heartworn Highways, la película consagrada a aquel género forajido, en la que gente como Rodney Crowell, Steve Earle o el propio Clark comparten mantel, canciones y whisky. Otro tópico que el tejano rehuye. Aunque como otros artistas del género, coquetearía con las drogas y el alcohol, Clark casi siempre supo mantener la tentación a raya. Su biografía tiene poco de tragedia, sus discos no son más que el testamento de un contador de historias, relatos que tenían más de viaje soñado que de realidad autobiográfica.

Al menos hasta practicamente el final de sus días. En 2013 Clark editaba el que, a la postre, sería su último disco en vida. My Favourite Picture of You era el homenaje del músico a su mujer, fallecida unos meses antes y con la que llevaba casado desde 1972. En la portada el propio Clark mostraba su fotografía favorita de Susanna, una estampa de juventud tras la que se escondía esa época de canciones hasta el amanecer y camaradería mojada en whisky. Pocas veces el country, la música en general, ha estado tan cerca de capturar ese sentimiento de fidelidad, ese amor imperecedero tan poco común en la canción popular. Como tantas otras veces, la música terminaría convirtiéndose en confesionario personal del autor, retrato de madurez que recibiría su recompensa en forma de Grammy; demostrando que, lejos del motivo nostálgico, Clark seguía siendo capaz de componer canciones mayúsculas. Algo que ya venía demostrando en colecciones como Workbench Songs (2006) o Sometimes the song writes you (2009).

A pesar de todo, la memoria popular siempre recordará a Guy Clark por ese debut de portada ocre y mirada desafiante, publicado bajo el nombre de Old No. 1. Nada que objetar. Aquel disco contenía sus canciones más reconocibles, cortes como L.A. Freeway o Desperados Waiting For The Train, versionadas después por tantos otros. Sin embargo, vista desde la distancia, la carrera del tejano, su modestia, esa falta de ambición, le permitirían mantener una salud compositiva envidiable durante sus casi cuatro décadas de viaje. Gracias a ella acumularía un cancionero que permanece erguido, sin apenas subidas y bajadas, en el que pocos son los discos que no logran superar el corte. Canciones como Anyhow, I Love You, Magnolia Wind o Dublin Blues no palidecen un ápice comparadas con las tonadas de juventud del artista.

Tampoco lo hace su generosidad, ese espíritu de comunidad que nunca debió abandonar la música country y que el tejano avivó hasta sus últimos meses de vida. Cogiendo canciones de aquí y allá, adaptando tonadas de viejos amigos como Townes Van Zandt o Steve Earle, invitando a leyendas del género vaquero como Emmylou Harris o Rodney Crowell; Guy Clark lograría plasmar esa esencia de cabaña y pradera, de melodía navegando como un corcho, río abajo, libre en busca de un mar de canciones. Con su muerte se va un icono de ese country tejano apegado a la tierra, celebración de la vida sencilla. Uno de los últimos representantes de esa clase de songwriters que, como pregonaba el propio Clark en su disco de 2009, dejaban que la canción les escribiera a ellos. Aquel viejo sentimiento de libertad.
LL

26/4/16

Los sueños salvajes de The Long Ryders


Hijos bastardos de los Byrds, continuadores de la mejor tradición rural, The Long Ryders tuvieron la osadía de recuperar los sonidos de esa América invisible, silenciada por el ruido y los sintetizadores, justo cuando a nadie parecía importarle ya. En una época sin héroes para el rock, ellos decidieron escoger sus propias derrotas. A golpe de rickenbacker certificaron su fracaso, la leyenda de cuatro tipos destinados a caer en el olvido pero sin cuya aportación nunca habríamos oído hablar de country alternativo, americana o de cualquier tipo de mezcla entre los sonidos polvorientos y la pegada de un buen riff de guitarra. Como asegura el viejo dicho, si The Long Ryders no hubiesen existido, habría que haberlos inventado. 

Por suerte no fue necesario llegar hasta ese punto. En 1983 Sid Griffin, Stephen McCarthy, Greg Sowders y Des Brewer se juntaban por primera vez en Los Ángeles para dar forma a un combo que tomaba su nombre de una película del oeste, revival de un género en decadencia, al que ponía banda sonora uno de los pocos forajidos que todavía quedaban -y quedan- en pie: Ry Cooder. De aquellla primera alineación de los Ryders saldría el rotundo 10-5-60, carta de presentación en forma de epé en el que se mostraba la versión más cruda y directa del cuarteto. Join My Gang, And She Rides y sobre todo una imponente canción titular traían de vuelta el mejor sonido garaje, los efluvios de esos sesenta que parecían vertebrar aquella pequeña escena subterránea que sobrevivía en la ciudad californiana. Las gafas de sol oscuras, los estampados florales y aquel fondo en blanco y negro de la portada daban pistas de lo que estaba por llegar: un sonido enraizado, pero crudo, capaz de traer los ecos de Gram Parsons y The Clash por igual. El sueño salvaje del country-rock se hacía realidad con esta banda de forajidos.

No fue necesario esperar mucho para certificar aquella promesa. Unos meses después la banda publicaba su primer disco en formato largo con el expresivo título de Native Sons. Lo que en la carta de presentación había tenido que ser sacrificado en pos de la pegada, ahora aparecía cargado de color y sentimiento. The Long Ryders apostaban definitivamente por los sonidos del sur, el country&western, el-folk-rock y las mandolinas. Un hilo musical que al electrificarse propinaba una patada en el culo a los que pensaban que no se podía hacer punk y poner, al mismo tiempo, un ojo en el retrovisor. Mientras ese regusto a lo Buffalo Springfield avisaba de aquella tendencia del combo a navegar a contracorriente, la urgencia de canciones como Run Dusty Run o Still Get By garantizaban que el disco no terminara convirtiéndose en un simple ejercicio de estilo. La banda se permitía incluso el lujo de emplear un instrumento tan fuera de moda como la pedal-steel guitar o colaborar en Ivory Tower con Gene Clark, antiguo miembro de los Byrds convertido con los años en objeto de culto. 

La encrucijada parecía abierta; la apuesta a la vista, sobre la mesa. Si en las necrológicas del recientemente fallecido Merle Haggard se pudo leer la aportación de este como enlace entre los pioneros del hillbilly y aquel primer matriminio entre country y rock de finales de los sesenta; en la que escribiremos sobre The Long Ryders tendrá que aparecer sin duda su imprescindible aportación a la causa, su habilidad para tirar de un hilo que a comienzos de los ochenta parecía roto. Sin ellos seguramente los forajidos de los noventa no habrían oído hablar de nombres como Gram Parsons o The Band o ni siquiera se hubieran atrevido a practicar ese country barnizado con espíritu punk. A mediados de los ochenta el manantial de la tradición parecía haberse secado, las vías del tren de la canción enraizada se habían refugiado bajo tierra, asediadas por una modernidad rampante, entendida como simple negación del pasado. Pocos lo sabían, pero aquel ferrocarril polvoriento seguía viajando cargado de grandes canciones gracias, en parte, a unos Long Ryders que en su primer elepé emulaban la portada de aquel Palace of Sin de los Flying Burrito Brothers. Había futuro para el country. 


Pronto la banda se uniría a aquella escena de Los Ángeles bautizada como Paisley Underground y conocida más tarde en España como 'Nuevo Rock Americano'. Un rótulo que incluía nombres con poco en común más allá de la reivindicación del rock de guitarras y la fascinación por la década los sesenta. Podríamos citar bandas como Green On Red, Rain Parade, The Dream Syndicate o los primeros R.E.M. Dentro de este credo The Long Ryders optaron por desempolvar los flequillos a tazón y los chalecos de cuero, los banjos y las botas de punta. Una senda escogida de manera consciente, con una intención casi intelectual -Sid Griffin siempre fue un gran estudioso de la tradición folk norteamericana y tiene en su haber tomos imprescindibles sobre el Dylan más enraizado y los Byrds más clásicos-; pero que nunca abandonó los mandamientos más clásicos del rock, la pegada y el disfrute. Estos dos ejes terminarían chocando en State Of Our Union, segundo disco de la banda. Con él la formación angelina debutaba en una discográfica de relumbrón, puliendo su sonido, engrandeciéndolo pero sin perder su raíz folk-rock, abriendo el campo a experimentos como el que un par de años más tarde protagonizarían al otro lado del Atlántico The Waterboys en su celebrado Fisherman's Blues

Sin embargo, frente a los que pensaban que con su salto a una major The Long Ryders habrían de diluir su propuesta, Sid Griffin y compañía respondían con su cancionero más escorado y afilado en lo político. Desde el título pasando por cortes como Good Times Tomorrow, Hard Times Today o Southside of The Story, la banda repasaba el estado de la cuestión americana en plena era Reagan. De paso firmaban su himno más recordado, aquel Looking for Lewis and Clark en el que las guitarras de Griffin y McCarthy se mezclan como lo hace la esperanza y el descontento de una letra que ponía patas de arriba aquel 1985, año en el que reinaría el espíritu estéril del Live Aid y el pop edulcorado de We are the world. No era casualidad que ese mismo verano Neil Young, Willie Nelson y John Mellencamp lanzaran el Live Farm Aid, respuesta al buenismo de Geldof y compañía, festival dedicado íntegramente a ayudar a los granjeros del sur, demostración de que el country, lejos del viejo cliché, podía estar del lado de los oprimidos y necesitados. 

En ese momento The Long Ryders parecían destinados a convertirse en punta de lanza de un country de nuevo cuño, indepediente en sus formas aunque sin renunciar a la grandilocuencia del rock de la época. Por una vez la música del campo y la granja parecía tener las de ganar en la gran ciudad. Todo iba de cara para The Long Ryders hasta que, quizás anticipando su decadencia, el cuarteto cometió la mayor de las traiciones para la parroquia rock. Sin más intención que mantener la estela económica de su música, la banda participaría en un espot publicitario de cerveza, firmando desde ese momento su sentencia de muerte. En una industria que comenzaba a marcar en rojo la línea que separaba la senda alternativa del mainstream, aquello fue visto como un golpe bajo por parte de sus seguidores. El grupo que había pegado un puntapié al conservadurismo de los ochenta sin necesidad de renunciar a la tradición americana, el cuarteto que se atrevía a recuperar el Masters of War de Dylan en sus conciertos, había caído en la tentación del capital. Error de bulto, mancha en el expediente que algunos ya nunca perdonarían, vuelta al manido debate de la autenticidad que resurgiría con fuerza a comienzos de los noventa. 

Quizás fuera aquel episodio, quizás fuera que la fuente simplemente se había agotado, pero tras dos álbumes más que pasarían sin pena ni gloria, The Long Ryders se disolvían en 1987. Todavía tendría que pasar más de un lustro para que el término country alternativo llegara a los oídos de América. No obstante, la semilla para bandas como Old 97's o los Waco Brothers -en el que militaría John Langford, líder de otras de esas bandas pioneras, los Mekons- parecía sembrada. También el comienzo de una veneración casi de culto por los discos de la formación californiana. Especialmente en Europa y el Reino Unido, a donde se mudaría Sid Griffin para seguir con su labor como músico y estudioso de la tradición folk. Precisamente allí y en España es donde se ha podido ver a la banda en los últimos años, en alguna de sus esporádicas reuniones. Un regreso que, si bien siempre tiene el regusto de la nostalgia, ha mostrado empaque y chispa. También ha servido para recuperar el catálogo de esta banda única e imprescindible y recopilarlo en una reciente caja en el que suenan todas sus canciones. Sin duda, una nueva oportunidad para volver a cabalgar sobre esas guitarras de cuero y esa épica de granero y carretera. Como los pioneros del salvaje oeste, The Long Ryders regresan para recordarnos que hay verdades que nunca pasan de moda.
lll

20/3/16

Steve Young, la autopista de un sonido que no tiene fin


Al final nuestra educación musical, la de verdad, la que deja una huella profunda en el tiempo, la forman un puñado de discos. Unas cuantas piezas de la estantería dorada que en su momento destaparon todo un campo virgen de emociones y canciones. El Freewhelin' de Dylan, el Exile de los Stones y el Yankee Hotel Foxtrot de Wilco. El primero de The Band, Kind of Blue de Miles Davis y la 'reco' de Woodstock. Después llegarían muchos más, pero el camino ya estaba marcado. O eso pensábamos.

Recuerdo que cuando años después un amigo me pasó la banda sonora del documental Heartworn Highways me vi obligado a abrir un nuevo tomo en mi libreta musical. La cinta de 1975 representaba todo aquello que yo buscaba en la música. Tenía esa fachada dura y libre, directa al tuétano. Todavía tendría que pasar un tiempo hasta que viera la película, pero la música de aquel cedé había llegado definitivamente para quedarse. Su sonido parecía proceder de un tiempo casi remoto, de un país que no aparecía en mapa alguno. Incluso los nombres que firmaban aquellas canciones parecían sacados de una banda de forajidos y tipos fuera de la ley. Uno se los imaginaba con sombrero vaquero y mostacho espeso, agarrados a su guitarra en un paisaje ocre en mitad del desierto. Y no andaba muy desencaminado.

Ahora que la película vuelve a la circulación en una nueva reedición, tenemos que llorar la muerte de uno de esos cowboys que nos enseñaron en su momento la lección sagrada del country. Hace unos días se iba Steve Young, aquel músico que, incluso entre esa panda de perdedores, escogió el camino más difícil. El tipo silencioso y bigotudo, el de la voz capaz de recuperar como nadie el legado de los apalaches. Nacido en Georgia en 1942, el joven Young había mostrado desde muy pronto su vocación musical, a pesar de venir de una familia modesta en la que la adquisición de un instrumento musical era poco menos que en un lujo. Siempre se sintió fascinado por la figura del trovador callejero y, con la idea de convertirse en uno de ellos, Young decide trasladarse de manera definitiva a Birmingham, donde descubre el valor de un penique y la sencillez de la canción folk. También los peligros del alcohol, que le acompañarán durante buena parte de su vida.

Sería durante esos primeros años cuando el artista aprendería una de las lecciones más importantes de su carrera. La dureza de la vida del músico y la cerrazón del sur norteamericano, incapaz de asimilar el cancionero profano y libre de esa nueva nueva América que poco a poco se abría paso. Cansado de tener que lidiar con los prejuicios de la tierra, Young decide trasladarse en 1963 a Los Ángeles, donde conoce a Van Dyke Parks y a un jovencito Stephen Stills, con los que formaría el seminal The Gas Company. También, siguiendo la costumbre de la época, se uniría a uno de esos supergrupos en los que los egos de sus miembros mandaban tanto como sus canciones. Pronto se vería que aquello no estaba hecho para Young.

Su predilección por los sonidos más puros y enraizados del crisol norteamericano y su carácter solitario le harían abandonar cualquier intento de formar un grupo para, definitivamente, tomar su propio camino. Rock Salt & Nails, su debut en solitario, contaba con la partipación de gente de la talla de Gene Clark, Gram Parsons y Chris Ethridge y se convertiría en uno de los primeros ejemplos de eso que vendría a bautizarse como country-rock. Quizás llegaba demasiado pronto, pues apenas lograrría cumplir las expectativas comerciales de A&M. “Demasiado country para el rock”, llegó a decir alguien. Y no le faltaba razón.

La decepción por ese estreno frustrado llevaría a Young a abandonar casi por completo el negocio musical y mudarse a San Francisco para abrir una tienda de guitarras. Sin embargo, la tentación de la carretera es demasiado fuerte para el de Georgia. Tras un par de años en los que su actividad se limita a algunos conciertos en los cafés locales, decide juntar un puñado de canciones para volver a intentarlo. Unas cuantas sesiones con varios músicos de la ciudad, entre los que se encuentra Ry Cooder, le convencen de que se hace necesario buscar nuevos aires. Surge la oportunidad de viajar a Nashville, siendo este el primero de una larga lista de contactos con la escena de la ciudad que construirían la relación de amor-odio del autor con la capital de Tennessee. Allí terminaría registrando Seven Bridges Road, disco que toma su nombre de una de las canciones más conocidas y reinterpretadas del cancionero de Steve Young. La grabación no estaría falta de frustraciones y callejones sin salida, incluyendo la participación del ex-Youngbloods Jesse Colin Young, que lograra convencer a los directivos de Reprise del potencial del álbum. El álbum terminaría llegando a las tiendas en Enero de 1972, convenientemente presentado con una estampa familiar del propio artista. No había sido un periplo sencillo, pero al menos Young podía decir que estaba de vuelta.

En este segundo trabajo se nota la intención del artista de suavizar su sonido. El country ha vuelto a la radio norteamericana y en un par de años los Eagles se convertirán en estrellas de la industria, incluyendo una versión del Seven Bridges Road de Young que los angelinos añaden a su repertorio en directo. Nada de esto consuela al compositor que vuelve a ver como sus esperanzas de éxito personal se esfuman a las primeras de cambio. Comienza aquí la etapa más oscura del músico, esa que construiría ese mito de artista forajido y tozudo, peleado la mayor parte del tiempo con una industria miope. Vuelven a resurgir los problemas con el alcohol y las drogas, lo cual lleva a Young a divorciarse de su mujer. Contrariamente a lo esperado, su producción musical se multiplica, ganando en hondura y carácter. Honky Tonk Woman, su siguiente disco, muestra esa cara más polvoriento del artista, el de un fuera de la ley capaz de hacer una versión desnuda de The Night They Drove Old Dixie Down y cantarle a la autopista en Alabama Highway.

Es a partir de este momento cuando la historia de Young se vuelve errática, confirmando su espíitu vagabundo. A finales de los setenta vuelve a grabar un par de discos de sonido estilizado en Nashville para terminar refugiándose en Europa, desde donde inicia una serie de discos editados desde la independencia. Incluso se atreve con la autoproducción de álbumes que más tarde venderá de manera física en sus conciertos y en los que incluirá relecturas de sus canciones más clásicas, muchas de las cuales se encontraban en ese momento completamente descatalogadas. Adoptando de manera voluntaria el perfil del trovador solitario, Steve Young se mantendrá en el negocio hasta practicamente el final de sus días. De él siempre recordaremos aquella interpretación de Alabama Highway, incluida en Heartworn Highways, en la que la caravana americana se funde con el sonido épico de las montañas, la búsqueda de la libertad a través de la carretera y los campos de algodón. Se trata de esa llanura que une a Townes Van Zandt y a Steve Earle, un hilo que conecta a los pioneros con los vaqueros de hoy en día. La autopista de un sonido que no tiene fin.
LLL

18/3/16

Red Apple, la tentación del rock


Caímos en sus redes casi sin quererlo. Un hermano con el doble de los Purple, aquel riff que sonaba en la radio, sirvieron de señuelo. El rock estaba muerto pero en nuestro bar favorito ponían a los Zeppelin y a Ten Years After. Giraban los primeros discos de los Sabbath y aquellas canciones sucias de los Stones. Éramos invencibles. Probablemente no teníamos ni idea de quién era Robert Johnson, pero llenábamos nuestra ignorancia con chulería y juventud. En el fondo, ¿qué importaba el nombre de un guitarrista muerto hace cien años si habíamos probado el veneno del rock&roll?

Después nos hicimos mayores y la mitad de nuestros garitos echaron el cierre. Peor fue ver cómo la otra mitad sucumbían a la moda de turno. O darse cuenta que aquellas canciones con las que sudábamos nunca estuvieron a la última. Nosotros, tozudos, seguimos como si nada, perdiendo nuestro tiempo entre discos de Hendrix y la Creedence. Gastando el dinero que no teníamos en conciertos de cincuenta la sala. Ya no había vuelta atrás. El aguijón era demasiado profundo. La tentación seguía ahí, diez años después de aquel fatídico sábado en el que compramos nuestro primer disco de los Who.

No estoy seguro de si fue exactamente aquel día, pero hace casi una década que los madrileños Red Apple se juntaron por primera vez en un local de ensayo. No han cambiado lo más mínimo, por extraño que parezca. Tampoco algunos de nosotros, qué duda cabe. Como los tres miembros de la banda de la fruta prohibida, seguimos pirrándonos por un buen acorde de guitarra. También por esa manera de hacer música en la que lo más importante es poner todo patas arriba en tres minutos. Llámalo urgencia, llámalo simplemente rock&roll.

Porque sí, lo que hacen Isabel, Darío y Javi es simple y llanamente eso: rock&roll. Una fidelidad a un estilo que vuelve a llenar los cincuenta minutos que dura Pow Wow, su cuarto trabajo. De nuevo hay patadas en el culo (We Could Stop It) y tonadas vacilonas (Save Me Rock&Roll). La huella sureña marca buena parte de los surcos de One Girl Band, su homenaje al blues más inflamado. La chulería de Wish I Was Like You no es más que una fachada tras la que se esconde la letra más frágil de la colección. Inseguridad que tiene su continuación en la escurridiza When all you feel is pain. Al menos hasta que los excesos toman el mando de la canción.

Y es que, quizás, este sea una de los pocos peros que se le pueda poner a Pow Wow. Nadie podrá decir que Red Apple que no le echan ganas. O que no asumen riesgos en un género, el rock, mil veces transitado. Condescending Girl, uno de los cortes más luminosos del lote, es lo más cercano que la banda ha estado de la mística de la carretera y el folk. True Love es, me atrevería decir, la pieza más redonda y directa de todas las que han editado hasta la fecha. Incluso esa relectura de Cherry Red, con Darío e Isabel turnándose en la voz, tiene tanta garra como la toma original de los Groundhogs. Sí, ya sé: los Red Apple siempre tuvieron un gusto exquisito para escoger sus versiones.

El recuento final arroja más luces que sombras, un puñado de canciones al rojo vivo y algún que otro traspiés sin importancia. Visto desde la distancia, se agradece su espíritu valiente y despreocupado. Su intención de apuntar en diez direcciones al mismo tiempo sin perder de vista, eso sí, el más sacrosanto de todos los mandamientos. Ya saben, si no golpea en el estómago, no es rock&roll. Algo que Red Apple consiguen hasta en sus momentos más reposados y dulces. Puede que Going to Formentera, la canción que cierra el disco, tenga ese punto hippy. Que a uno le entran ganas de dejarlo todo y lanzarse a la carretera. Como reza la letra : “I'm going to Formentera / we will live as hippies dancing by the sea / We will play rock and roll as the old rockers did”. Al final la tentación es más fuerte.