29/12/19

2019

Al igual que Diarios y 1971 confeccionaban un díptico del Berrio más íntimo y afrancesado, Paradoja y Niño Futuro arrojan las dos caras de su yo más rockero. Menos rocoso que su antecesor, lo último del vasco mantiene el filo en el apartado lírico. Abolir el alma toma inspiración en Ciorán, Mi álbum de nubes del cielo es lo más cercano que Berrio ha estado de una canción pop perfecta y El truco era un resorte cierra esta colección dulce y pulida de nuestro Leonard Cohen. El mejor escritor de canciones de la lengua cervantina en muchos, muchos años. 


De todos los buscadores de oro que pueblan el mapa de carreteras de la canción tradicional norteamericana Jake Xerxes Fussell siempre será nuestro favorito. No es sólo esa fachada sencilla, como si de un Woody Guthrie de porche y mecedora se tratara. Su relectura del cancionero polvoriento va más allá de los tópicos y pincha en el corazón de las canciones. The River St. Johns y Oh Captain desprenden olor a salitre, Drinking of the wine parece grabada en la casa rosa de The Band y Michael was hearty emociona a cada giro. Jubileo folk.      


Vecino de la bucólica villa de Kingston Upon Thames, el británico Peter Bruntnell decidió dedicar el título de su último disco a la ciudad del Manzanares ("If I could be a king, I'd be the king of Madrid"). Un guiño castizo que esconde una colección de combustión lenta, netamente british. No esperen grandes despliegues: la artesanía de Bruntnell siempre estuvo en los pequeños detalles, en esa capacidad de firmar melodías que arropan la canción sin emborronarla. King of Madrid es una clase maestra de esto. También un disco soberbio.


Nos hemos acostumbrado a que nos den gato por liebre en esto de los discos póstumos, refritos de tomas que nunca debieron salir del baúl, que este Thanks for the dance nos ha pillado por sorpresa. No sólo complementa la trilogía arrugada de nuestro judío favorito, si no que funciona como epílogo perfecto para una carrera que brilló con mucha clase -tanto en el estudio como sobre las tablas- en la última década de vida de Leonard Cohen. The Night of Santiago, The Hills y el tema titular ya forman parte del canon eterno del de Montreal. "One two three, one two three..."


Más preciosista que su debut, The Imperial confirma lo que ya sabíamos: The Delines son una banda con mucho recorrido. Especialmente ahora que Willy Vlautin ha cerrado definitivamente su capítulo con los legendarios Richmond Fontaine y Amy Boone parece haberse recuperado de ese accidente que casi la deja en una silla de ruedas. Ambos forman el hueso de una formación enraizada en el canon country-soul, miel y whisky, única gracias al pulso narrativo y fronterizo de Vlautin. Sus derrotas, su retrato de esa América de moteles, es la nuestra.


A estas alturas de la historia conviene subrayar alguna de las pocas certezas que todavía nos quedan en esto de la música. Una de ellas lleva por nombre Steve Gunn. En apenas cinco álbumes el norteamericano ha construido una de las carreras más sólidas del último decenio. Un viaje que comenzaba a la sombra de maestros como como John Fahey y Michael Chapman y que culmina ahora con el reciente The Unseen in Between, en el que Gunn, sin olvidar sus raíces, se descubre como un compositor de canciones pop mayúsculas. Entre la Velvet y Bert Jansch.


Enfrentarse a un disco de Wilco en 2019 puede resultar arriesgado. Especialmente para aquellos seguidores de la banda que siguen viéndoles como ese combo explosivo capaz de unir tradición y vanguardia. Ode to Joy, su última referencia, requiere de una digestión reposada. Pero es en ese lento traqueteo base de guitarras garabateadas y ritmos deslabazados donde uno termina encontrando su razón de ser. Si a eso lo unimos esas letras cargadas de humanidad de Jeff Tweedy estamos ante uno de los discos más bellos firmados por la formación de Chicago.


David Kilgour es un marciano. También un completo desconocido para este que escribe hasta hace apenas unos meses. Poco importa. La música encapsulada en Bobbie's a girl tiene todos los atributos para gustar en esa casa. Esos pasajes acústicos ensoñadores, esas guitarras desaliñadas, esa psicodelia que tan pronto recuerda a los Grateful Dead más reposados como se desmelena sin miedo a traspasar fronteras y géneros (¿es Swan loop un ejemplo del mejor trip-hop?). Un ramillete de hilos de los que tirar, un músico en estado de gracia.


El segundo trabajo del veterano Michael Chapman con Steve Gunn a los mandos vuelve a regalarnos una colección para la posteridad. Menos polvoriento que 50, True North representa de manera fiel lo que uno se puede encontrarse si va a uno de los conciertos del británico. Preciosismo instrumental e historias de un tipo con 78 años a sus espaldas. Canciones como After all this time o Youth is wasted on the young se recrean en tiempos pretéritos sin revanchismos, sólo con la humildad de un músico que sigue creyendo en el fuego redentor del folk.


Quique González había llegado a un punto muerto. En racha en el estudio, sus conciertos parecían más hechos para agradar a las masas que a ser fiel con ese cantautor siempre en sintonía con sus orígenes. Tocaba tirar del freno. Las palabras vividas, su colaboración junto al poeta Luis García Montero, no convencerá a muchos, pero al menos desvía al músico de la carretera principal. Aquí el madrileño, despojado de su propio vocabulario, evita alguno de los tics en los que había caído. De paso firma uno de sus discos más desnudos y bellos. El disco del otoño.


Teniendo en cuenta que no hay discos mejores ni peores, al final lo único que nos queda es la belleza. Y si de disco bonito hablamos Those Pretty Wrongs se llevan el oro en este 2019. Con su segunda referencia el duo formado por Luther Russell y Jody Stephens vuelve a tocar la tecla de la melodía sencilla y honesta. Y lo hace con diez composiciones de apariencia humilde, sin grandes florituras, que visten de folk lo que en el fondo es una muestra del mejor pop atemporal. Avisados quedan: Zed for Zulu ha venido para quedarse.


A pesar de su apariencia de bootleg pirata, Let It Burn arroja el disco más conseguido hasta la fecha de los californianos GospelbeacH. Capitaneados por el inconmensurable Brent Rademaker, los californianos se descargan con una colección llena de medios tiempos y melodías soleadas, que bebe de las mejores enseñanzas del fallecido Tom Petty. No es el único homenaje velado en Let It Burn. Aquí también tenemos las últimas grabaciones en vida de Neal Casal. Los hijos bastardos de Poco en su versión más melancólica y sentida.


Aunque por lo general solemos desconfiar de los grandes consensos, hay que quitarse el sombrero ante el debut de la británica Yola. Vale que la de Bristol toma su estilo directamente del country-soul más clásico, cuando no directamente del tronco melódico de Tina Turner. Pero lo hace con estilo y buen hacer. Si a eso le unimos una pasado de origen humilde y que, por una vez, Dan Auerbach evita caer en los tics 'marca de la casa' y deja que las canciones funcionen por sí solas, estamos ante un disco lleno de alma y melodías eternas. Negro y aterciopelado.


El disco marciano de la temporada lo firman los neoyorquinos Garcia Peoples. Si lo que les gusta son las canciones de extensión dilatada, las excursiones psicodélicas y los cambios bruscos de ritmo aquí tienen el regalo para estas Navidades. Un viaje de cuarenta minutos (ocho más si incluimos la versión en formato sencillo del tema central) que transcurre por la órbita del Miles Davis eléctrico y explosivo, cuando no mezcla todas las épocas de los Grateful Dead: la más folky, la más lisérgica, incluso la más campestre y raunchy.


En esta casa gustó (y mucho) Sleep well beast. Un disco de piel electrónica que tiene su continuación -al menos en el apartado sonoro- en el prolífico I am easy to find. Menos abiertamente político, eso sí, el octavo álbum de estudio de The National lima aristas mientras entrega uno de los registros más personales de la banda. Trufado de interpretaciones vocales femeninas, las quince canciones de I am easy to find dan aire fresco a Berninger y los suyos, además de servir para recuperar favoritos como Rylan. Coral y terapéutico. 


Lo reconozco: desconocía la obra de David Berman hasta la publicación del debut de Purple Mountains, último proyecto de un tipo de apariencia ordinaria pero pluma fina. Desgraciadamente este se ha convertido en la colección final del de Virginia, antes de que decidiera quitarse la vida. Y claro, uno no puede evitar leer en letras como All my happiness is gone y Maybe I'm the only one for me la profecía del suicidio. Pero Purple Mountains es también el testamento de un tipo vital, capaz de sacar brillo a la más sencilla de las estampas.


En esta casa veneramos muchos a los Mekons. No sólo porque los ingleses estuvieran en el germen del country-alternativo, ese movimiento que agitó la tradición de las barras y estrellas en los noventa y que sirvió de puerta de entrada para muchos de los sonidos de mi discoteca. Si no porque, más allá de convertirse en simples precursores del asunto, Jon Langford y compañía nunca han dejado de romper los límites del género. Deserted, su primera referencia en tres años, es otro ejemplo de ello. Country con espíritu punk, rock con alma polvorienta.   


Seis años hemos tenido que esperar para lo nuevo de Bill Callahan. Algo que no debería sorprender en un tipo de apariencia pausada, cuya música siempre pareció seguir el traqueteo de las estaciones. Es precisamente esto último, la caída de las hojas de los árboles, la rutina de un tipo recién casado y estrenando paternidad, la principal inspiración detrás de esta veintena de nuevas canciones. Así que sí: Shepherd in a Sheepskin Vest mantiene algo de ese Callahan burlón, pero prevalece el escritor doméstico y campestre. Nos sigue gustando, vaya.


El tipo con más clase de esta negociado ha editado en 2019 su disco más espiritual y sentido de su discografía. Marcado por el diagnóstico de un cáncer que apenas le daba unos cuantos meses de vida, Joe Henry desnuda las canciones hasta dejarlas en los huesos, convirtiéndoles en testimonios gospel, nanas folk que estremecen con el simple giro de un acorde. Piensen en el Leonard Cohen más confesional, piensen en el Van Morrison de Astral Weeks. Un testamento vital sin lamentos, lleno de agradecimiento por lo que vendrá. 


Aunque con la corazón de su banda madre en el retrovisor, Charly Riverboy ha decidido cruzar el charco en busca de inspiración para su estreno solitario. En Riverboy asoman flecos de los Kinks y Fairport Covention, de psicodelia británica y gusto por las melodías de mesa camilla y tetera. Un desvío que no esconde su filia por las guitarras de madera y los ambientes de taberna, por ese sonido de ascendencia yankee. Al final la mezcla funciona porque las canciones están ahí, dando testimonio de un compositor que maneja a la perfección las herramientas de su oficio.  


Si tuviéramos que hacer una lista de todos los músicos que han aprendido, cogido prestado o simplemente robado ideas de J.J. Cale, necesitaríamos un pergamino de aquí a Tulsa. Fallecido hace un lustro, el guitarrista sigue extendiendo su influencia en la música norteamericana. Stay Around es buena prueba de ello. Una recopilación de canciones inéditas que es más que eso. Una colección que demuestra que menos es más. Una nueva muesca en el canon de un músico que seguirá extendiendo su sombra alargada durante décadas. 


Cada disco de Bantastic Fand es un milagro. No solo por ese sonido único, ramillete de canciones que tan pronto beben de esa Norteamérica sepia de Dylan como nos transportan a la más humilde, pero igualmente evocadora, costa de Cartagena. Si no por ese empeño de Nacho Para y los suyos en seguir fieles a una manera de hacer las cosas artesanal, generosa en el tiempo, libre de ataduras. Somebody's World, su tercer trabajo, es una nueva de muestra de ello. Un disco coral, mundano, sanador.   


Últimos en unirse a esta lista de favoritos de la temporada, los norteamericanos Twin Peaks habían grabado hasta la fecha tres álbumes de piel lo-fi, que los emparentaba con la versión más relajada de Dr. Dog. Una trayectoria que toma un ligero desvío en Lookout Now, su cuarta referencia. Aquí los de Chicago muestran su lado más campestre y rural, más cercanos a las laderas de la Big Pink que al asfalto gris de su Chicago natal. De paso entregan canciones tan redondas como Ferry Song o Better than stoned


Los que nunca hemos vivido cerca del mar, rodeados del olor a salitre cada mañana, soñamos con canciones de piratas y barcos, escuchamos los discos de King Creosote y nos imaginamos en la costa escocesa escuchando el sonido de la olas contra las rocas. Algo parecido ocurre cuando escuchamos el reciente disco de James Yorkston. Un tipo bregado en las mejores artes del folk inglés y que en The Route To The Harmonium nos lleva al norte del norte, a ese lugar mágico donde las canciones suenan extrañas y familiares al mismo tiempo.   


A veces hay poco que decir sobre un disco. Y a veces ese es el mejor de lo piropos. Up on High  es un disco de costuras sencillas, en el que los californianos Vetiver vuelven a hacer lo que mejor saben: melodías. Tras el intento de modernizar su sonido que supuso Complete StrangersAndy Cabic y los suyos regresan a la esencia de ese folk evocador, pop de trazo sencillo para escuchar con las ventanillas del coche bajadas. No esperen grandes sorpresas ni escapadas de un guión, sólo una banda cumpliendo con el sacrosanto sacramento de la canción bien hecha.


1/12/19

El Nuevo Testamento de The Band



Aquel aquelarre de música y optimismo hippy se apagó demasiado pronto. Cowboys, soñadores y cuerpos desnudos se arremolinaron durante aquellos tres días de Agosto. Y en medio del torbellino psicotrópico, permaneciendo impasibles ante la revolución que nunca fue, se plantaron aquellos cinco músicos canadienses -exceptuando su espigado batería, nacido en Arkansas, hijo de granjeros y con pinta de ídem-. Ellos representaban la cara oculta del estallido hippy. Sus ropas, desgastadas por el viento de la montañas; sus barbas, crecidas al más puro estilo amish. No, ellos no eran el colmo de lo hip. No lanzaban grandes proclamas ni estampaban sus guitarras contra los amplificadores de cartón. Sus canciones sonaban como el traqueteo de los viejos trenes, traían a la memoria los paisajes de maíz, paraban el tiempo con sus armonías de campos de algodón. No tenían ningún futuro en ese circo de freaks y buscadores de experiencias esotéricas en el que se había convertido la década de los sesenta.

Y sin embargo, cincuenta años después, aquellas canciones, nacidas a los pies de las Catskills, permanecen en nuestras retinas como si se tratara de fotografías recientes. No se dejen engañar por esos tonos sepias o esas gabardinas de pana. The Band siguen siendo la banda. La única que merece un altar en nuestros hogares. Su discografía, concisa, llena de milagros, tiene la capacidad de calentar los caserones más desangelados. En ella se dan cita todos los rincones de una América que se resiste a quedar sepultada por los rascacielos de papel y los coches de marca, las grandes multinacionales y los cantautores de “quitaypon”. Ellos, sin quererlo, comenzaron su propia revolución. La revolución de las cosas sencillas y las melodías cantadas al calor de la chimenea. La verdad del día a día convertida en sermón, el hombre usando sus manos para trabajar la tierra como único héroe americano.

Y vale que la cosa acabó mal, con el jaco y los malos rollos enturbiando esa sensación de comunidad, esa geometría perfecta entre cinco músicos capaces de tocarlo todo y tocarlo bien. Pero durante aquellos primeros años en la casa rosa surgió una chispa que ya nadie pudo apagar. Un primer disco tan virgen y puro que todavía a día de hoy sigue provocando escalofríos. Y un segundo más meditado, profundo en su lectura del mito sureño, con esa pizca de desesperación asomando por la solapa. El Antiguo y el Nuevo Testamento. Para aquellas The Band ya habían lucido portada en las revistas más cool de las barras y estrellas. Y, claro, la mitad de los ejecutivos de la Gran Manzana se pegaban por su ver quién se ponía la medalla como exhumador del secreto mejor guardado de la música de los sesenta. Pero las canciones seguían ahí, dispuestas a testificar el milagro. Canciones que sonaban clásicas. Canciones que uno no sabía muy bien si habían sido escritas en 1969, en tiempos de la guerra civil norteamericana o en mitad de una tormenta de polvo en plenos años treinta. Lo que si quedaba claro es que no sonaban como el resto de aquellas canciones estridentes que los popes de la radio, con su gafas de sol y sus chupas de importación, se empeñaba en repetir una y otra vez durante aquel verano del amor.

Rag Mama Rag pudo ser un éxito de las ondas. Pero era demasiado country para las emisoras pop y demasiado ranchy para las estaciones de Nashville. Jemima Surrender tenía groove, pero ese ritmo al más puro estilo "niuorlins" era demasiado pausado para una década que avanzaba impasible, frenética, como uno de esos policías que desenfundan antes de preguntar. Up On Cripple Creek era, por contra, demasiado adelantada para su tiempo. Aquel órgano imaginaba los contoneos funk con medio lustro de antelación. Rockin' Chair parecía salido de las fuentes de la Harry Smith Anhology. Las voces dibujaban una cabaña de madera, las guitarras se abrazaban como una fraternidad después de una jornada en la mina o el bosque. Look Out Cleveland salía disparada como un misil para terminar estampándose en aquel mágico piano de Richard Manuel. No quedaba mucho más que decir después de aquello.

En el apartado lírico, Robbie Robertson, todavía con sus gafas y su pinta de bibliotecario, rubricaba sus mejores textos. Across The Great Divide difuminaba fronteras y vadeaba ríos y meandros. The Unfaithful Servant contaba la historia del exilio forzado, la historia de toda canción country: dejar la tierra para buscar un futuro. Su mezcla de nostalgia, compasión y heroísmo arañaba el alma. En otro apartado, casi como una ópera con entidad propia, quedaba The Night They Drove Old Dixie Down. Lección de historia americana, sangre en la lengua por una derrota que sigue sin cicatrizar del todo, verdad confederada más allá del sweet home alabama, himno para los que se empeñan en enterrar un pasado que permanece en la memoria colectiva. “And the south will rise again”.

Todo ello se mezcló de manera natural, sin colorantes ni artificios, en esa melting pot de armonías y guitarras aritméticas, órganos de capilla y second line, voces rajadas por el polvo del tiempo. Una anomalía de su tiempo que se plantó en aquel espectáculo de variedades bajo el rótulo de Woodstock -a pesar de no tener nada que ver con el verdadero Woodstock- y que, como en aquella mítica gira eléctrica con Dylan, se colocó de espaldas al público. Su sonido, ese sonido que nadie parecía querer escuchar por puritano, old-fashion, trasnochado, salía de aquella pequeña comunidad de cinco músicos. Una conspiración en toda regla contra el espíritu de la época de los freaks y los buscadores de oro. Un pequeño hilo que terminaría trazando la silueta de un nuevo género -la Americana- y reivindicaría una manera de hacer las cosas quimérica, sí, pero todavía posible. Hay esperanza porque todavía nos quedan las canciones de The Band.

25/2/18

Jerry David DeCicca: el otro sur


Existe un sur de carretera y botas de cuero, Easy Rider en la guantera y ventanillas bajadas. Un sueño en el que reinan el horizonte y la camaradería, compartir doscientas millas apretados en el asiento trasero del coche, los Creedence saltando del salpicadero y California en el punto de mira. De aquella imagen nacen nuestras ganas de lanzarnos a la aventura. No importa que enfilemos la brújula hacia San Francisco o hacia Cartagena y el Puerto de Santa María. La misma necesidad de poner el aire acondicionado aflora, las mismas ganas de descender colina abajo y darse un chapuzón en el mar. 

Puede que el sur, esa sensación que nos abrasa cada vez que llega la primavera, sea un invento yankee, pero a este lado del Atlántico golpea cada vez que ponemos en el transistor del coche a nuestros Bantastic Fand o recuperamos los discos de Kiko Veneno. Aquí festejamos igual la fiesta y la amistad, un puñado de gente apretándose en torno a un tenderete a escuchar el sonido de la mandolina y la guitarra zapateando. Aquí festejamos también una buena dosis de electricidad y soul. No hay que olvidar que fue allí, en el sur de Estados Unidos, donde nacieron los Allman Brothers y las joyas del sello Stax, la fuente de todos nuestros deseos. Sin ellos nos seríamos lo que somos ni tendríamos a bandas actuales como Drive-By Truckers o The Sheepdogs

Sin ir más lejos estos últimos acaban de editar un nuevo artefacto que les confirma como reyes del género escrito en presente. No esperen grandes sorpresas cuando se acerquen a él. Tan sólo una nueva confirmación de que la rueda sigue girando. Los norteamericanos beben directamente del manantial de Otis Redding, The Band y Lynyrd Skynyrd para lograr que el río siga fluyendo. Ya saben: la carretera sirviendo de combustible, el cuero quemado cerca del amplificador y una banda en estado de gracia que, con Changing Colours, vuelve a colocarse en primera línea de salida de ese rock que, tan pronto coquetea con el country, como se lanza hacia terrenos más rocosos. Resultado sobresaliente y sin casi despeinarse. 

Más desapercibido pasará sin embargo la última referencia de Jerry David DeCicca. En él también se da cita ese paisaje sureño de horizontes amarillos, reflejos de Alabama y el Bayou. No obstante, mientras The Sheepdogs logran prender la mecha con cada estribillo, DeCicca prefiere esbozar pequeños brochazos de realidad. Su estilo, sencillo y cristalino, tiene mucho del Randy Newman del directo del 71. Una decena de composiciones que se apoyan casi exclusivamente sobre las notas de piano. Un estilo que oscila entre el gospel sanador y la herencia folk que se posa en toda aquel que canta sobre cruces de caminos y ríos que desembocan en el mar. Con el Mississippi inundando su garganta, DeCicca parece cantar desde una pequeña capilla de Tupelo o desde la orilla de un meandro. Un cuadro en el que se dan cita Dios y los personajes anónimos, la ternura y la redención, los pequeños pecados que sólo perdona el tiempo. 

Precisamente es este último asunto el que abre el disco. Una composición que con semejante título -Time the Teacher- nos remite directamente a la sabiduría filosófica de Leonard Cohen. También lo hacen esos coros y esos arreglos de viento, puro gospel para curar las heridas del día a día (“I found meaning in your kiss / Made it home for supper / Before the night shook its fist”). Cada vez que el intérprete repite el estribillo, cada vez que simplemente lo recita, uno entra en una especie de trance y sueña con dejarse llevar río abajo hasta golpear con las olas del Golfo de México. 

Le sigue una canción de aromas veraniegos. Watermelon es Randy Newman, esa capacidad de hacer grandes los asuntos más insignificantes (y reírse a carcajada limpia de los mayores quebraderos de cabeza de la humanidad). Lírica de lo menor. Con ella nos viene a la cabeza las tardes estivales, el sol tostándonos la espalda, meriendas en el patio y chapuzones en la piscina. También la contraportada del mítico disco de Bobby Charles, con el que DeCicca comparte esa sencillez en la melodía, esa manera de cantarle a los buenos tiempos sin grandes ceremonias. I Must Be in a Good Place Now

Lazy River es el corazón envenenado de la colección. Su letra lleva una carga de profundidad que penetra hasta lo más hondo del alma del que la escucha. La interpretación nos recuerda al Civil Wars de Joe Henry. Los arreglos también, especialmente esa trompeta silenciosa, que al comienzo apenas suena como un murmullo y se convierte en un grito de redención cuando la canción alcanza sus cotas más altas. “I didn't pack my troubles but I buried my past / Bought some new flip-flops and a wide-brimmed straw hat / The turtles and tourists swim like brothers / The ducks and the drunks get into trouble”. Entre la parábola y la poesía, el cantante se convierte en el filósofo de la montaña, ermitaño que comparte su sabiduría para toda aquel que tenga los oídos suficientemente abiertos para escuchar.  


En Grandma's Tattoo se da cita uno de los personajes más entrañables de la galería de DeCicca. Ternura y orgullo, el autor necesita apenas una decena de versos para dibujar a esa abuela socarrona y un poco rockera, que a sus 73 años sólo quería tatuarse a un colibrí para aprender a volar. La música recuerda al Lou Reed de Perfect Day y Walk on the Wild Side, como si el compositor de la Gran Manzana cambiara Coney Island por Lake Charles. Hay mucho de esa habilidad del de la Velvet Underground para retratar los personajes más inadaptados y alejados de clichés en este Grandma's Tattoo

Kiss a Love Goodbye es puro cine, novela filmada en 35 mm. Una vieja historia de amor le sirve a DeCicca para firmar su composición más narrativa. Las imágenes de la autopista, una bombilla fundiéndose, aquella inundación del año 89, quedan registradas en un rollo de celuloide. Un cierto tono sepia inunda toda la canción, un cierto aire de nostalgia por esos besos perdidos. “I can still taste salt on your skin / And cheap beer on your breath”. No hay una pizca de rabia o arrepentimiento, más bien un recuerdo por los buenos tiempos que quedaron en el pasado. “It was the summer we spent together / So free and young and high”. 

La cara B comienza con una de las pocas canciones que se apoya sobre las seis cuerdas de una guitarra. Epidermis folk que sigue el contorno de las composiciones de Townes Van Zandt, arena y madera, cabaña abandonada a las afueras de Houston. La letra vuelve a arrojar una galería de imágenes vibrante y preciosa. “We're building castles that last forever” canta DeCicca mientras se deja impregnar por el espíritu de la sal y la brisa del golfo, de las plataformas petrolíferas “centelleando como estrellas muertas” en la costa sur de Texas. Cada vez que el cantante alcanza el último verso -“The only reminder that beauty can scar”- y la canción se pierde en el reproductor uno siente un cosquilleo en la garganta, como si cualquier intento de añadir una sola palabra a lo ya dicho fuese inútil. 

El contraste sonoro llega con Walls of My Heart, la más jazzera del lote. El saxofón inicial nos pone en la pista: esto es puro Coltrane, un songwriter imbuido por el espíritu del A Love Supreme. El estribillo palpita como un inmenso blues, un agujero en el corazón que sólo puede llenarse cantando una y otra vez aquella letanía: “and a painted on the walls of my heart ...”. Aquí DeCicca nos entrega su interpretación más sentida y profunda. No se engañen, a pesar de la aparente calma que reina a lo largo de todo el minutaje este es un disco de emociones fuertes. La sangre corre a borbotones entre los surcos del vinilo. Ya saben, a veces no es necesario añadir nada para dar en la diana. El artista lo demuestra en este Walls of My Heart, tonada que vibra bajo la superficie como un terremoto subterráneo, especie de Astral Weeks que podría alargarse hasta el infinito. 

Tiene que ser Woodpecker la que reduzca la presión acumulada. Con ella regresa el compositor de las pequeñas cosas, el observador de la naturaleza y los detalles que para el resto de los mortales pasan desapercibidos. La misma función cumple I Didn't Go Outside Today. La sencillez de la letra, los coros del estribillo, nos remiten al Bill Fay de Life Is People. Tanto que, con su oda a la paz personal y a la rutina, podría pasar como una relectura del Be at Peace With Yourself del veterano Fay. Palabras mayores, vaya. 

Cierra el álbum The Other Side, una composición con estructura blues y arreglos pantanosos. Una especie de súplica que espanta los malos espíritus y nos prepara para el final. Con ella concluye este viaje sinuoso, sin apenas traqueteos, un pálpito que lleva por título Time the Teacher. Con él Jerry David DeCicca pinta su obra maestra, un fresco en el que el sur y los arreglos de la Gran Manzana se dan de la mano. En él hay desesperación y mucha humanidad, como en los discos de Randy Newman. También la necesidad de salirse de la senda marcada. DeCicca consigue encontrar un camino prácticamente a oscuras, iluminando con sus letras un universo en el que las pequeñas cosas y los pensamientos cotidianos sirven de aliento. No le hacen faltan grandes fuegos de artificio. Ni siquiera elevar la voz. Tan sólo una pluma y la convicción de que hay alguien al otro lado, escuchando, dotando de vida a sus historias.

18/2/18

Brigid Mae Power, entre dos mundos


En la figura de Brigid Mae Power se mezcla lo misterioso y lo puramente terrenal, una especie de extrañeza que asoma cuando recorremos caminos que creíamos ya desgastados. En su música -a ratos sedosa, a ratos rugosa- se dan cita una biografía accidentada y la sencillez de un sonido que santifica aquello de que menos es más. Lo diferente y su opuesto, la contradicción a la que se enfrenta cualquiera que quiera vivir una vida adulta.

Original de Galway, la artista irlandesa aseguraba hace un tiempo en una entrevista que era incapaz de lidiar con el tiempo lluvioso de su ciudad. A pesar de ello decidió hace unos meses mudarse de vuelta al lugar donde pasó su infancia. En parte como una manera de volver a conectar con sus raíces. En parte como una escapatoria a la asfixiante vida de Londres. Cierto es que en la capital inglesa siempre hubo hueco para propuestas folk, cajón amplio en el que uno podría apilar los discos de Power. Sin embargo la música de la irlandesa no parece hecha para encajar en el molde. Más escorada hacia territorios afilados, sus canciones conectan más con la tradición heterodoxa de Karen Dalton y Vashti Bunyan que con el folk cristalino de Laura Marling y Lisa Hanning, por poner dos ejemplos de artistas de corte acústico nacidas en las islas. Sus historias, ásperas, también la convierten en una especie única en el panorama actual.

Educada en la tradición de la música irlandesa, fueron los discos de Joni Mitchell, Neil Young y el resto de folkies de las laderas de Laurel Canyon los que la pusieron en la estela de la música de nuestros días. También los que la animaron a probar suerte en Norteamérica, donde una dolorosa relación sentimental acabaría con una orden de alejamiento y con Power lamiéndose las heridas de vuelta a las Islas Británicas. Por el camino, o precisamente debido a él, la irlandesa encontraría una voz en la que lo personal y lo público se anudarían. Compositora de pocos arreglos, su sencillez parece esconder siempre un trauma oculto. Su reciente confesión al calor de las reivindicaciones feministas de #metoo arrojan algo de luz sobre el misterio. Aunque no lo agotan.

Sus letras, crípticas la mayor parte de las veces, resultan tremendamente directas en ocasiones. Ocurre por ejemplo en Don't Shut Me Up (Politely), primer sencillo extraído de The Two Worlds, su reciente trabajo. En él una melodía sinuosa nos arrastra por las palabras de Power, cantadas con el habitual estilo ceremonial de la irlandesa, pero que desprenden una franqueza difícil de eludir. “Don't you find the spirit threatening? / What you did with mine? / You squashed it / But ghuess what I can hear? / It's my spirit still breathing / Breathing loud and clear”. Lo mismo sucede en Is My Presence In The Room Enough for You?, acompañadas en esta ocasión por las notas de un piano. La sangre irlandesa de la cantante sale a la superficie con Peace Backing Us Up, intento de danza con sabor norteño. “I'm sorry, I love you / If you ask for something I can't just say no / With peace backing me up” proclama la cantante sin vergüenza. Para alguien que ha lidiado con el maltrato resulta purificador escuchar cómo canta con orgullo al amor. 

Por suerte, a su vuelta a las Islas Británicas, la compositora encontró en Peter Broderick el equilibrio sentimental que nunca tuvo en Nueva York. También una pareja musical con la que dotar de vida a sus composiciones. Productor y arreglista de The Two Worlds, Broderick se encarga del resto de instrumentos que ponen la nota de color a las canciones de Power, generalmente concebidas en blanco y negro. Un ejemplo. La percusión mínima, los pequeños toques de teclado, elevan y otorgan un halo cinematográfico a I'm Grateful, canción que abre el disco. En ella Brigid Mae Power muestra todas sus habilidades: el ritmo taciturno, aquella voz capaz de hacer de un verso aparentemente insignificante toda una declaración de intenciones, el aullido de una compositora dolida pero con ganas de dar un paso adelante y contar su experiencia. 

No se engañen, bajo la aparente suavidad de los acordes de la irlandesa se esconde toda una tempestad. La naturaleza acústica de su música no es más que la corteza que cubre el fruto. Cuando uno muerde surgen los sinsabores del amor y las notas agrias. También la dulzura de una voz agradecida por seguir en este mundo, cantándole a lo menor y a las pequeñas grandes injusticias de nuestro tiempo. En el momento en el que las últimas notas de Let Me Go Now se escapan del reproductor la calma se apodera de uno y un sentimiento de empatía recorre el cuerpo. Los misterios a los que canta Brigid Mae Power en The Two Worlds no son más que la verdad que nos atenaza cada día: luchar, seguir caminando sobre el alambre.

19/12/17

2017

Jake Xerxes Fussell - What In The Natural World. El pasado es cíclico. El repertorio de Jake Xerxes Fussell, prestado, sin canciones originales, escarba en las maletas olvidadas de la tradición blues y folk del continente norteamericano. Sin embargo su voz, siempre jubilosa y llena de swing, suena actual y sincera. No importa que sea un clásico de de Duke Ellington (Jump for Joy) o un relato de desahucios y pobreza (Furniture Man), Fussell consigue hacer de una interpretación aparentemente sencilla una canción memorable. Disco sin fecha de caducidad. 


Lee Bains III & The Glory Fires - Youth Detention. En el año del black live mattters, el feminismo más combativo y Donald Trump, un grupo de guitarras, masculino, blanco y sureño ha afilado como nadie la realidad social actual. Aquí hay himnos de suburbios americanos, juventud a borbotones y letras para mandar a la Casa Blanca. En lo musical, Lee Bains y los suyos alternan entre el clasicismo de Drive-By Truckers y la rabia de Hüsker Du. Nada nuevo, vale. Pero ahí está la meollo: el rock sigue teniendo voz y conciencia en pleno siglo XXI. Por si alguno lo dudaba.     


The Parson Red Heads - Blurred Harmony. El recopilatorio Orb Weaver y su gira con Doug Paisley de hace un par de temporadas ya nos hicieron apuntar su nombre en la libreta de grupos a seguir. Ahora Blurred Harmony nos confirma que estamos ante una banda sobresaliente, impecable en su tratamiento de las armonías vocales, capaces de saltar del folk preciosista al power-pop más resultón. Entre la pegada de Time After Time y la finura de Sunday Song se esconde un disco que roza la perfección, especialmente en los compases finales. Los reyes de la melodía.


Michael Chapman - 50. De entre todos los del pelotón de virtuosos de la acústica de los años 70, Michael Chapman siempre pareció estar en el grupo de cola. Sin una historia manchada de tragedia, su trayectoria se ha extendido sin grandes sobresaltos, viajando con su instrumento hasta cumplir el medio siglo en la carretera. 50 sirve celebra semejante hazaña, pero también demuestra la influencia del británico en generaciones venideras (produce Steve Gunn) y saca brillo a un repertorio que sigue dando frutos notables. El fuego del folk permanece encendido.


Courtney Marie Andrews - Honest Life. Meciéndose entre Emmylou Harris y Joni Mitchell, Courtney Marie Andrews traza con su cuarto trabajo un relato certero de ese momento en el que la juventud da paso a la madurez. Un repertorio en primera persona, escrito en la carretera, nacido de una soledad que convierte la amistad y el aprendizaje en lo único a lo que agarrarse. Canciones como Table For One, 15 Highway Lines o Rookie Dreaming resultan sencillas en su planteamiento, pero consiguen sonar sinceras. Disco songwriter de la temporada.


The National - Sleep Well Beast. Seamos sinceros. Nadie daba un duro por una nueva obra maestra de los neoyorquinos. El quinteto de Brooklyn, responsables de uno de los mejores cancioneros del indie de los últimos tres lustros, había alcanzado una plácida comodidad que amenazaba con convertirlos en una pieza de museo. Por suerte los norteamericanos han encontrado una nueva senda que explotar. Sleep Well Beast mantiene el aspecto elegante y sobrio de anteriores entregas, pero le añade una pátina de electrónica que lo hace irresistible.


Ray Davies - Americana. Dice el dicho que un escritor de canciones debe escribir sobre lo que sabe. Sin embargo, si así fuera, la música popular nunca habría avanzado. El verdadero motor de un escritor son sus sueños y anhelos. Y en el caso de Ray Davies siempre estuvieron claros: conquistar América. En Americana (traducción musical de sus memorias) el líder de los Kinks se acompaña de los Jayhawks para trazar una biografía sonora en el que caben el rock&roll, el country, el folk y el swing. Canciones cargadas de nostalgia para un autor que firma su gran disco de madurez.


The Soul Jacket - III. Los gallegos no parecen tener techo. Si en su anterior trabajo se escoraban hacia territorios más cercanos al funk y al soul, en esta tercera entrega tomaban prestadas las enseñanzas de The Band para firmar su colección más polvorienta y folk. También se asoma al reflejo del tercer disco de Led Zeppelin para clavar canciones como GBTW o Arrows, que hunden sus raíces en el blues y el hard-rock. El cómputo global arroja el mejor cartucho de la banda hasta la fecha, consiguiendo aunar todos los palos de su baraja sin dejar de mostrar nuevas cartas. 


Morgan Haner - Transmitter Blues. Puede que sea esa portada en blanco y negro, sacada de un viejo álbum de fotos del oeste americano. Puede que sea esa manera de cantar que recuerda a los mejores momentos de The Band. Pero el disco de Morgan Haner gustó en esta casa desde el primer momento. Su autor no esconde su fórmula: country-rock que tan pronto alterna momentos de intensidad guitarrera como se mece al ritmo de las enseñanzas de Gram Parsons. Canciones como One Mistake At A Time, Fifty Thousands Watts o Paying For My Days hablan por sí solas.


Peter Perrett - How The West Was Won. Hay que aplaudir lo que ha hecho Peter Perrett en este How The West Was Won. No es sólo ese estilo cercano al Lou Reed arrugado, cuando no al Johnny Thunders más glorioso. Son esas letras cargadas de ironía, que tan pronto pasan revista de la actualidad impresa como se ríen de la propia madurez del autor. El que fuera líder de The Only Ones protagoniza la resurrección de la temporada con un disco corajudo, que sigue haciéndonos creer en el lado canalla y romántico del rock&roll. Take a walk on the wild side.


Josh Ritter - Gathering. Los que llevamos años siguiendo la trayectoria del norteamericano sabemos de su afición a dar bandazos estilísticos. Sin ir más lejos, su anterior entrega le orillaba hacia territorios más propios del indie y el pop, alejándose de la crudeza folk de The Beast In Its Tracks. Gathering recupera al Josh Ritter más dulce y sosegado, aunque sin perder pegada. Showboat acaricia con sus arreglos soul, When I Will Be Changed (junto a Bob Weir) roza la perfección y Oh Lord, con su ritmo gospel, se convierte en la canción más jubilosa del lote.


The Feelies - In Between. Con seis discos en una dilatada carrera que se extiende durante cuatro décadas, The Feelies han conseguido convertirse en una de las bandas más únicas del espectro independiente. Una de esas formaciones llamadas de culto que nunca ha escondido su querencia por las armonías pop y las guitarras jingle jangle. En In Between mantienen la fórmula, aunque a ratos echan mano de los pedales de distorsión para salirse del guión. Eso sí, siempre mantienen sus señas de identidad, colocándoles en paralelo a los últimos discos de Yo La Tengo.


Daniel Romano - Modern Pressure. El camaleón de la música norteamericana actual ha vuelto a hacerlo. En apenas cinco años el canadiense ha pasado de querer convertirse en alumno aventajado de Gram Parsons a coquetear con el Dylan de la Rolling Thunder Revue y terminar adoptando las maneras pop de Lee Hazleewood. En Modern Pressure sigue habiendo mucho de ese Dylan de los setenta, aunque en directo la cosa toma tintes de punk ramoniano y desbarre a lo The Who. De paso se permite el lujo de firmar su canción más redonda hasta la fecha: Roya


The War On Drugs - A Deeper Understanding. Vale, Adam Granduciel y los suyos no esconden sus referentes. Su pastiche de sonidos ochenteros, recogiendo del Springsteen sobreproducido y de los Waterboys más bombásticos, no inventa nada. Ni falta que le hace. Su visión romántica y plastificada del rock sigue valiéndonos. Si Lost in The Dream sobresalía por su finura y delicadeza, A Deeper Understanding endurece las bases para dar un paso más hacia la comercialidad. El resultado, a pesar de todo, mantiene el nivel sobresaliente.   


The Dream Syndicate - How Did I Find Myself Here?. Han tenido que pasar casi tres décadas para que Steve Wynn y compañía volvieran a grabar material nuevo bajo el paraguas del 'sindicato del sueño'. Un lapso que parece esfumarse cuando uno escucha los primeros compases de Filter Me Through You. En How Did I... la banda angelina mantiene el espíritu original de la formación -guitarras distorsionadas, ambientes underground- dotándole de una dosis extra de pegada. Acérquense a uno de sus (escasos) conciertos y hagan la prueba.


Jen Cloher - Jen Cloher. Resulta imposible hablar de este disco sin mencionar el nombre de Courtney Barnett. No es sólo que Cloher y Barnett sean pareja y capitaneen juntas Milk! Records. La propia autora parece servirse del éxito de su compañera para reflexionar sobre la música actual y la escena independiente ("Most critics are pussies who want to look cool / Those who can, they do / Those who can't, review"). Una mirada personal que comparte el tono irónico de Barnett, aunque insuflándole una dosis extra de rabia en canciones como Kinda Biblical o I Forgot Myself.


Salto - Far From The Echoes. El debut del madrileño Germán Salto era redondo y perfecto. Diez canciones de envoltorio pop que lo descubrían como uno de los mejores orfebres de la canción nacional. La continuación, por suerte, no defrauda. Si el primero era simple en sus maneras (aunque no en el fondo), este segundo trabajo deja fluir sin cortapisas todas las ideas de su autor (para muestra, la portada). En Far From Echoes hay psicodelia y pop a la Magical Mystery Tour, folk campestre y, por encima de todo, un escritor de canciones sin miedo a jugársela. 


Robyn Hitchcock - Robyn Hitchcock. Acostumbrados a la versión más folky y cantautoril del británico, este nuevo trabajo de Robyn Hitchcock sorprende por sus maneras rockeras y su cubierta pop. La ironía y el surrealismo de las letras permanece, pero el inglés parece cambiar la acústica por los riffs eléctricos y la contundencia de una banda en directo. El resultado gustará a los seguidores de los Soft Boys (primera formación de Hitchcock, allá por finales de los setenta), aunque tampoco defraudará a los que ven en el británico el cruce perfecto entre Dylan y Syd Barrett.  


Sarah Shook & The Disarmers - Sidelong. Editado originalmente en 2015, ha tenido que ser la gente de Bloodshot Records (cuánto le debemos al sello de Chicago) la que recupere para el público mayoritario a esta forajida de mirada amenazadora. Acompañada de una banda furiosa y compacta, Sarah Shook recuerda a la Lydia Loveless de los últimos discos (escuchen la canción titular o la que Shook dedica a Dwight Yoakam) o incluso al Neil Young más rabioso y country (Fucked Up). Doce canciones que nos recuerdan que el country también puede morder.


Chip Taylor - A Song I Can Live With. Cada canción de Chip Taylor es una pequeña carta que se desenrolla al ritmo de los recuerdos de su autor. Cada letra, cuidada, personal, conecta con un momento de su vida. El día en el que Bowie murió, una película que vio hace tres décadas, un paseo por Nueva York. Así, A Song I Can Live With se destapa como una suerte de autobiografía musical (al igual que lo era My Favourite Picture of You del recientemente fallecido Guy Clark), un relato personal de un songwriter que ha vivido para contarlo. El sentimiento al desnudo.


Nev Cottee - Broken Flowers. Produce Carwyn Ellis. Y eso ya es garantía de calidad. Sin embargo frente a la sencillez del último trabajo de Ellis bajo el paraguas de Colorama, Cottee parece escoger el camino opuesto. Dotado de una voz que recuerda a Leonard Cohen, cuando no al Nick Cave más sosegado, el británico se deja mecer por los arreglos de cuerda y las notas de piano para firmar pequeñas sinfonías pop. Un sonido de hechuras progresivas que no le impide morder a base de latigazos eléctricos (Be On Your Way) o tejer melodías de terciopelo (City Lights).


Chris Forsyth & The Solar Motel Band - Dreaming In The Non-Dream. En apenas tres discos Chris Forsyth y los suyos han logrado tocar todos los palos de la vanguardia instrumental. Desde el free-jazz a la electricidad underground pasando por la psicodelia pinkfloydiana y el espíritu iconoclasta de Television. En Dreaming In The Non-Dream el neoyorquino reduce su sonido a la mínima expresión aunque sigue cabalgando sobre bases funk y rock. De paso se permite el lujo de emular a Morricone (History & Science Fiction) y a Bert Jansch (Two Minutes Love).


Michael Head & The Red Elastic Band - Adios Señor Pussycat. Es algo tremendamente gratificante encontrarse con un nuevo disco de Michael Head. No se trata sólo de esa biografía llena de tumbos, ideas y venidas con final feliz. Es esa sensación hogareña que siempre dejan sus canciones. Trazos folk con fachada pop (Overjoyed), baladas que podrían llevar la firma de Bill Fay (Winter Turns to Spring) y cantos jubilosos a la vida (Adios amigo) jalonan esta nueva pieza en una discografía corta (escuchen a The Pale Fountains y Shack), pero siempre satisfactoria. 


Chris Hillman - Bidin' My Time. Era necesario un disco como este. Nombre legendario del country-rock, Chris Hillman siempre cumplió papeles secundarios en los proyectos en los que participó (The Byrds, Flying Burrito Brothers, Manassas...). En Bidin' My Time son sus viejos compañeros de andanzas los que le devuelven el favor ayudándole a redondear un repertorio lleno de clásicos como Here She Comes Again o Bells of Rhymney. Pone la guinda una interpretación del Wildflowers en el que participa el propio Tom Petty en su última aparición en un estudio de grabación.  

Walnut - Candolia. Música antigua interpretada por un grupo de chavales. Disco de apariencia menor que terminará convirtiéndose en un clásico de dimensiones incalculables. Las ocho canciones del debut de Walnut recuerdan -sin duda- al espíritu de Woodstock y The Band, pero también a los Lynyrd Skynyrd más melosos o al Bobby Charles de las altas montañas. Música pura y sencilla, directa al corazón, recogida en la primera toma, cantada al olor de la chimenea. "I want to live in this pink house, and like many years ago sing aroung the old piano..."