7/4/20

Discos para una república invisible XI



Repasando la biografía que la periodista Erin Osmon le dedicó al desaparecido Jason Molina me encuentro con un párrafo en el que el músico de Ohio, preguntado por un compañero de profesión en apuros, expone su ritual a la hora de componer. Como de costumbre con Molina, la cosa tiene miga.
  1. Levántate una hora antes de lo habitual. No enredes con esta hora. Bebe un vaso de agua y ve al baño y siéntate frente a un escritorio y escribe. Una hora y no con un ordenador. Ajusta la alarma en el reloj de la cocina. Es mejor escucharla sonar desde otra habitación que mirar al reloj todo el rato. No estás escribiendo una canción o un poema o una obra maestra. Solo escribe. Ayuda tener un buen diccionario y mejor si es uno de los años cincuenta porque tiene todo lo que necesitas y es anterior a cuando comenzaron a estropear muchas de las cosas importantes. Elige una página. Tan solo elige una palabra que te guste, que no sea al azar. Entonces escribe algo que sea lo contrario a la definición. O escribe una pequeña frase de ocho palabras sobre dos cosas al azar a partir de la página que tienes en frente. Una pila de drogas y Mark E. Smith y ya tienes una canción de The Fall. Personalmente creo que es peligroso.
  2. Un buen libro. Consigue una copia buena no una barata. Lee tres páginas antes del paso número uno. Leelas rápido y reléelas y ya que se trata solo de unas pocas páginas toma notas. Además no escuches música durante este tiempo. Solo estas generando ideas. Crea tus propias listas y notas y así tienes estos pequeños fragmentos y ya verás como seguir desde ahí. Durante esa hora en el paso numero uno explota ese buen diccionario. Deja que te lleve a donde sea. En una hora o así tendrás buenas palabras y nada académico y fácilmente podrás poner tu propio lenguaje personal y material en mitad de esa dura batalla para escribir. La música será lo siguiente. Eso es otro capitulo. Cuidate. Tuyo en la buena batalla. Abrazos.
Dibujar a un Molina con papel y lápiz, componiendo cual funcionario frente a su escritorio resulta cuanto menos chocante. Errático en sus apariciones en directo, pudiendo pasar de lo sublime a lo calamitoso en apenas unos minutos, cualquiera que conozca la historia del líder de Magnolia Electric Co. sabrá de sus problemas con la bebida. A la larga serían estos los que terminarían llevándose al músico al otro barrio antes de cumplir siquiera los cuarenta. Atrás dejaba una discografía fascinante, deudora del mejor rock norteamericano, capaz de emocionarnos con la más sencilla de las melodías.

Sobresalían dentro de aquel corpus las canciones dedicadas a la luna y a las estrellas, al horizonte y a la autopista 71. Palabras como 'ghost', 'dark' o 'magnolia' se repetirían una y otra vez a lo largo de su obra. Palabras sacadas de aquel diccionario de los años cincuenta desgastado por el uso y que, más por costumbre que por pereza, terminarían dibujando el universo lírico del de Ohio. Un mundo en blanco y negro, en el que la luz y la oscuridad luchaban por hacerse hueco y los hombres lo abandonaban todo sin ni siquiera echar la vista atrás. Siempre defenderé que Jason Molina era un simple músico de blues. Podría poner un puñado de ejemplos.

Sea como fuere, su cancionero terminaría convirtiéndose en testimonio de esa vida a trompicones, vivida de la mejor manera que pudo. No hay tristeza en su relato. Solo la tragedia de saber que, como en muchas de sus canciones, hacía tiempo que la suerte estaba echada. Él nunca bajó los brazos, aunque cantara como si el tren hubiera pasado de largo. Siguió componiendo hasta que le fallaron las fuerzas, escribió algunas de las mejores canciones de nuestra colección, nunca dejó de emocionarnos. Le echamos de menos.

6/4/20

Discos para una república invisible X



Nos engañaron. Durante años nos vendieron la moto de que el country era esa música casposa y pasada de moda, un producto para hillbillys de salón y tipos que soñaban con beber cerveza en el asiento trasero de una ranchera. Por suerte nos dimos cuenta a tiempo. Rebuscamos en las cubetas de discos de saldo y encontramos que tras las camisas vaqueras y los sombreros de ala ancha se escondía una música sencilla y apegada a la tierra, que apelaba al hombre llano, al granjero y al currito, al tipo que las pasa canutas para llegar a fin de mes. Nos enteramos de que aquellos personajes quemados, que dibujaban su perfil en el horizonte del medio-oeste americano, no eran tan diferentes a nosotros. De hecho eran uno de los nuestros.

Y así comenzamos a fijarnos en aquellos discos olvidados de Johnny Cash y en la clase infinita de Gordon Lightfoot. Enchufamos la radio los fines de semana para escuchar a Manolo Fernández y viajamos por La Ruta Norteamericana de Fernando Navarro. Echamos la mirada al frente y descubrimos que también en nuestros días se hacía buen country. Comenzamos a guardar un rincón en la estantería para la pequeña-gran obra de la Welch, reservamos una balda para Lucinda Williams, seguimos indagando. Encontramos hueco también para esos personajes secundarios, tipos que no aparecen en las portadas de las revistas del ramo pero que siguen alimentando nuestro amor por aquella música honesta y pura. Eilen Jewell, el menor de los Earle, la infalible Neko Case.

Dentro de este último grupo siempre hubo un lugar especial en esta casa para Zoe Muth. Original de Seattle, sus tres discos a comienzo de la década representan todo lo que el country debería ser. O al menos lo que pensamos que debería en nuestro pequeño refugio. Esto es: una música sin artificios, tocada con el corazón, sin manierismos ni dramas de telenovela. En las canciones de Muth los personajes echan de menos y rompen a llorar, cogen autobuses a deshora y se largan sin decir adiós. Luchan por sobrevivir en un mundo que ya no existe, ese en el que sigue habiendo consuelo y tiempo para trabajar con las manos. Como en Never Be Fooled Again -¿la mejor canción country de la última década?- abandonan el hogar para buscar una vida mejor. Fracasan, envejecen, endurecen su piel y siguen emocionándose cada vez que cantan a Hank Williams y Bill Monroe. Viven para contarlo. En fin, resisten.

5/4/20

Discos para una república invisible IX


Lo reconozco: entre la inocencia de su debut y el malditismo de su tercer registro, siempre preferí el júbilo adolescente de Radio City. Puede que fuera aquella portada de color carmín, aquel encuadre pop de letras redondeadas que recordaba a un tiempo pretérito, ese en el que uno podía cantar una canción como I'm in love with a girl y no ser tachado de cursi. Siempre pensé que Big Star se habían equivocado de década. Su derroche melódico recordaba a los felices años sesenta, tiempo de armonías y guitarras radiantes. Sin embargo su energía anunciaba lo que estaba por llegar, el power-pop y el impulso alternativo. Su influencia es incalculable en muchas de nuestras bandas favoritas de los noventa.

Puede que en aquella elección influyera también la ya mítica tienda de discos madrileña. Bautizada como el segundo trabajo de la banda de la gran estrella, fue en el rincón de la Guardia de Corps donde comencé a descubrir música más allá de los referentes heredados de la colección de discos de mi padre. Allí se mezclaban reediciones de Ernie Graham y Curtis Mayfield con material nuevo de Zoe Muth y Beachwood Sparks. Si alguien había nombrado a Alex Chilton y compañía como “la mejor banda del planeta de la que nunca oirás hablar”, el puesto de Conde Duque ostentaba con orgullo el título de la tienda de discos más pequeña y con mejor selección del mundo. Sentarse en una de las terrazas de la plaza mientras repasábamos nuestras últimas adquisiciones se convirtió en uno de nuestros pasatiempos favoritos durante aquellos años universitarios.

Fue allí, por supuesto, donde compré mi copia de Radio City. Y fue nada mas salir de la tienda, con el disco entre las manos, rojo, sin estrenar, reluciente, cuando me enamoré a primera vista de la música de Big Star. Desde ese momento la banda de Memphis, con sus melodías adictivas y sus letras de amor adolescente, se convirtieron en un oasis en el que refugiarse. Una trampilla por la que colarse a un tiempo pasado, recuerdo de aquellos días en el que el mundo se reducía a buscar entre cubetas de discos y pasear nuestras lecturas de metafísica. Eran otros tiempos. Despreocupados, quizás un poco ingenuos, pretéritos al fin y al cabo. Éramos felices y todo parecía posible. Lo seguimos siendo, por supuesto. Aunque a nuestra manera.    

3/4/20

Discos para una república invisible VIII



Nos refugiamos en la música como nos refugiamos en las cosas que parecen imposibles. Cuando era pequeña Nina Simone encontró consuelo en el piano. Aprendió de los clásicos y logró estampar su nombre en lo alto del Carnegie Hall, allá en 1964, cuando el sueño de ver a una intérprete negra subida al mítico escenario neoyorquino parecía eso: un simple sueño. Pero aquello no fue suficiente para Simone.

Arrastrada por las turbulencias de un tiempo cargado de lucha y agitación, decidió elevar la voz por su comunidad, velar a los muertos como mejor sabía: cantando. En su directo de 1968 dedicaría una canción al recientemente fallecido Martin Luther King Jr. con el simple título de Why?. El corte incluía un discurso de la intérprete en el que se lamentaba de que nadie estuviese haciendo nada para evitar que los grandes referentes de la nación afroamericana estuvieran cayendo uno a uno.

Desde aquel momento su discurso se recrudecería. Textos como Four Women o To Be Young, Gifted and Black escocían en la moral imperante, que consideraba que la lucha por los derechos civiles de mediados de los sesenta había sido un éxito. El racismo seguía campando a sus anchas, disfrazado de clasismo, sexismo o simple y llana segregación. Mississippi Goddamn le valió alguna crítica dentro de su propia comunidad. Cansada de recibir golpes de todos, adversarios y supuestos aliados, se refugió en el gospel, aquella iglesia de puertas abiertas que había servido de bálsamo para muchos de los cantantes de su generación.

Emergency Ward! completa, junto al directo del Carnegie y el mencionado 'Nuff Said de 1968, una trilogía de álbumes en vivo resumen de la carrera de la cantante norteamericana, desde el clasicismo jazz de sus inicios hasta la explosión política de finales de los sesenta. “¡Cuidado! ¡Material radioactivo!” grita una Simone sin cadenas en la cubierta del álbum de 1972. Sus letreros rojos parecen decirnos: “no me arrepiento de lo que hice, no me arrepiento de lo que dije, pienso seguir aquí, al pie del cañón, y no tengo miedo al qué dirán”. Una orgullosa Simone canta envuelta en el júbilo del coro, libre por fin.

Probablemente esta sería la última vez que la de Carolina del Norte alzaría la voz. Cansada de luchar a contracorriente se refugiaría en Liberia, donde permanecería durante años fuera de los focos. Olvidada, sus salidas de tono todavía escocían en los círculos bienpensantes de la industria. Los problemas de salud y la falta de apoyo la obligarían a arrastrarse por los escenarios, aunque todavía habría fogonazos de aquella genialidad nunca perdida. Verla cantar My Baby Just Cares For Me en el mítico festival de Montreux es lo más cercano a verla sonreír de nuevo. Y es que ya lo dijo la propia Simone en aquella entrevista: “¿Qué es para ti la libertad? No tener miedo”. Y ella, sobre el escenario, era libre.

31/3/20

Rafael Berrio: adiós a la bohemia



No hay consuelo. Se fue Rafael Berrio y algunos nos quedamos en silencio. Víctima de un cáncer, hasta en eso fue a contracorriente. Mientras lloramos a los muertos por la última pandemia global él se muere de la más vieja de todas, de aquella que los periódicos omiten en sus titulares, de la que nadie quiere hablar por miedo a tentar a la bicha. Y es que Berrio siempre fue así.

Venerado por muchos de sus compañeros de gremio, no sería hasta el otoño de su vida cuando empezaría a recoger los frutos de una vida dedicada a la composición. Sin muchos alardeos, eso sí. Su figura nunca pasó del boca a boca, del círculo de enterados que intercambiaban sus discos como si se tratara de material de contrabando. Quizás por ello le colocaron el sambenito de poeta maldito. Él, no se sabe muy bien si por educación o por humildad, se lo tomaba a sorna. Seguía con su idea de componer una zarzuela de tocador o una canción sencilla, armada con apenas unas pocas palabras sacadas de un libro de Pío Baroja o Ciorán.

Donostiarra de nacimiento, participó de alguna manera en los vaivenes musicales que inundaron el panorama vasco y nacional en las últimas décadas. Formado en la escuela new-wave, nunca le hizo ascos a la belleza de una canción pop y luminosa y compuso alguna que terminaría apareciendo en las listas de éxitos, aunque nunca bajo su nombre. Él prefirió mantener esa carrera guadianesca, siempre independiente, intermitente quizás, pero brillante siempre que lograba dar frutos en forma de disco. La paciencia siempre fue una de sus virtudes.

Al menos hasta que llegó a la madurez y decidió pisar el acelerador. Con cuatro álbumes en la última década, su nombre comenzó a aparecer en las listas de críticos del mundillo. Curioso teniendo en cuenta Diarios y 1971, aquellos dos discos de color sepia de comienzos de los dosmildiez, vestían ropajes de chanson francesa y bohemia de diván. Demodé, que diría el propio Berrio. Sin embargo había algo en las letras del vasco que mantenían el nervio al que nos tenía acostumbrados. Canciones como Santos Mártires Yonkis o La Alegría de Vivir se convertirían en imprescindibles en sus esporádicos recitales en vivo.

Con Paradoja, editado en 2015, volvería la formación guitarra-bajo-batería. Álbum eminentemente eléctrico, su existencialismo de piel rockera le emparejaba con tipos como Lou Reed. Vibrante en su disección de la naturaleza humana, fue elegido mejor disco nacional en alguna revista del ramo. Quizás por ello para la continuación Berrio decidió bajarse del burro. Niño Futuro, a la postre su último trabajo, endulzaba el envoltorio de Paradoja. Al menos en lo melódico. Los textos del donostiarra permanecían afilados, certeros en su brillantez.

Podríamos decir que con él se va una especie en el panorama nacional. Aunque él nunca aspiró a tal cosa. Practicó la figura del intelectual sin caer en lo relamido o lo sabiondo. Su perfil basculaba entre el bonvivant amante de los placeres más terrenales y la frugalidad del monje benedictino. Parecía escoger cada una de sus palabras como si de ello dependiera el mundo. Y al mismo tiempo siempre permaneció humilde, consciente de que su profesión, la de compositor de textos y canciones, era menor, quizás superflua para muchos. Sus canciones hacían del mundo un lugar más habitable.

30/3/20

Discos para un república invisible VII



Cuenta John Prine que la inspiración para Bruised Orange le vino una gélida mañana de domingo. Enamorado de una guitarra de 250 pavos que había visto en el escaparate de la tienda local, el futuro compositor de canciones como Sweet revenge o Paradise había empezado a trabajar en la iglesia de su barrio limpiando el polvo y haciendo chapuzas con el fin de ahorrar para hacerse con el preciado instrumento. El empleo, por el que el músico se embolsaba cincuenta dólares al mes, también requería que, en los meses más fríos, el joven Prine fuera a primera de hora a quitar la nieve de la entrada antes de que llegaran los primeros feligreses. Así fue como en una de esas mañanas gélidas, de camino al templo, John Prine presenciaría la escena aquel accidente de coche junto a los vías del tren retratado en los primeros versos de Bruised Orange.

My heart's in the ice house come hill or come valley
Like a long ago Sunday when I walked through the alley
On a cold winter's morning to a church house
Just to shovel some snow.
I heard sirens on the train track howl naked gettin' nuder,
An altar boy's been hit by a local commuter
Just from walking with his back turned
To the train that was coming so slow. 

La anécdota, mitad verdad, mitad leyenda, según asegura el propio autor, retrata a las claras al de Illinois. De origen humilde y verbo a ras de suelo, el músico terminaría encajado en aquella generación de vaqueros fuera de ley que asaltaron Nashville y la industria del country a mediados de los setenta. Y puede que hubiera algo de razón en todo aquello. Prine, como Clark o Crowell o Van Zandt, huían de la pomposidad de aquel estilo relamido y cosmopolita que había terminado imperando en la meca del género. Sin embargo, el compositor de Bruised Orange supo ir más allá de la figura de renegado y forajido que terminó engullendo a algunos de aquellos outlaws

A comienzos de los ochenta fundó su propio sello discográfico huyendo de las exigencias de la industria. Quizás por ello una década más tarde, cuando la música de raíces volvió a florecer en el medio-oeste americano, su figura fue una de las más reivindicadas por aquella nueva generación de buscadores de oro y amantes del country alternativo. Y así ha seguido siendo hasta nuestros días. Venerado por generaciones y generaciones de songwriters, su manera de componer no ha cambiado ni un ápice. Sus canciones siguen poniendo el acento en lo menor, lo anecdótico que no lo es tal, mostrando la cara más amarga de la naturaleza humana, pero también la más cómica y dulce. Recordándonos que incluso una mañana de domingo, una naranja magullada o un viaje al supermercado pueden servir de inspiración para la mejor de las canciones.

29/3/20

Discos para una república invisible VI



Por alguna extraña razón siempre coloqué a Solomon Burke en el mismo cajón que Swamp Dogg y Bobby Womack. Outsiders del género negro, soulmans capaces de salirse del guión y beber directamente de las fuentes del country, el rhythm and blues o lo que se les ponga por delante, servidores del sacrosanto sacramento de la canción sin importar de dónde venga. Los tres ostentan biografías guadianescas, tragicómicas, con algún éxito esporádico en la bisagra entre los sesenta y los setenta para caer en el olvido durante buena parte de las siguientes dos décadas y volver a florecer en una madurez reservada solo a los más grandes. Porque no cabe duda: los tres lo son.

En el caso de Burke fue el sobresaliente Don't Give Up On Me el que le devolvió a la órbita del público mayoritario. Un regreso refrendado más tarde en títulos como Hold on Tight y Make Do With What You Got, sobresalientes también en su madurez. Sin embargo, Don't Give Up On Me tiene un aura especial. En primer lugar por esa producción de marfil de Joe Henry, convertido en el rey midas de la arruga es bella. Pero sobre todo por la nómina de escritores que donan sus canciones al servicio de la voz del soulman. Dan Penn, Tom Waits, Bob Dylan, Van Morrison, Elvis Costello, Brian Wilson, Nick Lowe. Lo mejor entre lo mejor. El panteón de oro de la composición de la canción popular. Con semejante material era difícil fallar.

Pero, claro, conviene no olvidarse que en el centro de todo estaba Burke. El soulman que había dejado a un lado su carrera para convertirse en predicador, fundar su propia iglesia y criar a un centenar de nietos. Aquel tipo horondo, con cara de bonachón, tenía un don especial: era capaz de convertir la composición más afilada en puro caramelo melódico, miel y pasión. Don't Give Up On Me, la canción, es un buen ejemplo de ello. También Diamond in Your Mind, original de Tom Waits. Stepchild y The Judgement enseñan los dientes del blues-rock. None of Us Are Free y Fast Train son puro gospel. Este que escribe se queda con la humildad de The Other Side of The Coin, firmada por el británico Nick Lowe. Una letra que podría haber escrito el propio Burke.

Si hubiera hecho todas las cosas que dicen que he hecho estaría bajo tierra o huyendo.
Sí, he cometido muchos errores, pero qué levante la mano el primero que esté libre de pecado. 
Puede que sea estúpido y orgulloso, pero antes de juzgarme tómate tu tiempo,
asegúrate de que el veredicto es justo,
porque recuerda que hay otro punto de vista.
El otro lado de la moneda.

Ojalá todos podamos decir lo mismo cuando lleguemos a tu edad, Solomon.

28/3/20

Discos para una república invisible V



Después del chute llega el bajón. Y después del bajón, el olvido, quizás otro chute, la confirmación de que no hay vueltas atrás. Johnny Thunders, aquel tipo esquelético capaz de canalizar a Keith Richards y a Johnny Rotten a partes iguales, había titulado su primer disco con el apropiado título de So Alone -Tan solo-. Sin embargo aquello no era más que una fachada. Espoleado por el éxito underground de los New York Dolls y los Heartbreakers, el guitarrista había invitado a una ristra de amigos a la fiesta. Phil Lynott, Peter Perrett, Chrissie Hynde y Steve Marriott se pasaron por allí. Pura farsa. Bajo ese pelo revuelto y esa mirada amenazante se escondía un tipo en la cresta de la ola, eufórico, con el chute de rock&roll y heroína corriendo por las venas.

Pero ya saben. Después del chute llega el bajón. Un bajón que Johnny Thunders alcanzaría con Hurt Me. Editado un lustro más tarde, aquella continuación del mítico So Alone llegaba demasiado tarde. Con el punk convertido en un mal sueño, olvidado en el cajón de modas pasajeras, nadie tenía ganas de escuchar a aquel tipo desgarbado que versionaba canciones de Dylan y la Motown pasándolas por el filtro de ese rock&roll vehemente y rasposo. Porque sí, puede que Thunders fuera un yonki, pero también era un romántico. Sobre todo eso: un romántico. Solo alguien como él podría haber firmado un himno con el título de You Can't Put Your Arms Round a Memory. Sólo él podría grabar un disco como Hurt Me contra todo y contra todos.

Registrado en París entre Octubre y Noviembre de 1983 con la simple ayuda de una guitarra y un micrófono, el segundo disco como tal del ex-New York Dolls parece nadar a contracorriente de una época fagocitada por los excesos y las producciones de purpurina. Un chute cortado a la primera, un músico capaz de congregar a las musas a pesar de que hace tiempo que camellos, buscavidas y compañeros de farra abandonaron el edificio. Thunders, solo, tan solo, a pecho descubierto. Thunders retratado como verdadero mártir del punk. Olvidado por la historia para, años después, terminar convertido en el héroe del rock&roll que es hoy, símbolo de una época en la que todo parecía posible. Al menos mientras no faltara un pico y una guitarra.

27/3/20

Discos para una república invisible IV



Hay una fotografía del álbum de fotos de las McGarrigle que siempre guardo cerca, como si fuera parte de mi propia cuaderno familiar. En ella las hermanas posan como si acabaran de salir de la ducha. Kate completa un crucigrama en el periódico mientras Anne se atusa el pelo. La toalla de flores, los azulejos blancos y el lavabo de cerámica se cuelan en aquella estampa privada. Al pie una pequeña nota: “¡ten cuidado con esta foto!”. Como casi siempre, una pequeña sonrisa de complicidad asoma en sus labios. Una sorpresa que no es tal. Como si en el fondo supieran que aquella instantánea doméstica acabaría dando la vuelta al mundo, convertida en postal para que aquellos que quisieran asomarse a la vida de aquel clan de músicos y trapecistas de la canción.

Ya saben, los Wainwright siempre fueron maestros en el arte de compartir. Loudon, el patriarca del árbol genealógico, atesora una de las discografías más honestas y desnudas -en lo musical y en lo lírico- del folk americano. Sus dos hijos, Rufus y Martha, heredaron ese estilo crudo, siempre en primera persona. Anne y Kate, aquellas dos hermanas de Quebec que crecieron entre pianos y acordeones, escogieron sin embargo el calor del hogar a la soledad del confesionario.

Sus dos discos de mediados de los setenta reconfortan como una de esas viejas mantas de lana olvidadas en el altillo desde la última mudanza. Su estilo afrancesado, de cabaret de mesa camilla y tardes de brasero, tiene el olor del bizcocho y la canela, el tacto viejo del caserón de nuestros abuelos. Sus canciones son como aquellas viejas fotos color sepia que guardamos en una caja de zapatos. Cercanas, alegres, extrañas. Y es que ya lo decía Tolstoi: todas las familias felices se parecen unas a otras, pero ninguna se parece a la de las McGarrigle.

26/3/20

Discos para una república invisible III



Haz que parezca un accidente, parecían decirnos. Grabado en una pequeña iglesia de Toronto, The Trinity Sessions terminó definiendo la carrera de los Cowboys Junkies. Un álbum que había sido grabado en apenas un día -a excepción de la inicial Mining For Gold- y con la simple ayuda de un micrófono, terminaría dotando a la banda de ese sonido característico. Reposado, melancólico, crudo. Sin embargo aquel tono apagado, casi susurrante, había llegado por pura necesidad. Incapaces de costearse un estudio de grabación profesional decidieron buscar un lugar a mano en el que plasmar aquellas canciones de vaqueros y yonkis.

Otro día contaremos la historia de cómo consiguieron sortear la “censura” del párroco de la iglesia de Holy Trinity y grabar canciones firmadas por tipos tan poco píos como Lou Reed y Hank Williams en un altar. Pero, por lo que concierne a esta historia, diremos que todo comenzó por puro accidente. Un accidente que quisieron repetir dos años más tarde. Espoleados por el éxito de esa “grabación pirata”, los Cowboy Junkies decidieron lanzar los dados de nuevo y trasladar sus instrumentos al Sharon Temple de Toronto. Repitiendo estrategia, eso sí: un día, un micrófono. Como era de esperar la cosa fracasó.

A día de hoy esas sesiones permanecen olvidadas. Por suerte, no las canciones que allí surgieron. The Caution Horses, la continuación de aquel mítico The Trinity Sessions, se terminaría registrando en un estudio de grabación profesional. Nadie lo diría. En él la banda canadiense mantiene esa capacidad personal de crear un ambiente, dibujar una estancia con unas pocas pinceladas. Sun Comes Up, It's Tuesday Morning abre el disco marcando el tono, narcótico y noctámbulo. Mariner's Song mantiene el compromiso con el “menos es más”. 'Cause Cheap Is How I Feel recupera ese olor a salitre de anteriores registros. Powderfinger pone la guinda confirmando el buen gusto de los canadienses a la hora de elegir versiones.

Treinta años han pasado de ese “error” y los Cowboy Junkies, lejos de comulgar, han permanecido fieles a un estilo. Músicos de una talla inconmensurable, siempre prefirieron sacrificar los detalles al servicio de la interpretación. Con ellos siempre conviene bajar el volumen, apagar la luz, esconderse entre el murmullo de las guitarras y mandolinas, dejarse llevar por el susurro de Margo Timmins. Una experiencia casi mística que tiene mucho de profano, pero también de pura casualidad. Como en aquellas sesiones en el Sharon Temple, a veces conviene seguir el ejemplo de los Junkies y encender la grabadora dejando que la cinta gire hasta que surja algo. Una melodía, una canción, quizás un error. Especialmente esto último. Quién sabe, quizás solo así puedan surgir los buenos discos.