8/1/21

Un álbum de tinta y papel

 

Small Town Talk es la historia de Woodstock, aquel pueblo a las afueras de Nueva York convertido en leyenda. Por allí pasaron Dylan, Morrison, Joplin y todos aquellos artistas que desde finales de los sesenta decidieron renunciar al ruido y la algarabía de la Gran Manzana para respirar el aire puro de las Catskills. Algunos se quedaron a vivir allí, otros simplemente fueron incapaces de aguantar tanta felicidad. Como es de esperar, los canadienses The Band tienen su propio capítulo en el libro de Hoskyns. Pero también tipos menos conocidos como Graham Parker, Simone Felice o Bobby Charles, que con su disco de 1972 pone nombre a este tomo para revisitar una y otra vez.
 
CARA B: Astral Weeks: A Secret History of 1968 - Ryan H. Walsh.



Tremendamente querido en esta casa, la historia del malogrado Jason Molina se merecía una biografía como esta. En Riding with The Ghost la periodista Eric Osmon separa el polvo de la paja, combina la recolección de hechos con la pasión por el personaje sin caer en la lágrima fácil o el malditismo. Algo especialmente peliagudo en el caso de Molina, un escritor de canciones acostumbrado a añadir unas gotas de fantasía a cada una de sus anécdotas. Realidad o leyenda, este libro rinde merecido tributo a un tipo que nos dejó demasiado pronto. Sus canciones sirven de testamento a una vida, que más allá del trágico final, sigue inspirándonos.

CARA B: Let's Go (So We Can Get Back) - Jeff Tweedy.  



Al igual que ocurre con los textos de su autor, resulta difícil describir qué es Pasión no es palabra cualquiera. ¿Es un libro de memorias? ¿Una recopilación de escritos desperdigados por la blogosfera? ¿El testamento de una vida dedicada a la difusión musical? Con su particular estilo infeccioso y cercano, Joserra Rodrigo recopila filias y recuerdos acompañado de las ilustraciones impresionistas de Cayetana Álvarez. No importa que sea la crítica de un disco reciente, una lista de unsung heroes o un bootleg imaginario de Dylan, cada vez que lees a Joserra te entran ganas de acudir a la estantería de discos. ¿Para cuándo la continuación?      

CARA B: Imposible vivir así - Miguel López. 



Más libro de memorias que autobiografía al uso, el londinense Elvis Costello recurre al estilo libre de las Crónicas de Dylan para firmar uno de los libros musicales más divertidos de los últimos años. Abandonando el habitual orden cronológico de este tipo de ejemplares, el británico deja que sean las canciones -propias y ajenas- las que marquen el rumbo de los capítulos en los que se mezclan recuerdos de infancia y anécdotas de carretera. Hay hueco, claro, para la extensa terna de colaboradores que han servido de combustible para una carrera difícil de definir todavía a día de hoy. Pero por encima de todo está el verbo afinado y vivaz de su autor. El más listo de la clase no defrauda en tinta y papel.

CARA B: Petty - Warren Zanes. 



Bajo el rótulo The Year the Decade Explode -el año en que explotó la década-, 1966 de Jon Savage abre la discusión sobre cuál fue el año que definió una década fundamental para la música. ¿Fue 1967 y la cumbre del rock psicodélico? ¿El verano del amor? ¿O fue el año 1964 y la lucha por los derechos civiles? ¿1969 y Woodstock? Lo que está fuera de toda duda es la capacidad del legendario periodista británico para aunar lo enciclopédico y lo didáctico, dando un repaso a todos los personajes y canciones que perfilarían uno de los años más cruciales para la Historia del rock. Imprescindible en la biblioteca de cualquier melómano. 

CARA B: The Soul Trilogy Book - Stuart Cosgrove.



Lo reconozco: antes de leer el libro de Viv Albertine desconocía la música de The Slits. De hecho no creo que hubiera escuchado el nombre más allá de un par de ocasiones. Quizás fuera ese acercamiento sin complejos ni expectativas el que hizo que la historia de aquella mujer navegando el Londres musical de finales de los setenta terminara calando hondo. Con un estilo confesional y directo, Albertine no se deja nada en el tintero. Los protagonistas de la escena punk hacen acto de presencia, pero son simple marionetas. Especialmente reveladores son esos últimos capítulos en los que la londinense demuestra que se puede envejecer en el negocio de la música sin caer en la tragedia o la caricatura. Palabra de mujer.   

CARA B: Girl in a Band - Kim Gordon. 



Mucho antes de que Dylan recibiera el Nobel, la línea que separaba la música de la literatura ya había sido traspasada por infinidad de escritores de canciones. En el caso del rock americano reciente no hay nadie que lo haya hecho de manera más evidente que Willy Vlautin, líder de los extintos Richmond Fontaine. En Don't Skip Out On Me -su quinta novela hasta la fecha- el de Portland recurre a muchos de los sospechosos habituales en sus canciones: frontera, desesperación y carretera. Menos árido, aunque igualmente doloroso cuando la ocasión lo requiere, la pluma de Vlautin vuelve a dibujar los márgenes del sueño americano a mitad de camino entre Faulkner y McCarthy.

CARA B: The Bricks That Built The Houses - Kate Tempest.          

5/1/21

La mejor cosecha de la década


Una efeméride sin importancia: el otro día me di cuenta de que llevo diez años haciendo listas. Así en general, me refiero. De hecho antes de hacer mi primera lista de discos dudo que hubiera hecho nada parecido. Ni siquiera la lista de la compra. O una lista de buenos propósitos para el nuevo año. Recuerdo que la primera vez que alguien me pidió elegir mis diez discos favoritos estuve dos semanas dándole largas por correo. Tanto que, aún hoy, cuando me asomo de vez en cuando a aquella selección sigo dándole vueltas a si podría haber puesto este u otro o el de más allá. Lo confieso: soy de los que piensa que toda lista está condenada al fracaso.

Y sin embargo aquí estoy, haciendo una recopilación de mis álbumes favoritos de la última década. No esperen, claro, ningún tipo de justificación al respecto. O una asunción de responsabilidades. Esta lista, como todas las que he hecho durante los últimos diez años, no es más que el reconocimiento de una derrota. Y a pesar de todo estoy seguro que dentro de una década seguirá provocando las mismas dudas que me sigue generando aquella primera. Quizás esa sea la única razón de que siga haciéndolas. De alguna manera tienen el mismo encanto que las fotografías antiguas: nos recuerdan que en algún momento fuimos jóvenes y teníamos (otros) prejuicios.

Reconozcámoslo, no somos ni más sabios ni más inteligentes que hace diez años. Probablemente hayamos escuchado algunos discos más por el camino. A buen seguro que todavía no sabemos ni una pizca más sobre música -si es que tal cosa tiene sentido alguno-. Eso sí, hemos encontrado acomodo en ese espacio en el que las guitarras acústicas y las armonías soul se entrecruzan, en la sencillez del folk y en el rock rasposo de carretera. Y en él nos quedaremos durante un tiempo. Hasta que el viento cambie o nos dé por ponernos al día y subirnos a la ola de las nuevas tendencias. Sinceramente dudo mucho esto último; pero, visto lo visto, quién sabe dónde estaremos dentro de diez años.

Una cosa sí es segura: si como decíamos toda lista está condenada al fracaso, esta en concreto ya nació en ruinas. No se trata tanto de “esa extravagancia de los encuentros insólitos”, como decía un filósofo relamido que solía leer en mis años universitarios. Esa extrañeza que surge de juntar en un mismo folio a una banda del sur del Támesis con un songwriter de la ría de Bilbao. Tampoco esa risa que provoca ver codo con codo al mejor escritor de canciones del último siglo con un chaval que apenas acaba de comenzar en esto de la música. Tómenselo simplemente como una acumulación de canciones sin orden ni concierto. Unas mejores, otros peores. Al final lo importante es que todas ellas sonaron con frecuencia en casa, provocando algo que otras no hicieron. Y eso, aunque parezca poco, ha sido suficiente para que formaran parte de esta lista. Disfruten de ella tanto como yo he disfrutado -y sigo disfrutando- cada vez que acudo a alguno de estos discos.


29/12/20

Todos los buenos tiempos (y III)


I contain multitudes

Cuando despertemos del sueño y tengamos que recoger los restos de este desastre tendremos que empezar a pensar qué mundo vamos a dejarle a Dylan. El bardo de Duluth ha editado en 2020 un disco que muchos han querido leer como una carta de despedida. Un testamento para cuando sus canciones se hagan inmortales y no nos quede más consuelo que el recuerdo de los buenos tiempos. Dylan, que siempre renegó de la nostalgia, prefiere seguir mirando al frente, buscando su Atlántida en Key West, cruzando el rubicón entre lo caduco y lo eterno, añadiendo nuevos hitos a una trayectoria que se extiende ya durante seis décadas. Rough and Rowdy Ways es un tratado de la arruga bella y un homenaje al siglo de la bomba atómica y el rock&roll, una lección de cómo envejecer sin perecer en el intento y un aviso para las generaciones que vendrán: cuando todo esto pase, ya nada será lo mismo. Pero sobre todo Rough and Rowdy Ways se recordará como el disco del año de la pandemia. Un álbum profético y bíblico, que anuncia el desastre y suministra la cura.

En los surcos de estas canciones se esconde la gran tragedia de nuestra época. “Pasado, presente y futuro”, como canta el de Duluth en I Contain Multitudes. Un viaje por los aciertos y errores que nos han llevado a este cruce de caminos en el que lo viejo todavía no ha muerto del todo y lo nuevo amenaza con convertirse en ruinas apenas unos segundos después de nacer. No, no todo está perdido. Ni el mundo se acabará mañana como insisten los agoreros, ni el pasado es ese cementerio de estatuas y fotografías sepia para consuelo de nostálgicos. Ahí están los discos de Bill Fay y Shirley Collins, dos artistas octogenarios que han publicado en 2020 dos de los discos más emocionantes de la temporada. En su interpretación sosegada y su verbo sencillo se encuentra toda la sabiduría de los últimos decenios. La memoria centenaria de la que cantan John Prine y Swamp Dogg en la canción de este último. La tristeza del blues con olor a salitre del último álbum de Terry Allen y su banda misteriosa de forajidos. Si Dylan recurre a Walter Whitman y a Kerouac para escribir su crónica agrietada, el tejano echa mano del mito de Moby Dick para dejar constancia de su paso por este mundo. Cuánto daríamos algunos de nosotros por echarnos a la mar y dejar atrás todo esto.

Pero antes de tirarlo por toda la borda quizás merezca la pena echar un último vistazo por el retrovisor. Puede que 2020 haya sido una temporada para olvidar en muchos sentidos. No en el musical. En un año en el que todo parecía tambalearse, las estanterías de vinilos y las torres de cedés de casa se han convertido literalmente en nuestro refugio y en nuestra muralla contra el desastre. Especialmente las referencias con firma femenina. A Girl Called Eddy y el regreso de su suntuoso pop-soul. Nuestra venerada Gillian Welch, que este año nos ha sorprendido con cuatro volúmenes de canciones polvorientas. Phoebe Bridgers y sus confesiones de luna llena y bar a punto de bajar la persiana. El folk-rock llegado desde las antípodas de Nadia Reid. El sur yankee siempre a mitad de camino entre la tradición y la revolución de Margo Price, H.C. McEntire y las Secret Sisters. El soul profundo de Frazey Ford. Su paso firme, su carrera paciente, han sido una de las mayores satisfacciones que nos ha dado esta década que se cierra en apenas unos días. Lo mismo podríamos decir de Courtney Marie Andrews, que en este 2020 ha añadido una nueva muesca a su trayectoria con la publicación de sus 'flores marchitas', su disco más sentido y corajudo. ¿Quieren algún nombre más? Laura Marling, Kathleen Edwards, Lydia Loveless, Sarah Mary Chadwick, Native Harrow...

Y en el tintero una multitud de personajes secundarios y canciones para guardar en el baúl. Pequeños triunfos en un año escaso en este apartado. Chuck Prophet dando el pistoletazo de salida a su época arrugada con The Land That Time Forgot. Bill Callahan emulando el costumbrismo de Proust con sus tonadas familiares y hogareñas. La rabia sureña de Drive-By Truckers y el nihilismo juvenil de Fontaines D.C.. The Jayhawks, unos veteranos que nunca se fueron del todo y que vuelven a hacer lo que mejor saben en Xoxo. La elegancia folk de James Elkington y Cut Worms. The Hanging Stars, nuestros favoritos locales. Chencho Fernández y PIGMY, nuestros otros favoritos locales. Willie Nelson, Don Bryant y Dan Penn, clásicos que siempre tuvieron un estante especial en nuestra colección. Y luego está el caso único de Daniel Romano, enfant terrible del country-rock capaz de editar una docena de referencias en lo que llevamos de año. Su insistencia, su aliento inagotable, han servido de combustible para los que en algún momento de este 2020 estuvimos a punto de bajar los brazos. Incluso en estos tiempos hay quien tiene fuerzas para seguir intentándolo.

Nosotros seguiremos agarrados a la gramola cósmica de Murder Most Foul. En ella está todo lo que nos hace volver una y otra vez a las tiendas de discos. De Thelonious Monk a los Beatles pasando por Leadbelly, Charlie Parker y The Who. A buen seguro que dentro de unos años alguna de las canciones editadas en este 2020 pandémico pasarán a formar parte de aquel canon. O perecerán en el intento como las flores de las que habla Dylan en I Contain Multitudes. Sea como fuere, sirvieron de cura contra el desastre de estos últimos doce meses. Confirmaron que no todo estaba perdido. Construyeron los cimientos de un tiempo que, a pesar de parecer único y extraordinario, terminará convirtiéndose en un simple brochazo más en el gran cuadro de la Historia. Hay esperanza porque todavía quedan discos por descubrir. Hay esperanza porque todavía quedan canciones por escuchar. Ya lo dice Bob en Key West: “esta es mi historia, pero no donde termina”.


20/12/20

Todos los buenos tiempos (II)


El álbum de fotos del trastero

Una de las pequeñas victorias que más hemos celebrado en casa en este año pandémico ha sido la publicación de las basement tapes de la pareja formada por Gillian Welch y Dave Rawlings. Los que acostumbran a seguir al matrimonio de Nashville sabrán de su habitual parsimonia a la hora de editar material nuevo. Perfeccionistas hasta la médula, Welch y Rawlings llevan años habitando su propio espacio dentro de la escena tradicional yankee. Su ritmo pausado, su trote majestuoso, tiene mucho de protesta contra las formas contemporáneas. Una reivindicación de esa manera sencilla de entender la música que siempre latió en las canciones de una América que hoy parece estar en peligro de extinción.

En primavera, cuando el mundo se replegaba sobre sí mismo, Welch y Rawlings decidieron intentar algo nuevo: sentarse los dos en una habitación con una grabadora y un puñado de canciones y dejar que la cinta corriera sin freno. Al resultado lo titularon All The Good Times y es lo más cercano que ha estado la pareja del espíritu salvaje y rudimentario de la Harry Smith Anthology. Al comienzo de Oh Baby It Ain't No Lie se puede escuchar el crujido de las paredes del estudio segundos antes de que entre la guitarra de Rawlings. Un detalle menor, una mota de polvo en la lente de la cámara de fotos. Una imperfección que otros hubieran pasado por alto. No el dúo norteamericano, acostumbrado a entregarnos discos de producción limpia y tacto barnizado. En un año en el que hemos escuchado las vigas del edificio crujir y a los vecinos del piso de arriba reír y llorar, All The Good Times recupera parte de esa algarabía colectiva. Tiene algo de espectáculo privado y de placer compartido. Podría haber sido grabado en un sótano de Nashville o en el salón de tu casa. A veces, cuando lo escucho, juraría de hecho que ha sido grabado en el salón de la mía. Espero no ser el único.

Hay en esa mezcla de clásicos modernos y folk centenario un intento por crear una antología propia del género. Una colección de himnos prosaicos, canciones de amor y piezas sacadas del songbook de nuestros abuelos que reconforta con su aroma a roble y chimenea. Poor Ellen Smith y Fly Around My Pretty Little Miss, dos ejemplos de esto último, hace tiempo que perdieron su autoría para convertirse en patrimonio común. Jackson, el estándar de Johnny Cash y June Carter, agita las ramas del árbol genealógico de la Carter Family mientras imagina las historias de indios y vaqueros que veíamos los domingos en la sobremesa. Abandoned Love -aquel capítulo perdido de la enciclopedia de canciones de ruptura- y Señor recuperan por su parte al Dylan más sentido y montaraz. Confirmando de paso que, de haberse presentando la ocasión, Welch y Rawlings hubieran encajado a la perfección en la caravana ambulante de la Rolling Thunder Revue.

Completa la colección una lectura canónica del Hello In There de Prine, que en la voz de Welch adopta tonos ocres y silueta melancólica. Ella y Rawlings están todavía lejos de alcanzar la edad con la que el songwriter de Illinois nos abandonó en abril, pero hace tiempo que lograron destilar la fórmula de su oficio. Sinceramente no encuentro en mi colección de discos otra pareja que exprese mejor ese sentimiento de pérdida que me provoca la canción de Prine. Tenerlos todavía aquí es una alegría. Aunque nos recuerden cada día que algunos nos estamos quedando obsoletos. Demasiado viejos como para navegar en las aguas de un mundo que parece agotarse. Su tesón por recuperar los sonidos sencillos de la tierra y el campo puede sonar a simple nostalgia, pero sirve de consuelo para los que hace un tiempo abandonamos el confort de la capital de provincias para instalarnos en la gran ciudad.

Hace unas semanas mis padres decidieron hacer el camino de vuelta y cambiar las aceras de Madrid por los campos de Castilla. Un viaje de regreso a las raíces que recuerda extrañamente al paisaje que dibujaba Prine en Hello in There. No les culpo. Nadie debería vivir en una casa esperando simplemente a que los árboles crezcan y los hijos regresen el día de Navidad, como en la canción del norteamericano. Una parte de mí les imagina como en las viejas películas del oeste colocando trastos sobre el techo de una diligencia, mientras mi madre intenta hacer hueco para aquella mecedora que la abuela nos dejó en herencia. Las mudanzas ya no son lo que eran, ya sé. Solo espero que por el camino no se pierdan ninguna de las fotos que guardábamos en la buhardilla. Especialmente aquella en la que mi abuelo con sombrero, bigote y pintas de dandy se agarraba a mi abuela en alguna plaza de Madrid que nunca supimos descifrar. Estoy casi seguro que los libros de 'elige tu propia aventura' y aquella copia destartalada del Decade con la que descubrí a Neil Young seguirán en un trastero hasta el siguiente traslado. También aquel juego de café de la boda de mis padres que nunca llegamos a utilizar. Algunas cosas existen con el único fin de ocupar espacio en el camión de mudanzas.

Algo parecido les pasó a Gillian Welch y Dave Rawlings cuando a comienzos de la década pasada decidieron enterrar varios rollos de cinta en el sótano de su casa. Durante años aquellos estuches llenos de canciones, inéditas en su mayoría, se dedicaron a viajar de estudio a estudio coleccionando polvo. Hasta que a comienzos de 2020 un tornado inundó la ciudad, incluyendo la base de operaciones que la pareja tenía en Nashville. Entre los objetos rescatados de la ruina estaba aquel álbum de fotos musical que recoge las composiciones que el dúo escribió en los años que mediaron entre la publicación de Time (The Revelator) y Soul Journey. Publicadas finalmente en este 2020 de sequía para muchos de los que se dedican a la música, los tres tomos que forman Lost Songs recogen un periodo especialmente fértil para la pareja. Una etapa endulzada por el éxito de la banda sonora de la película de los hermanos Cohen Oh, Brother, Where Art Thou?, pero que no modifica un milímetro el rumbo libre de su música.

Como en las cintas piratas de la Big Pink, aquí hay un poco de todo. Ciudades sin ley y personajes sacados de una película de John Ford, funerales y ferias del condado, zapateos bluegrass y bocetos country-folk, pecado y redención. No faltan tampoco canciones ya conocidas -Make Me Down a Pallet on Your Floor- y otras que lo parecen -Happy Mother's Day-. En Papa Writes to Johnny Welch y Rawlings recurren al género epistolar para emular a Prine. En Picasso la metáfora pictórica sirve de excusa para dibujar el perfil dorado del Dylan de When I Paint My Masterpiece. Es una pena que Rawlings no se atreva con la armónica más a menudo. O que hayan tenido que pasar viente años para escuchar canciones como Valley of Tears o Here Comes The News. En la espera coinciden penitencia y recompensa. Con el tiempo -eso que tanto nos enseñaron a apreciar la pareja Welch-Rawlings- los tres volúmenes de este Lost Songs serán recordados como la rosa de los vientos de los de Nashville. Su brújula y su catálogo de virtudes más allá de géneros y épocas. Sólo ellos son capaces de cruzar de punta a punta el surco jondo del paisaje norteamericano con la simple ayuda de dos guitarras y dos voces.   

Como en todo buen viaje -y Lost Songs lo es- al final siempre queda esa sensación única, a mitad de camino entre la extrañeza y la familiaridad. Lo que fue y lo que pudo ser. La misma clase de extrañeza y familiaridad que asoma cada vez que miramos a una foto de nuestra infancia. Aquel suéter de lana que nuestra madre nos hacía ponernos cuando teníamos nueve años. Las Navidades del 98 en el que nos regalaron nuestra primera micro-cadena de música para desgracia de los vecinos. Aquel directo de Crosby, Stills, Nash & Young que nos abrió las puertas del cielo y que nos marcó para siempre. Lo que fue y lo que será. Nueva y vieja normalidad. El primer abrazo a mi madre cuando todo esto pase. El primer concierto y ese viaje a Madrid que tenemos pendiente desde primavera. Escribir ese libro sobre el country forajido de los noventa que nunca pude empezar. Promesas para romper y tirar a la basura. Las mejores. Las que nos permiten imaginar un futuro todavía imposible. Welch, siempre certera, lo resume en apenas unos cuantos versos en One Little Song: “tiene que haber una canción que no haya sido cantada / porque no es posible que alguien haya pensado en todo / una pequeña nota que no haya sido usada / una pequeña palabra que no haya sido desgastada mil veces / en mil rimas”.  Seguimos intentándolo.


17/12/20

Todos los buenos tiempos (I)


Canciones tristes y radios rotas

A mi abuelo, que era más chulapo que San Isidro, le gustaba decir que vivía en el centro de Madrid. Sesenta años en un sexto izquierda de la calle Fernando El Católico le habían convencido de que todos los caminos llevaban a Argüelles, aquel barrio lo suficientemente cerca de la Puerta del Sol como para ahorrarte las dos pesetas que valía el metro de aquellas, según contaba de vez en cuando. Recuerdo que cada vez que iba a comprar al pan a la tienda de la esquina terminaba parándose a hablar con el vecino del tercero o con el camarero del Ocho de Mayo, el bar de abajo donde servían hasta hace poco los mejores callos de la ciudad. De alguna manera mi abuelo vivía en Madrid que ya solo existe en los álbumes de fotos del trastero de nuestros padres. En esa capital de provincias en la que todo el mundo iba a comprar a diario a la tienda de ultramarinos y a leer el periódico a la barra del bar. En un barrio en el que uno bajaba a comprar el pan y terminaba volviendo a casa una hora más tarde con el consiguiente enfado de mi abuela. En el que los vecinos de enfrente eran casi como de la familia y el final de la dictadura se celebraba con champán.

Aunque hacía años que se había jubilado, mi abuelo seguía yendo al menos una vez a la semana a la joyería de la calle Postas en la que había trabajado desde que tenía trece años y para la que seguía haciendo "chapuzas", como él solía decir. Si le llevaba una hora ir a la panadería, imaginen la aventura que era ir con él hasta el callejón de la Puerta del Sol subido a la línea 2 de autobús. Mi abuelo había nacido para ser de clase obrera, pero en algún momento había encontrado una vocación arreglando las cajas de los relojes antiguos de bolsillo, lo cual le había permitido llevar una vida cómoda. No lujosa, pero lo suficientemente holgada como para dar quinientas pesetas a sus nietos cada vez que mis padres miraban hacia otro lado. También para jugar todas las semanas un cupón de los ciegos y compartir una quiniela con dos dobles y un triple con los del taller.

Por supuesto nunca se hizo rico. Más merengue que Di Stefano, como tantos otros mi abuelo hacía la quiniela con el corazón y no con la cabeza. Le gustaba que su Madrid ganara hasta a las canicas y la sola mención del eterno rival le ponía de mal humor. Si dicen que de un equipo se nace nunca se hace, él nació para ser del Real Madrid. Socio durante más de siete décadas, frecuentaba las primeras filas del fondo norte, cuando todavía no había asientos y había que salir corriendo los domingos después de comer para coger sitio antes del partido de las cinco. En los últimos años, cuando su espíritu empezaba a quebrarse y el alzheimer comenzaba a hacer mella, seguía recitando de memoria la alineación con la que el Madrid ganó la primera copa de Europa, aunque ya hubiera olvidado lo que había comido ese día. No puedo dejar de pensar que vio jugar a Gento en el Bernabéu, pero no aguantó lo suficiente para ver cómo el mundo se derrumbaba.

Murió en febrero, semanas antes de que todo se torciera en este año agónico. No sé muy bien qué hubiera pensando de todo esto. Si lo hubiera comparado con las penurias de la posguerra o simplemente hubiera hecho uso de su habitual manera de quitarle hierro al asunto con un “ya lo pagará alguien”. Mi abuelo rara vez se inmutaba. Seguía con su vida pasara lo que pasara. Era un poco como el abuelo del que cantaba John Prine en Grandpa was a carpenter. Se ponía el traje todos los días y se afeitaba cada mañana. Fumaba puros los días de partido y me dejaba escuchar la radio en el taller que tenía en casa. De hecho, me gusta pensar que él y Prine se hubieran llevado de maravilla. A lo mejor con suerte están compartiendo un trago en el cielo mientras presumen de nietos.

Por si alguno no lo recuerda, el de Illinois nos dejó también a comienzos de abril y por alguna extraña razón su música se ha convertido en la banda sonora de este año en el que para muchos de nosotros sólo ha habido hueco para canciones tristes y radios rotas, como rezaba el estribillo de Sam Stone. Prine fue muchas cosas, pero sobre todo fue el que mejor retrató el vaivén cotidiano de los días. Si con Dylan -con el que el de Maywood fue comparado múltiples veces- el tiempo parecía correr siempre desbocado, en las historias de Prine todo era traqueteo vital y paciencia. No había nada de extraordinario en sus personajes. Tampoco en su manera de contar historias. Su sencillez chocaba con los que buscaban agitación y revuelta en cada giro melódico.

En esos meses de confinamiento en los que todo parecía avanzar a cámara lenta los discos de Prine sonaron con frecuencia en casa. Eran jornadas en los que todo se reducía a la vida sencilla de nuestros abuelos. Levantarse, hacer la compra, caminar, leer el periódico, hervir un arroz, dejar correr el reloj. Nada apremiaba y las conversaciones de sobremesa giraban en torno a lo mismo. Prine, siempre escueto en palabras aunque nunca en emoción, lo resumía bien en ese diálogo entre dos viejos compañeros de fábrica: “Pero qué puedo decir si pregunta, '¿qué hay de nuevo?' 'No mucho, ¿y tú? No hay mucho que hacer'”. La canción en cuestión se titula Hello In There y retrata con ternura la soledad de la madurez, la vejez prematura de esos padres que ven cómo sus hijos han emigrado a tierras más fértiles y lo único que les queda por delante es tiempo. Todo el tiempo del mundo. Tiempo para hacer lo que no pudieron hacer mientras se ganaban la vida y nos criaban. Para bajar a comprar el pan y cambiar las cortinas del salón. Tiempo para disfrutar y para echar de menos.

Estoy seguro que, de haber superado la enfermedad, John Prine hubiera seguido disfrutando de los pequeños placeres de la vida junto a su mujer. Tomándose un vodka con ginger ale o fumando un puro de nueve metros, como cantaba en When I Get To Heaven. Jactándose de la muerte, convencido de que ya había visto suficiente de este mundo y que no podía estar más que agradecido por el tiempo que le había tocado vivir. Si hay alguna lección que aprender de estos meses de encierro es que hace años que nuestros abuelos encontraron la solución al acertijo de la vida. Por desgracia muchos ya no estarán para contarlo. Otros, en cambio, seguirán. Esperando a que alguien les diga “hola, ¿que tal? ¿qué hay de nuevo?” al cruzarse en el portal, como en la canción de Prine.


8/12/20

Chuck Prophet, uno de los nuestros

Una de las frases que más se repite en What Makes The Monkey Dance, la reciente biografía de Chuck Prophet, es esa que alude a la mala suerte de su protagonista. Curioso -pensará alguno- teniendo en cuenta que el bueno de Prophet ha logrado mantenerse en esto de la música durante casi cuatro décadas. Y lo que le queda. Es verdad que el californiano nunca ha abandonado los círculos de entregados a la causa y aficionados con especial apego por las carreteras secundarias. O que su mezcla única de rock&roll, soul, raíz forajida, blues e incluso algunas gotas de electrónica le han condenado a favorito de muchos y rey en tierra de nadie. No importa. En esta casa Chuck Prophet siempre será considerado uno de los nuestros. Un tipo al que confesaríamos todos nuestros pecados. Un hermano al que agarrarse en la parte trasera del bar. Un viejo amigo que nunca falla.

Podríamos tirarnos días enumerando las razones de nuestro apego al norteamericano, pero aquí nos tendremos que conformar con unas cuantas escogidas al azar. Veamos: su manera de tocar la guitarra, su sonrisa infecciosa, esa voz de predicador de los barrios bajos, sus conciertos de escuela emocional del rock, el San Francisco luminoso y desbocado de sus canciones, esas baladas que empapan como la lluvia fina, su aliento infatigable, ese rollo a lo Richard & Linda Thompson que lleva siempre que canta con su mujer, su conocimiento infinito de los incunables del country y del soul, su sencillez, su habilidad para expresar una verdad en tan solo dos versos, sus estribillos eternos, su humildad, su necesidad de convencer al tipo de la última fila de que merece la pena dejarse la vida por el rock&roll, sus canciones. Repito: sus canciones. Sobre todo sus canciones. Esas que llevan acompañándonos durante lustros y por las que Prophet ha luchado desde que era adolescente.

La historia que cuenta What Makes The Monkey Dance es principalmente una historia de canciones. O más bien la historia de un tipo capaz de renunciar a todo por salir ahí afuera y cantarlas, tocarlas, vivirlas. Es cierto que aquello ha terminado pasando factura al bueno de Prophet. También que el libro de Stevie Simkin no escatima en detalles. El de San Francisco no se deja casi nada en el tintero. Dueño de una voz única para narrar historias, en las páginas del libro hacen acto de presencia discográficas de segunda y manager de dudosas intenciones, gente que a su manera ayudan al bueno de Prophet a mantenerse a flote. Hay, como es de esperar, algunos arañazos provocados por el roce con la parte más cruel de la industria. Pero no todos los desvíos y caídas pueden atribuirse simplemente a la negativa del sello de turno a hacerse cargo de Prophet y su caravana ambulante. Conocida es su adicción durante años a las sustancias tóxicas de toda calaña. También su nula visión de futuro o su negativa a considerar algo así como una “carrera” en esto de la música.

En una de mis anécdotas favoritas del libro el propio Prophet cuenta que en 2001 tuvo que aceptar un trabajo como aparcacoches -una de las múltiples ocasiones en las que que el músico estuvo a punto de tirar la toalla-. Lejos de lamentarse por el contratiempo, el de Frisco dedicaría las horas muertas en el garaje a componer alguna de las canciones que más tarde formarían parte de No Other. Incluyendo, claro, Summertime Thing, ese retrato estival de barrio que terminaría convirtiéndose en favorito entre los seguidores del californiano. Moraleja: si alguien puede escribir un himno como este aparcando coches, tú también. O al menos puedes intentarlo. Chuck Prophet lleva haciéndolo durante más de treinta y cinco años. Le lleve donde le lleve.

Es este camino sin rumbo el que ha permitido a Prophet acumular una larga lista de cómplices con el paso de los años. Un recuento que debe comenzar sin duda con Dan Stuart, hermano en las trincheras de Green On Red. Su espíritu imprevisible, siempre en busca del pulso beat de Kerouac, marcaría buena parte de los primeros años de nuestro protagonista. También por supuesto Stephanie Finch, su mujer. Cuenta el propio Prophet que se se engancharon el uno del otro cantando el Abandoned Love de Dylan, confirmando de paso lo que ya muchos sabíamos: que las mejores canciones de amor son siempre las canciones de ruptura. No nos olvidamos tampoco del omnipotente Greg Leisz, que con su pedal steel y sus arreglos de quitar el hipo se convertiría en su Ben Keith particular. Alejandro Escovedo, su hermano chicano, codo con codo en la aventura de conquistar el mapa norteamericano. Incluso Dan Penn, admirador confeso de Prophet y con el que el californiano confirmaría que su manera de entender la canción americana nunca estuvo muy alejada de los clásicos, del country-soul y del rock como lengua universal. Y así podríamos seguir durante horas.

Colocados todos en línea -canciones, colaboraciones, éxitos y fracasos- dibujan un relato fascinante, quizás único en la historia del rock de los últimos treinta y cinco años. Tanto como para merecer una biografía como esta. El propio aludido insiste en quitarle hierro al asunto, se excusa en el prólogo retratándose como “una contradicción andante – parte verdad, parte ficción”, repite con sorna esa frase que un crítico le dedicó hace treinta años asegurando que tenía “un brillante futuro por detrás”. Sinceramente no ha visto la música reciente un tipo que haya hecho tanto de sus limitaciones una virtud; de su sencillez, una cualidad digna de admirar. Con Chuck Prophet, incansable en su cruzada por la canción perfecta, el rock&roll tiene cuerda para rato.


3/12/20

Wilco, en lo más profundo del océano americano

Como casi siempre en estos casos, nadie recuerda muy bien en qué momento todo se pudo ir al traste. Tampoco el instante preciso en el que cada una de las piezas de aquel rompecabezas terminaron de encajar. Si es que en algún momento lo llegaron a hacer. Los que conservan la memoria cuentan que, tras más de un año encerrados en el estudio, Jeff Tweedy y los suyos parecían estar cada día más lejos de terminar aquella colección de canciones. Un álbum que con el paso de los meses había devenido en lamento pop y arquitectura surrealista, collage sonoro convertido en declaración de intenciones. Una huida hacia delante para una de las bandas pioneras del llamado country alternativo. Una pirueta genial para una formación liderada por alguien que, apenas una década atrás, había puesto patas arriba la escena de raíces con su lectura furiosa y desmitificada de los clásicos. Qué lejos quedaban ahora los tiempos de Uncle Tupelo.

O incluso los primeros pasos de Wilco. Tras la inocencia country-rock de A.M., Being There -segunda referencia de la banda- había terminado desembocando en un callejón sin salida para los de Chicago. Me explico. Demostración de todo lo que era capaz dar de sí la materia prima sonora del sur norteamericano cuando se cruzaba con el impulso independiente de los noventa; en aquel díptico de carretera se daban cita la raíz folk y los Stones de Muscle Shoals, el country desencajado de los forajidos de Texas y el blues etílico de Chicago. No es raro encontrar quién piense todavía hoy que se trata de la obra cumbre del country alternativo. También su acta de defunción, por desgracia. Con su exuberancia sonora y su intento por cubrir las cuatro esquinas del espectro sonoro yankee, Being There parecía agotar prácticamente todas las posibilidades del género. Tocaba reinventarse o caer en la ruleta del auto-plagio. Más de dos décadas después, queda claro qué opción escogerían Tweedy y compañía.

Pero volvamos al verano de 1997. Si en agosto de aquel año los de Chicago habían entrado en el estudio ataviados con sus botas de cuero y sus sombreros de ala ancha, quince meses después el quinteto salía enredado en una maraña de sintetizadores y arreglos de terciopelo. Por el camino los norteamericanos habían aprendido unas cuantas lecciones que llevarse a la boca. La primera, que aquella química inestable -especialmente entre Tweedy y el recién llegado Jay Bennett- funcionaba a las mil maravillas cuando no había un guión establecido. Ya saben, no hay mejor manera de romper las expectativas de tu público que no tener ninguna. Así, no es de extrañar que aquel disco de color azul cielo y título imposible pillara a más de uno con el pie cambiado. Con los años Summerteeth se convertiría en el gran signo de interrogación en la carrera de los de Chicago. Un caramelo envenenado y un compañero de viaje para las noches de luna llena, un agujero negro, una sonrisa burlona en la que Tweedy y los suyos plasmarían todas las frustraciones de una banda negociando con su propia madurez.

Canciones como I'm Always In Love hablaban de amor correspondido y romanticismo de postal. Fábulas con final feliz en las que resultaba difícil encontrar el rastro de ese artista acostumbrado a hurgar en la herida. Quién lo iba a decir, pero tras aquella careta de enfant terrible del country-rock había un Tweedy familiar y hogareño. “Go back to sleep now, my darling / And I'll keep all the bad dreams away / Breathe now, think sweet things / And I think of all the right words to say”. Imposible no traer a la memoria al Dylan de chimenea y retiro doméstico de New Morning. Del mismo modo que resulta inevitable escuchar la letra de In A Future Age y transportarse de manera casi instantánea a ese universo literario de bares a medio cerrar y ladridos perdiéndose en la noche. Tom Waits estaría orgulloso.

La realidad sin embargo era más tozuda. Lanzado a la carretera, enganchado a un vagón de vida que le obligaba a pasar grandes temporadas alejado del hogar, Tweedy intentaba encontrar una manera de conciliar su vida de rockero con sus recién estrenadas obligaciones paternales. La letra de ELT lidiaba con aquella ansiedad con altas dosis de melodrama pop. We're Just Friends desparramaba el grito de socorro sobre las notas de un piano de cola. “Over and over and over again / I try to make amends / For everything I've done wrong / My whole world just spins / Make some coffee, hold me up / Try to talk me out of giving up”. Nothing'svergonnastandingmyway (again) recogía del suelo los restos de aquella batalla mientras imaginaba un final de película. “We'll find a way regardless / To make sense out of this mess / Well it's a test, but I believe / A kiss is all we need”. Si todas las terapias de pareja fueran tan sencillas no habría necesidad de abogados de divorcio ni acuerdos pre-matrimoniales. Tampoco de tipos como Tweedy, capaz como pocos de convertir una simple canción de amor en un drama shaskesperiano.



Musicalmente la genealogía de esta refriega sentimental hundía sus raíces en la fascinación del líder de Wilco por el clasicismo sonoro de los Beach Boys. En el crisol melódico de los Beatles del White Album, el cabaret costumbrista de los Kinks y el suntuoso pop de cámara de los Zombies. Pero sobre todo nacía del deseo de romper con una etiqueta -el country alternativo- que parecía haber convertido en santo y profeta a un autor que muy pronto demostraría ser de carne y hueso, trufado de pecados y tentaciones como cualquier hijo de vecino. No ayudaría en esto último la incorporación de Jay Bennett a las filas del combo de Illinois. A la conocida adicción de Tweedy a los analgésicos se sumaría el vaivén etílico de Bennett, que fallecería de manera prematura en 2009 en circunstancias todavía por aclarar. Juntos cumplirían con nota el papel de hermanos a cada cual más tozudo, peleando por cada centímetro de cinta como si les fuera la vida en ello. Famoso es el episodio de la película I Am Trying To Break Your Heart en el que una discusión en el estudio entre Bennett y Tweedy acaba con este último vomitando en el baño. La cosa nunca llegaría a las manos -como había ocurrido de hecho en los últimos compases de Uncle Tupelo-, aunque poco le faltaría. Pero no adelantemos acontecimientos.

El tiempo ha terminado confirmando que durante aquellas sesiones grabación la asociación eléctrica entre Bennett y Tweedy no sólo se mantendría dentro de los límites de lo civilizado, si no que de hecho daría sus mejores frutos en forma de canciones eternas como Via Chicago y She's a Jar. El conjunto final, imposible de abarcar en único giro del vinilo, con la banda presumiendo de superávit creativo, mantiene sin embargo algo de ese tono contenido y taciturno, especialmente en cortes como How to Fight Loneliness y When you wake up feeling old. Invocando el espíritu de los Big Star de Third/Sister Lovers, Wilco parecen avanzar sin brújula, perdidos en la niebla de esa noche de luna llena. “Who knows anything? / I don't know / There are so many things / I must leave alone / Some strange person / is calling you their home / Can you be where you want be?”. Hay abismos a los que es mejor no asomarse.

Convencidos de que ya han sido derrotados, el quinteto de Chicago decide echar el resto como si aquella fuese de verdad la última bala en la recamara. Sólo así se explica que se saquen de la chistera una genialidad como Pieholden Suite. Pieza de fina orfebrería pop, en ella Tweedy, Bennett y compañía exprimen en menos de tres y minutos medio todo lo aprendido en ese año y pico de encierro en el estudio. Empleando el molde que Neil Young había usado en Broken Arrow, la canción incluye pasajes de americana cósmica y clasicismo de chaqué para terminar disolviéndose en un desfile de banjos rag time y vientos de fragancia nuiorlins. El propio Bennett estaría tan orgulloso del resultado final que años después bautizaría el nombre de su estudio casero con el nombre de la canción.

Así que sí, las piezas del rompecabezas terminarían encajando. Quince meses y decenas de rollos de cinta después, los de Chicago habían logrado transformar aquellas demos de rompe y rasga, con Tweedy a solas con la guitarra -pueden escuchar algún ejemplo en la reciente reedición de Summerteeth-, en un carrusel de melodías de altos vueltos. Un primer paso para convertirse en aquella banda camaleónica, referencia absoluta del rock americano actual. Pero no suficiente. Al menos no para Reprise, que tras recibir una primera versión del disco intentarían limar alguno de los momentos más ásperos del lote -”I dreamt about killing you last night / And it felt alright to me”- con la incorporación de una canción más accesible para las ondas radiofónicas. Un Tweedy en racha respondería componiendo a última hora Can't Stand It, corte que abre el álbum y que, como era de esperar, nunca llegaría muy lejos en las listas del hit parade. El líder de Wilco aseguraría en más de una ocasión que aquella sería la última vez que se avendría a escribir una canción “por encargo”. A la postre aquel episodio se convertiría también en el primero en una lista de desavenencias que desembocarían en el divorcio entre los de Chicago y la discográfica apenas dos años más tarde. Pero aquella es una historia que merece un capítulo propio.

A comienzos de 1999, sin tiempo apenas para que las nuevas canciones cojan poso, los cinco músicos de Wilco se lanzarían a la conquista del mapa norteamericano en un intento por explorar el camino abierto por Summerteeth. Les acompaña ya Leroy Bach, multi-instrumentista que se había incorporado a las sesiones de estudio rozando el pitido final y que con el tiempo se convertiría en imprescindible en la arquitectura de discos como Yankee Hotel Foxtrot y A Ghost is Born. Con Bach a los teclados y guitarras, los de Chicago intentarían reproducir sobre el escenario parte de ese sonido pomposo y elaborado del álbum de la luna. La 'foto finish' de aquel salto mortal puede comprobarse hoy en la grabación del concierto que Wilco dieron el 11 de Noviembre de 1999, otro de los regalos incluidos en la reedición de Summerteeth. Los que se hagan con ella encontraran dos horas del mejor rock de trago yankee mezclado con altas dosis de estupefacientes y nervio pop. Lo suficientemente sobrios como para mantener el tipo en los números más enraizados; peligrosos, casi al filo del caos, en los momentos de desbarre guitarrero. Sin duda el cóctel perfecto.

La sensación general es que aquellos Wilco caleidoscópicos parecían estar un peldaño por encima de esa banda de barrica y whisky que, apenas tres años atrás, todavía viajaba con la etiqueta del alternative-country colgada de la parte trasera de la furgoneta. Incluso en las canciones extraídas de las recientes Mermaid Avenue Sessions -rescates de los cuadernos de notas originales de Woody Guthrie- se vislumbra el perfil de un nuevo amanecer. Todavía tendrían que pasar un par de temporadas para que los de Chicago se convirtieran en ariete contra la industria regalando por la cara Yankee Hotel Foxtrot. También para que la crítica los nombrara campeones de ese rock americano sin complejos, capaces de mezclar furia guitarrera con sintetizadores de mercurio, raíz y actualidad, pasado y presente. Pero sin duda aquellos Wilco en la encrucijada estaban abriendo un camino que ya nunca más abandonarían. Una manera de operar guiada no por los géneros o las etiquetas, si no por las canciones. Aunque, como en Summerteeth, estas les llevaran de cabeza a lo más profundo del océano sonoro americano.


25/11/20

Nikki Sudden, el último bandido

Con la muerte de Dave Kusworth en septiembre de este año se cerraba de alguna manera un capítulo en la historia del rock. Posiblemente no uno de esos escritos con letras mayúsculas y grafía de postín en el libro del género. Pero sí al menos uno en el que aquel invento popularizado por Elvis seguía manteniendo algo de ese espíritu romántico y infatigable que nunca debió perder. Para los que no lo recuerden, el de Croydon había protagonizado junto a Nikki Sudden una de las más fascinantes anomalías del rock de los ochenta y en adelante. No lo duden: aquellos dos primeros discos de los Jacobites siguen manteniendo el lustre en nuestra estantería. También los álbumes en solitario de Sudden que, antes de unir fuerzas con Kusworth, ya había dado muestras de aquel filo incontrolable bajo el rótulo Swell Maps, proyecto que había formado con apenas 14 años junto a su hermano Epic Soundtracks. Así, aquellos tres tipos de pelo ensortijado y aliento quijostesco terminarían hilvanando una saga única, insobornable en su empuje, reclamando su posición como últimos forajidos del rock antes de que el estilo se convirtiera en carne de tendencias con la llegada del nuevo milenio. Kusworth, Soundtracks y Sudden.

El propio Sudden había fallecido en 2006 con las botas puestas, en plena gira tras un concierto en un club de Nueva York. Como era de esperar, su nombre dejaría más esquelas que páginas había llenado su música en vida. Gajes del artista de culto, que diría alguno. Él nunca se dejó llevar por el desanimo y en el momento de su muerte andaba enfangado en la interminable tarea de escribir un libro de memorias, confiado en que alguien estaría interesado en leer sobre alguien que lo había visto casi todo en el mundo del rock. Nombres como Mick Taylor, Ian McLagan y Rowland S. Howard confirmarían con sus apariciones en los discos de Sudden el gusto del londinense por la genealogía más canalla del género. Pero el autor de canciones como The Last Bandit o When Angels Die también dejaría su impronta en aquella nueva generación de músicos independientes de los noventa. Tanto es así que los siempre generosos R.E.M., cruce de caminos de tantos -y casi siempre excelentes- viajes, se ofrecerían para acompañarle en uno de sus mejores colecciones, el enraizado The Jewel Thief. Tampoco conviene olvidar otros registros como Treasure Island o Red Brocade cuando uno repasa la obra del británico.

En esta casa -cosas del primer amor- siempre fuimos de The Bible Belt. Reeditado estos días por Easy Action Records, el segundo disco en solitario de Sudden es una oda al rock de bajos fondos, a los Keith Richards y a los Johnny Thunders, a la camaradería que da saber que uno está destinado a acabar en el vagón de perdedores. En sus surcos asoma el sonido desaliñado del punk y el glam de pintalabios de los New York Dolls. Pero también el tupé de Gene Vincent y las guitarras trotonas de los Ventures. Hay algo de ese folk inocente de los cafés del Soho y una pizca del funk-soul neoyorquino de Prince. El embarcadero de Chelsea pone nombre a una de las canciones más sentidas del lote. Aunque es más que probable que Sudden y compañía frecuentaran con frecuencia los callejones de Camden, antes de que el barrio londinense se convirtiera en un parque de atracciones para turistas y vendedores de humo. O los soportales y plazas de Covent Garden en los que se arremolinaban los expulsados del mercado laboral y en los que los Clash entonarían sus primeras canciones de rebelión. El Londres furioso y desgastado de los años grises del thatcherismo nunca sonó tan celestial como en la voz de Sudden.

Nada de esto impediría que el músico acabara en el limbo de los olvidados por el relato oficial. Él, incansable, imbatible en su aliento, siempre supo en el fondo que aquel final estaba escrito de antemano. Canciones como The Road of Broken Dreams o The Angels Are Calling perfilaban el impulso romántico de la derrota, abrazaban la vida rutilante del rockero capaz de renunciar a todo por una canción, condenaban a su autor a acabar en las notas a pie de página del gran libro del rock. El propio Sudden se retrataría en varias de sus canciones como un alma solitaria, a pesar de que fueron muchos los que le mostrarían verdadero afecto dentro del gremio sonoro. The Only Boy in Heaven, la composición que cierra The Bible Belt, recorre buena parte de ese álbum de instantáneas malditas. Las habitaciones vacías y los romances con fecha de caducidad, las aceras torcidas y los recuerdos estampados en paredes de hormigón. Incluso, en un momento de lucidez, asoma el compositor más esperanzado: “Algunos días mis ojos todavía brillan como solían hacerlo / Algunos días sé exactamente lo que decir y lo que hacer”. Era en esos días, escasos pero gloriosos, en los que la música de Nikki Sudden era capaz de elevarte a los cielos. Todavía hoy lo sigue consiguiendo.


15/11/20

Jim Sullivan: autopistas, desiertos y ovnis

La versión oficial asegura que Jim Sullivan fue visto por última vez el 5 de Marzo de 1975 en las inmediaciones de Santa Rosa, localidad a mitad de camino entre Alburquerque y Amarillo. Dos días antes el músico había dicho adiós a su mujer, a su hija y a su vida en San Diego y había puesto rumbo a Nashville, en busca de un éxito que parecía esquivarle. El 8 de Marzo, tras varias horas de búsqueda, la policía del condado localizaba el Volkswagen Bug de Sullivan en uno de los caminos a las afueras de Santa Rosa. Entre los objetos encontrados en el interior del coche se encontraban una guitarra de doce cuerdas y varias copias de los dos primeros discos que el californiano había grabado hasta la fecha. Un cuaderno de notas, ropa y la cartera de propio Sullivan completaban el último bodegón de un músico que lo intentó, pero del que desgraciadamente ya nunca más se supo.

Comienza aquí la leyenda de Jim Sullivan. Un artista que dejó tras de sí dos docenas de canciones y un centenar de interrogantes todavía sin resolver. ¿Qué hacía aquel tipo de casi dos metros de alto y pinta de cowboy bonachón en un pueblo como Santa Rosa? ¿Por qué la noche anterior a su desaparición la propia policía había parado a Sullivan para hacerle un control de alcoholemia? ¿Por qué el músico había decidido reservar una habitación en La Mesa Motel si, según los informes policiales, nunca llegó a hacer uso de ella? ¿Qué extraño suceso había obligado a Sullivan a abandonar su coche en mitad de un camino de tierra dejando atrás sus escasas pertenencias? Y, finalmente, ¿qué misterio contenían aquellas cintas que el californiano había dejado abandonadas en el maletero de su Volkswagen?

Rescatadas estos días por los arqueólogos del sello Light In The Attic, las canciones de Jim Sullivan remiten a un tiempo en el que los músicos no tenían miedo a cruzar fronteras, ya fueran físicas o simplemente estilísticas. Sin ir más lejos su primer disco, editado originalmente en el año 1969, presentaba al mundo a un artista de raíz vaquera, pero lo suficientemente flexible como para moverse a sus anchas entre arreglos de piel barroca e intención pop. Con un título entre lo psicodélico y lo extraterrestre, las canciones de U.F.O. hablaban de autopistas, desiertos y ovnis presentando una galería de personajes en busca de algo a lo que agarrarse, cuando no directamente en plena huida hacia un futuro incierto. Con los años muchos verían en aquellas referencias paranormales una excusa para elucubrar fantasías sobre la desaparición de Sullivan. Según algunos, los más atrevidos quizás, el californiano, lejos de haber simplemente desaparecido, había sido víctima de una abducción interplanetaria. Otros, quizás más terrenales, afirman que en aquella noche del 5 de Marzo Sullivan sencillamente decidió abandonar su coche para perderse en la inmensidad de la llanura de New Mexico y nunca más ser visto. Un final digno del mejor western crepuscular.

Sea cual sea la teoría escogida, lo cierto es Jim Sullivan siempre intuyó que su vida estaba destinada a salirse de los cánones de lo ordinario. Como asegura su hijo, “la idea de tener que ser un currito y tener que trabajar para otro le era probablemente tan repugnante como cortarse una mano”. Su mujer, Barbara, se ganaba la vida como secretaria en las oficinas de Capital Records lo que hacía de aquella vida rutilante, centrada en lo artístico, algo no del todo extraño para la familia Sullivan. Irónicamente Jim había cumplido con nota con el papel de adolescente arquetípico de finales de los años cincuenta. Popular entre sus compañeros de pupitre, capitán del equipo de fútbol americano, el joven Sullivan terminaría casándose con la reina del baile del instituto en un guión que sin duda provocaría sudores fríos en el personaje de James Dean en Rebelde sin causa. Sin embargo, de manera inesperada para muchos, el joven de San Diego terminaría encontrando en la guitarra su verdadera vocación.

En los sesenta Sullivan se convertiría en habitual en los cafés de las inmediaciones de Los Ángeles. Cuentan los que le vieron en acción que su estilo desnudo y poderoso traía a la memoria el sonido de otros songwriters de la época como Tim Hardin o Fred Neil. No obstante, incapaz de emular la capacidad de estos dos para escribir himnos como If I Were a Carpenter o Everybody's Talkin', el de San Diego sufriría para encontrar a alguien interesado en publicar aquellas canciones de temática espiritual y rastro polvoriento. Ni siquiera sus contactos en el sello Capitol a través de su mujer le ayudarían en este aspecto. Nada de esto desanimó a Sullivan, que a finales de la década se convertiría en fijo en la programación semanal de The Raft, uno de los garitos más hip de la costa de Malibú. Sería allí donde el músico terminaría coincidiendo con tipos como Lee Marvin, otro fuera de la ley dentro de la escena de Hollywood, o Harry Dean Stanton, que años más tarde protagonizaría Paris, Texas, película en la que Stanton encarna el papel de un hombre que regresa a la civilización tras años perdido en el desierto de Texas. Rellenen la línea de puntos.



También allí, en Malibú, Sullivan entablaría amistad con Dennis Hopper, actor y director que había comenzado su carrera cinematográfica con un pequeño papel en la mencionada Rebelde sin causa y que, especialmente tras el estreno de la archiconocida Easy Rider, se convertiría en santo y seña de la contracultura norteamericana. De alguna manera, con su mostacho y su larga melena, Jim Sullivan parecía seguir los pasos del cineasta. No sólo en lo estilístico, obvio si miramos a alguna de las escasas fotos que se conservan del músico, sino también en lo que concierne a ese espíritu libre y aventurero. De piel inconformista y corazón forajido, Billy -el personaje interpretado por el propio Hopper en Easy Rider- encapsula todo aquello que no encajaba en la sociedad bienpensante norteamericana de finales de los sesenta. El cowboy, el motero, el hippy y, en definitiva, todo aquel que, como Jim Sullivan, parecía empeñado en surcar los márgenes del sueño americano. El mensaje parecía claro, sólo había que esperar a la próxima curva para encontrarlo.

Curiosamente el propio Sullivan terminaría apareciendo de manera efímera en la película de Hopper y los que todavía conservan la memoria recuerdan que muchos de los participantes de la cinta terminarían coincidiendo en la casa del músico en el último día del rodaje. No correría igual suerte su música, que con su tacto de cuero y su aroma esotérico podría haber encajado como un guante en el metraje de Easy Rider. Cuentan los libros que en un primer momento Peter Fonda, compañero de reparto de Hopper en la cinta, tuvo en mente contratar a los recientemente formados Crosby, Stills, Nash & Young para grabar una banda sonora con material completamente original. Hopper, siempre un paso más adelante, desechó la idea en favor de una colección de éxitos que incluía a tótems del momento como Jimi Hendrix, The Byrds o Steppenwolf, malgastando sin duda una oportunidad para dar a conocer a un escritor de canciones único como Sullivan.

Así, para cuando Easy Rider comenzaba su andadura por los cines, el californiano todavía estaba luchando para encontrar a alguien interesado en publicar alguna de sus canciones. Tendría que ser otro de sus contactos en el mundillo de Hollywood el que le brindaría aquella primera oportunidad. Al Dobbs, habitual también en las noches de Malibú, parecía haberse tomado como un empeño personal ayudar a Sullivan en su tarea y en poco tiempo juntaría el dinero suficiente para montar un pequeño sello discográfico con el que publicar las canciones del bardo. “Creo que muchos de nosotros estábamos buscando, intentando encontrar algo con lo que llenar nuestras mentes”, aseguraría Dobbs. “No estoy seguro si Jim estaba buscando algo, creo que lo que Jim estaba intentando es sacar lo que tenía dentro”.

Eso que Sullivan tenía dentro era una decena de composiciones de cosecha propia. Canciones que iban desde lo polvoriento -Plain as Your Eyes Can See- hasta lo crepuscular -Highways-. La admiración por viejos conocidos como Hardin o Neil seguía presente en su manera de cantar, pero, tras su paso por el estudio, el artista había logrado engalanar sus composiciones con una colección de arreglos que otorgaban al conjunto un aire majestuoso. Todavía tendría que pasar un tiempo hasta que Gram Parsons acuñara el termino, pero lo que Sullivan estaba intentando hacer en U.F.O. era un claro ejemplo de esa 'cosmic american music' que el líder de los Flying Burrito Brothers practicaría en la primera mitad de los setenta. Un cruce de caminos en el que se daban cita las raíces acústicas y el dramatismo pop, el deseo de fundirse con el horizonte y la búsqueda de un futuro que no estuviera marcado por el tic-tac de los relojes. Carretera, rebeldía y libertad.

Un mensaje quijotesco, ingenuo como todo buen debut que se precie, para el que Sullivan echaría mano no obstante de algunos de los músicos más curtidos de la ciudad de Los Ángeles. Jimmy Bond, Earl Palmer y Don Randi, todos ellos miembros de la legendaria Wrecking Crew, formarían el grueso de la banda que acompañaría al californiano en aquellas primeras sesiones de grabación. No estamos muy seguros de qué pensarían aquellos tipos bregados en cientos de grabaciones -de Frank Sinatra a Phil Spector pasando por los Beach Boys y The Mamas & The Papas- de un novato en el negocio como Sullivan, pero lo cierto es que el sonido final se asemeja más al de un tipo con callos en las manos que al de un recién llegado a la industria. Aquel despliegue de arreglos de cuerda y viento escora las canciones del californiano hacia terrenos más cercanos al rock y la psicodelia. Nada que objetar. Bajo la superficie sigue asomando ese bardo de piel folk y espíritu vaquero. Los que tuvieron de la suerte de conocerle aseguran que, tanto en su versión más pulida como en esa otra acompañado simplemente por su guitarra acústica, la voz del californiano seguía siendo imponente.



Por suerte hoy en día podemos hacer la prueba. Editado en 2019, If The Evening Were Down recoge algunas de las canciones de aquel debut en su estado primigenio, con Sullivan a solas frente al micrófono. Un ejercicio de memoria que nos devuelve al espíritu de aquellas noches en los clubes de Malibú, cuando el artista intentaba hurgar en las mentes del ambiente hip californiano acústica en mano. No estamos, como alguien pudiera pensar, ante un simple rescate de demos de tacto rugoso y sonido desaliñado. Más bien una ristra de composiciones completamente definidas, quizás necesitadas de ese toque de cincel que separa lo bueno de lo sublime, pero que, en su versión desnuda, abren un ramillete entero de posibilidades. Canciones como Roll Back the Time y So Natural, despojadas aquí de su cubierta pop, intuyen un compositor de imaginación desbordante. What is My Name y Close My Eyes -inéditas en la versión original de U.F.O.- avisan de que, de no haber abandonado el edificio, hubiéramos tenido Sullivan para rato. Preside la colección el dibujo del propio músico perdiéndose en el horizonte del desierto, anticipando el desenlace de esta historia trágica.

Pero antes de aquel truco final todavía quedaba un capítulo más que añadir a la rocambolesca epopeya de Sullivan. Una segunda oportunidad que llegaría de mano de uno de los más inesperados personajes de la fauna californiana. Si U.F.O. había terminado viendo la luz de manera modesta gracias a la ayuda de alguno de los amigos de Sullivan en el mundo del celuloide, su segundo disco tendría como socio capitalista a uno de los millonarios más excéntricos de Los Ángeles: Hugh Hefner. Pocos se acuerdan hoy, pero, años después de crear la primera revista para adultos de tirada general, el fundador de Playboy había abierto su propia sucursal en el negocio de la música en un intento por adaptar su imagen a los nuevos tiempos. Como era de esperar, Playboy Records nunca pasaría de mera anécdota más allá de media docena de éxitos menores en las listas de pop y R&B, condenando a la mayoría de los nombres de su catálogo al vagón de cola de la historia. Incluido por supuesto nuestro protagonista, que, con su look desaliñado y sus canciones cargadas de honestidad, parecía chocar de frente contra todo lo que representaba Hefner y su imperio del conejo.

De portada ocre y título homónimo a lo The Band, Jim Sullivan conectaría al de San Diego con esa nueva generación de songwriters de piel de cuero y barba prominente. La silueta country-folk, quizás más acusada en esta ocasión, toma prestada el pincel de bluegrass y el soul ampliando la paleta de brochazos melódicos. Hay algo de ese espíritu inocente que presidía su debut – el guiño a The Byrds en Don't Let It Throw You-. Sunny Jim y I'll Be Here siguen la estela de los sonidos sedosos que triunfaban en las ondas radiofónicas de aquel año 72. Biblical Boogie se ayuda de los vientos para sumergirse en el pantano del swamp-blues. Tom Cat se atreve incluso con el funk sudoroso a lo Isaac Hayes. Reaparece Sandman, composición que cerraba U.F.O. y que en esta ocasión se ayuda de una second line criolla para subrayar aquel ritmo saltarín. Más sobria, Lonesome Picker se descubre como la gran joya de la colección. En su letra se concentra el credo vital de Sullivan, brújula para todos aquellos que, como él, encontrarían en la música un salvoconducto contra la monotonía del orden establecido.

I often get the feeling that I'm talking to the wind and no one hear 
No one listens in 
Then I start singing songs and music makes the whole world feel like home 
Sing a song and you're not alone  

Por desgracia el disco seguiría la misma suerte que su antecesor, lastrado por su conexión con el sello de Hefner. Algunos incluso especulan que aquella asociación con la revista picante -y sus lazos con la mafia- sería la razón última de que Sullivan terminara poniendo millas de por medio. A estas alturas de la historia piensen ustedes lo que quieran. Lo único cierto es que en 1974 el californiano, cansado de intentarlo, intuyendo quizás que su música tendría mejor acogida en la Music Row, haría las maletas rumbo a Nashville. Aquel viaje, convertido hoy en leyenda, sería lo último que el músico emprendería antes de que la tierra de Santa Rosa se le tragara. Décadas después Robert “Buster” Ginter, manager de Sullivan durante sus años en San Diego, contaría que al final de una noche que se había alargado hasta el amanecer los dos amigos acabarían discutiendo sobre la mejor estrategia en el caso de que alguno de ellos tuviera que desaparecer del mapa. “Comenzaría a andar por el desierto y nunca volvería”, comentaría Sullivan. Y así sería.


12/11/20

Los hijos bastardos de Ennio Morricone


A Quique González le gusta decir que a la hora de elegir entre la melodía y la letra de una canción siempre conviene inclinar la balanza en favor de esta última. “La letra es el sesenta por ciento de una canción”, llegó a asegurar en alguna entrevista. “Como mínimo”. Una afirmación que puede resultar caprichosa, incluso discutible; pero que parece especialmente acertada cuando hablamos de la música country, estilo por el que el artista madrileño siente una especial predilección. La teoría dice que el género vaquero, austero en el apartado melódico, expansivo en lo narrativo, acostumbra a colocar al frente de sus historias aquellos buscadores de oro sin perspectivas de futuro, perdedores con un pie en el barro y otro en el asfalto. De fondo, la música, siempre al servicio de la estrofa, se limita a dibujar el decorado polvoriento. O eso nos contaron los libros de historia.

De un tiempo a esta parte ha surgido en el country una nueva generación de cowboys que se empeñan en llevar la contraria al primer mandamiento del género: cuéntalo como quieras, pero cuenta algo. Renunciado a cualquier tipo de letra o arreglo vocal, completamente instrumentales, estos rebeldes reclaman como suya una música que parecía haber sufrido su última mutación hace décadas. Puede que en sus canciones siga habiendo hueco para el polvo y el asfalto, para ese sentimiento de soledad y perdida que cruza los clásicos de Hank Williams y Willie Nelson. Sus paisajes, ricos en matices, si cabe más desoladores, se alzan vacíos de forajidos y soñadores.

De alguna manera lo suyo se asemeja más al arte cinematográfico que al intento tradicional de encajar una historia en una melodía más propio de la orfebrería musical. Una factoría de pequeños cortometrajes de cine mudo en los que prevalece lo austero y esquemático. Cuanto menos se diga, mejor. Cuanto más espacio se deje a la imaginación, mucho mejor. Como dice Chuck Johnson, una de los figuras prominentes del llamado ambient country, se trata de “captar un sentimiento de inmensidad, de tocar la fibra sensible. Es una música cálida que invita a crear espacios en los que caes y caes enamorado”. No importa si son las llanuras de Nuevo México o el cielo de Montana. Lo importante es capturar aquella sensación con la ayuda de un puñado de notas.

Ataviados con sus pedal steel guitars y sus instrumentos acústicos, estos cowboys urbanos bien podrían pasar por hijos bastardos de Ennio Morricone. Estudiantes aventajados de ese sonido dorado en lo que importa es enmarcar la escena y dejar que sea el espectador el que termine de escribir la historia. Imaginen una película sin principio ni final, un tren que nunca termina de alcanzar su destino, el giro de un reloj a punto de dar la hora. Recuerden el duelo final en el cementerio de Sad Hill. Y simplemente hagan girar alguno de estos discos.