11/9/15

Nina Simone, la artista que imaginó la libertad


Aparece casi al comienzo de la cinta. Una Nina Simone imponente, radiante, con el brillo del instinto en la mirada, charla distendida con un periodista minutos antes de subirse al escenario. La escena parece casual. Ella, relajada, recostada sobre el borde de un sofá, ríe ante la cámara. El reportero, consciente de que este es su momento, aprovecha para colarse por la rendija. “¿Qué es la libertad para ti?” pregunta inocentemente. La artista, versada en los riesgos del titular, evita la cuestión. Rodea el problema. Hasta que, casi como un destello, encuentra la respuesta adecuada. “Te voy a decir lo que es ser libre para mí: no tener miedo”. Y repite para sí misma, convencida de que ha dado en el clavo, ”no tener miedo”.

Por desgracia la vida de Nina Simone estuvo llena de callejones sin salida. Su historia, dibujada ahora en el documental What Happened Miss Simone?, es el relato de una mujer solitaria pero leal, capaz de elevar el espíritu con un piano y, al instante siguiente, tirar a la basura el legado de toda una vida. Nina, la artista de la línea quebrada, sigue siendo hoy un misterio. Y es que aquel estilo barroco, clásico, aunque lleno de melaza soul, no sólo impregnaba sus melodías; también sirvió de molde para una vida tortuosa. Una existencia que fue agriándose con la edad. Nina, harta de llevarse decepciones, furiosa con todo aquel que se inteponía entre su talento y su cuenta corriente, terminó desahuciada por una industria incapaz de entender su torrente. No sería, a pesar de todo, el único enemigo que la artista se granjearía.

El hombre blanco, orgulloso, ignorante de su situación privilegiada, fue objetivo de muchos de los sermones que la artista aconstumbraba a dar durante sus conciertos. También el establishment negro, empeñado en convertirle en la versión amable de Billie Holiday. Esto es, sin la tragedia y la adicción que tiñeron a Lady Day. La prensa, las casas de discos y hasta su propia familia se sumarían tarde o temprano a la lista negra de Simone. Todos ellos parecían interponerse entre la artista y su único anhelo: una completa libertad artística. O lo que fuera que eso significara para Simone. Unas veces era esa ausencia absoluta de miedos y resentimientos. Otras, simplemente la calma que asomaba en su cara cada vez que se ponía delante de las teclas de un piano. Aunque en ocasiones, ni siquiera esto último fuera capaz de mitigar sus heridas.

Sólo en sus viajes a África, la tierra madre, la norteamericana se sentiría completamente libre de sus ataduras con el negocio musical. Allí podía abandonar por un tiempo la pesada carga de ser “joven, afortunada y negra”, como rezaba la canción que la propia Simone había compuesto en 1969 y que terminaría convertida en himno oficioso de la América negra. “Lo primero que veo por la mañana cuando me levanto es mi cara negra en el espejo y eso marca cómo me siento el resto del día, que soy una mujer de piel negra en un país en el que puedes ser asesinada por ese único hecho” llegaría a asegurar Simone. Unas declaraciones que no encajaban en la militancia bienpensante de una revolución que acabaría chocando con la cruda realidad: una mujer negra de origen modesto tenía todas las de perder en Estados Unidos, por mucho talento que atesorara.

Nina, lejos de tirar la toalla, siguió dirigiendo su carrera contra los obstáculos que la vida le ponía. De frente. Hasta que, dolorida, cansada de remar a contracorriente, desquiciada, con demasiados frentes abiertos, se refugió en las costas de Liberia. Cerca del mar, allí donde el agua y el sol parecían curar sus cicatrices. Al menos por un tiempo. Esclava de su propio arte (y de su propia afición a malgastar su fortuna), durante años se vio obligada a arrastrarse por los escenarios de Montreaux y Paris, por el Ronnie Scott's de London y los clubes de Norteamérica. Con esa temperamento eléctrico, esquizofrénico, dejando plantados a auditorios de dos mil personas, increpando a su público, desmenuzando los clásicos de su repertorio, cuando no evitándolos por completo. 


En muchas ocaciones la propia Simone aseguró que había sido su militancia radical en el movimiento por los derechos civiles la que la había apartado del éxito. Puede que así fuese. Puede que su errática trayectoria discográfica tampoco ayudara. Sin embargo, gran parte de la culpa la tendría ese miedo por verse reflejada en las canciones que cantaba. Un miedo que ella sólo admitía en privado. Un miedo que se transformaba en rabia sobre el escenario. Un miedo a ser convertida en pieza de consumo pop. Un miedo a perder las raíces, a dejar de ser aquella joven que soñaba con ser la primera pianista clásica negra en una Norteamérica llena de prejuicios raciales.

Nina, la cantante de todas las canciones, era capaz de convertír a Bach en un bluesman del Mississippi, a Bessie Smith en una cantante de arias. Un matrimonio este que, si bien marcaría esa primera etapa más jazzistica, poco a poco iría sumando nuevos ingredientes. El folk, con su capacidad para unir generaciones y su sencillez a la hora de transmitir mensajes, sería una de las primeras fuentes de una Simone en crecimiento. Como en 1964, cuando la de Carolina del Norte compuso Mississippi Goddam tras el asesinato de cuatro niñas en una iglesia baptista de Alabama. En ese momento el mundo decidió que Nina Simone debía convertirse en la conciencia de América. Ella, lejos de esconderse, espoleada por el poder de su música, tomó la palabra y siguió afilando la pluma. Pronto, canciones como Pirate Jenny y Old Jim Crow se sumarían a un repertorio fijado para siempre en el disco Nina Simone In Concert, punto de inflexión entre la artista de estándares melódicos y la luchadora incasanble de los sesenta.

No obstante, no todo serían palmadas en la espalda. Cuando un año después Simone introdujo Four Women en el listado de canciones en directo, muchos creyeron que la cantante había cruzado la línea. Aquel retrato en cuatro actos de la mujer negra le valió abucheos y desprecio por parte de muchas de las emisoras de radio. Ella, lejos de virar el rumbo, siguió subrayando su repertorio incendiario hasta que, llegado el año 1968, ya poco quedaba de esa interprete melódica que había coqueteado con las listas de éxitos. Nuff Said, grabado tres días después de la muerte de Marthin Luther King, permanece como testimonio de una Simone flexible y torrencial, capaz de esculpir la más bella de las melodías mientras dispara el discurso más envenenado. “Nos están matando uno a uno” lamentaba la cantante en uno de esos exabruptos que, a estas alturas, llenaban la mayor parte de su tiempo sobre el escenario.

Aquello terminaría por explotar en Emergency Ward, disco registrado a comienzos de los setenta donde versos y melodías, violencia e himnos de iglesia, se fundían en una misma canción. Y lo hacían tomando como base dos piezas de origen pop. Isn't it a Pity y Sweet Lord, ambas extraidas del primer álbum en solitario de George Harrison, mantenían su fachada gospel; pero, frente al mensaje pacificador del ex-Beatle, se teñían de tragedia aliñadas con la poesía de David Nelson. “God Is a Killer” declamaba en un momento del vinilo Simone como si, a estas alturas, ni siquiera la ayuda divina pudiera servir de consuelo. Exhausta, cansada de una lucha por los derechos civiles que había bajado los brazos con la desaparición de sus líderes, incomprendida por un público que seguía esperando que volviese a los tiempos dulces de Little Girl Blue.


Asfixiada por el ambiente bélico, encerrada en sus propios problemas, la de Carolina del Norte decidió abandonar el país por una temporada. Comenzaría así una etapa marcada por el amor/odio hacia Estados Unidos. A ratos, impelida por la situación, se veía obligada a regresar para recordar que la segregación seguía existiendo de facto en el país de las barras y estrellas. Sin embargo, la falta de expectativas de cambio, unido a sus problemas con el fisco norteamericano, harían que la artista ya nunca volviera a asentarse de manera definitiva en la tierra que le vio crecer. Suiza, Holanda y una última parada en el sur de Francia marcarían el caótico periplo de una Nina Simone de la que pocos se acordaban.

Ella, lejos de reconducir la situación, siguió boicoteando las oportunidades de protagonizar un regreso triunfal, de esos que llenan portadas y nos reconfortan con la pizca de justicia que queda en este mundo. Algo que pudo achacarse a la enfermedad que padeció -fue diagnosticada con un trastorno bipolar- y que la obligó a medicarse durante buena parte de sus últimos años de vida. Sin embargo, conociéndola un poco, no es de extrañar que aquella costumbre de arruinar sus apariciones en directo tuviera más que ver con ese temperamento indomable. Hasta el fin de sus días Nina Simone rechazo ser lo que otros esperaban de ella. Evito caer en el cliché de artista renacida. A pesar de esas apariciones en el Festival de Montreux a finales de los ochenta. A pesar de ese disco único, sentimental, bello en su madurez, titulado A Single Woman. A pesar de todo, ella nos hizo recordar que la arruga es bella, no porque brille como el resplandor de la juventud, sino porque no es más que eso: la arruga que el tiempo otorga a unos pocos.

Durante aquellos años cada interpretación en directo de Nina parecía acarrear el sufrimiento de toda una vida, el esfuerzo titánico de una artista agotada, incapaz de llevar el peso de todas sus luchas. Ella, a pesar de todo, encontró un propósito para subirse una y otra vez al escenario. Un fin, claro, que no era el simple aplauso de un público que le había dado la espalda durante buena parte de los años setenta y ochenta. Tampoco la palmada condesciente de una crítica que, superado el ecuador de su carrera, la veía como una reliquia de un tiempo pretérito. Aquel propósito tenía mucho que ver con una meta personal, quizás con una manera de subrayar esa personalidad nómada, forjada en mercurio y marfil. Pero, sobre todo, tenía que ver con una reivindicación del papel del artista en la sociedad. Un compromiso que iba más allá de la simple belleza musical o la necesidad de contentar a las masas.

Nina Simone, la Nina Simone madura, reivindicaba con aquel título -A Single Woman- a la intérprete sin ataduras. Puede que, para la compositora de Mississippi Goddam, la lucha por los derechos civiles hubiese quedado en una simple lista de buenos propósitos y eslóganes de papel. Puede que su vida estuviera marcada por la enfermedad y la tristeza. Pero, quizás por ello, aquella pregunta lanzada 25 años atrás seguía resonando con fuerza en su cabeza. “¿Qué es para tí la libertad?”. Un sentimiento -apuntaba la Nina de 1968-, algo que no se puede describir, una quimera quizás. Un destello -respondía la artista con arrugas en la cara-, algo que de vez en cuando ocurre sobre las tablas de un escenario, a lomos de un piano, interpretando una pieza de Debussy o una de Jacques Brel, pinchando en la conciencia negra de América o compartiendo la tristeza de la artista sin hogar. Cantando, a fin de cuentas.
 LLL

Nina Simone - An Historical Perspective by Peter Rodis from Nina Simone on Vimeo.

1 comentario:

  1. Excelente artículo, una artista para mi esencial, comparto. Saludos

    ResponderEliminar