7/2/16

Soul Gestapo, el punto de no retorno


Ahora que todo está inventado, que la historia está condenada a repetirse y el rock, a morir tres veces por semana, podemos quedarnos tranquilos. Charlar de lo divino y lo humano sin temor a equivocarnos. Sentarnos en el asiento trasero a ver la vida pasar. Apreciar las cosas, no por su trascendencia, sino por simple y sano disfrute. Ni Elvis ni Buddy Holly volverán a cambiar el mundo. El rock fue un mal sueño. Su memoria, fugaz, nos permite saltar de Nick Lowe a los Byrds, de las melodías adictivas de los Feelies al goce eléctrico de los Heartbreakers. No hay peligro porque ya todo da igual.

Y, sin embargo, aquí seguimos esperando en la cuneta a esa canción que nos enganche, a ese disco que nos hace llegar tarde a una cita. No hay remedio. Llegados a este punto es inútil evitarlo. El calor de las primeras filas en la Sala Sol, las patillas recortadas del tipo de la esquina, una guitarra vibrando a escasos dos metros. La dosis es familiar, pero no por ello menos letal. El aguijón entra suave porque hace tiempo que nos acostumbramos a su chute efímero. Sólo así se explica que, con frecuencia, pasemos por alto lo extraordinario de aquellos tres minutos de gloria.

Lo de los cántabros Soul Gestapo es de sobra conocido. Su forma de hacer rock tiene alma cazallera aunque exhibe solapas de cuero y espuelas. De ahí que, casi por obligación, terminaran coincidiendo con el omnipresente Hendrik Röver en su casa-estudio de Muriedas. Nada que objetar. El cuidado del líder de Los Deltonos desde la mesa de mezclas nos ha dado demasiadas noches de enganche como para llegar ahora y empezar a poner peros. No obstante, aun reconociendo el brillo de álbumes como Just One Day o King Of Fools, aquel coqueteo con las esencias vaqueras escoraba demasiado a Soul Gestapo hacia terrenos forajidos. Lo suyo, por justicia, era algo más que eso. Llámalo rock, llámalo barniz pop y mala leche cuando la canción lo merece.

El propio King Of Fools, editado hace ahora tres años, mostraba el camino de salida. La pintura folk seguía apareciendo por los flecos del disco, pero aquellas gafas oscuras de la portada, la penumbra en la mirada de Aitor, Raúl e Iñaki, avisaban de que estábamos ante algo más. La pena, claro, es que aquella aventura acabara antes de tiempo. Sus escasas seis canciones prometían pero no remataban, mostraban la media docena de direcciones que la música de Soul Gestapo podía tomar, aunque nos dejaban con la miel en los labios. El tiempo lo dirá, pero King Of Fools quedará como piedra roseta del trío cántabro, brújula en la que se dan cita esas dos almas: la polvorienta y su contrapartida sudorosa y oxidada. El campo estaba abierto.

Point of no return, reciente referencia de los cántabros, no resuelve la ecuación aunque confirma la buena nueva: Soul Gestapo no renuncian a nada. Ni falta que les hace. Grabado en los estudios Moon River de Santander y con el legendario Mike Mariconda en las labores de masterización, el álbum picotea en las melodías ebrias de Graham Parker y resucita el fantasma de Gram Parsons cuando el trío se adentra en terrenos trotones. Los Flamin' Groovies estarían orgullosos de contar en su repertorio con canciones como Get In Line o That's when you know. Neil Young podría haber prestado a sus Crazy Horse para interpretar Love to love.

El festín lo redondean tonadas luminosas como Hey Girl o You're not here. Tampoco nos olvidamos de Countdown a la hora de hacer recuento final. Su blues inflamado sirve como listado de promesas incumplidas, intentos inútiles por congelar el reloj del pasado. Su cuenta atrás previene contra los que pretenden huir enfilando la senda ya recorrida. Soul Gestapo, por suerte, parecen inmunes a la tentación amarga de la nostalgia. Como reza la letra de Tomorrow's Heroes, toca enfundarse la chupa y apartar la mirada del retrovisor. Rendir un breve tributo a nuestros héroes y dejar que se conviertan en polvo. Ya no hay vuelta atrás.
LLL

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